22 de febrero de 2025.
Por Sainjei y Yuri Andrea Leal Cabra
En los últimos años ha aumentado la exposición de las prácticas de violencia sexual como ejes estructurales y estructurantes de las élites políticas, económicas y culturales. Desde la primera década de este siglo, distintas víctimas y organizaciones han denunciado redes de pederastia y esclavitud sexual dirigidas por personas de las altas esferas de la élite estadounidense. Posteriormente, el movimiento Me Too y el alcance público de situaciones ya conocidas por movimientos feministas y de víctimas, como la pedofilia incestuosa de Woody Allen, las violaciones de Kevin Spacey y la lista Epstein, contribuyeron a visibilizar estas dinámicas.
Producto de estas luchas y movilizaciones, que han derivado en riegos físicos y emocionales a sus defensoras, el 19 de noviembre de 2025 el Congreso de los Estados Unidos promulgó la Public Law 119-38, por la cual se obligó al Departamento de Justicia de dicho país a publicar cerca de seis millones de archivos del caso de Jeffrey Epstein, uno de los casos paradigmáticos de la conjunción entre violencia sexual, pedofilia y pederastia con la estructuración de sistemas de poder y élites económicas, políticas y culturales.
Hasta el momento se ha publicado cerca de la mitad de los archivos, por medio de los cuales ya se pueden reconocer diversos nombres conocidos de la élite global: Donald Trump, Bill Clinton, el príncipe Andrés Windsor, Bill Gates, Steve Bannon, Larry Summers, la duquesa Sarah Ferguson, Woody Allen e incluso Noam Chomsky, entre muchos otros[1].
Para Colombia llaman la atención dos nombres: Andrés Pastrana, expresidente, líder político y figura simbólica del Partido Conservador, asociado al origen del modelo contrainsurgente del Plan Colombia, quien aparece en al menos 42 de los archivos, en los que se evidencia una relación cercana tanto con Epstein como con Ghislaine Maxwell, esposa de Epstein y mediadora de la red; y Robert Maxwell, quien, además de ser señalado como uno de los fundadores del Mossad y padre de Ghislaine Maxwell, jugó un papel central en la venta y capacitación de tecnologías de inteligencia israelíes a Colombia y otros países de la región, las cuales hicieron parte de la arquitectura institucional y de los sistemas de inteligencia vinculados al genocidio de la Unión Patriótica[2].
Lo anterior sugiere que en la red criminal liderada por Epstein y Maxwell participaron actores con capacidad de incidencia en la toma de decisiones de diversas naciones occidentales, entre ellas Colombia. En consecuencia, este fenómeno no debe leerse desde una perspectiva individual o personal, sino en clave política y en relación con los procesos de configuración estatal.
A pesar de que, desde 2008, la justicia estadounidense conocía los delitos de Epstein y lo había caracterizado como un agresor sexual, pasaron once años de notable impunidad hasta su captura, judicialización y posterior “suicidio”. En ese periodo, múltiples víctimas denunciaron pública y judicialmente a Epstein, a Maxwell y a su red de pederastia; muchas de estas mujeres fueron asesinadas o víctimas de desaparición forzada.
Epstein habría sido profesor de física y matemáticas, para luego entrar al mundo del capital financiero en las bolsas de valores, desde donde se configuró como un operador funcional a banqueros y burgueses financieros y como un actor cercano a la élite económica, para progresivamente incorporarse en la élite política.
Desde la década de los noventa, Epstein se habría vinculado como un operador que articuló a personajes de la política y la cultura estadounidense por medio de la promoción y estructuración de un sistema de pederastia y trata de personas. Epstein construyó así un espacio en el que la élite estadounidense cometiera, en condiciones de impunidad, un conjunto de delitos, principalmente sexuales, dejando una cifra desconocida de víctimas.
Lo que falta por develar es el rol que cumplió este sistema de pederastia y trata de personas en la política estadounidense y en la geopolítica israelí. Además de ser un operador del capital financiero y gestor de los deseos pedófilos y pederastas de la élite política y cultural, se ha sugerido que Epstein fue un agente del Mossad, desde donde subordinó su red de poder a los intereses geopolíticos de Israel. Punto que se encuentra pendiente de clarificar en este entramado.
Hace veintiséis años, en el cierre del capítulo “Amenaza informática” de la temporada doce de Los Simpson, con el seudónimo de “Señor X”, Homero Simpson denunció en internet que “unos tipos siniestros en una isla, en algún lugar, están manejando el mundo en secreto”. No podemos saber si realmente se hacía referencia a Little St. James, la isla en la que Epstein centraba su sistema pederasta; sin embargo, esta escena ayuda a representar que, más allá de la ficción, la geopolítica global trasciende los canales formales e institucionales y entremezcla el poder económico, político y la violencia sexual, principalmente contra menores, de forma estructural. Estas redes y prácticas no son una anomalía del sistema, sino un eje constitutivo de su reproducción.
Sistema capitalista-patriarcal
La red Epstein demuestra cómo se reproduce el pacto patriarcal y clasista en el sistema capitalista, en donde la masculinidad hegemónica, blanca y rica, ostenta el poder de controlar el capital, las redes de poder, los estados, las tierras, pero también los cuerpos, especialmente de las mujeres y niñas, quienes en su mayoría eran de clases populares, lo que las convertía en presas “fáciles” y permitía aprovechar sus condiciones de inequidad para ejercer diversas violencias. La subjetivación capitalista reduce al mundo a los pies de quienes creen que pueden usurpar, abusar, violar y violentar a las otredades.
Esta red demuestra el alcance de hombres poderosos en diferentes lugares del mundo y la forma en que las violaciones y violencias sirven para legitimarse dentro de este círculo, además de ser el modo de seguir acumulando recursos, contactos y poder adquisitivo.
¿Es posible que por medio de las invitaciones a la isla Little St. James para abusar a mujeres y niñas se hayan cerrado tratos, convenios y negocios empresariales? ¿Es posible que quienes asistían a estos eventos se ufanaran de pertenecer, creyendo que su poder iba en incremento? ¿Es posible que decidieran en estos centros de tortura y violación dónde y cuándo abrir un nuevo conflicto armado en el mundo, o cuándo y dónde empezar un genocidio?
La violencia, la tortura y la pederastia se muestran en este caso como una tecnología de poder, dinamizada como un mecanismo usado por hombres con algún rango de poder para hacer nuevos contactos y redes que les permitan abrir nuevos campos y alcances para el logro de sus objetivos, hombres que no encontraron otra forma de alcanzar el estatus que creyeron requería su círculo capital.
¿Son estas las figuras y representaciones del ideal de hombre en el capitalismo? Todo parece indicar que sí, y que los ideales de familia y valores de buena presentación, conservación y poder adquisitivo solo eran fachada de algo más lúgubre y profundo. La superficialidad del capitalismo lleva consigo la configuración de un hombre en decadencia, sin límites para encontrar satisfacción a través de los placeres banales que el mismo sistema configuró para sí mismo.
¿Qué tipo de hombre ha configurado el sistema actual? Seremos recordados como el tiempo en que la violación, la violencia, la usurpación, la guerra y el canibalismo fueron regla, más que excepción.
Cabe preguntarse el papel del Estado en este entramado de violencias. Muchas de las víctimas habían realizado una y otra vez denuncias contra Epstein y la red de pederastia, aun cuando esto las convertía en blanco de amenazas y nuevas violencias contra sus vidas y familias. El Estado estadounidense, que se ufana de ser implacable en el juzgamiento de sus delitos, no sólo minimizó, sino que también silenció a quienes buscaron señalar el problema. Se repite así la fórmula de la impunidad institucional, que se vuelve cómplice del victimario y deja en mayor vulnerabilidad a las víctimas, ahora en una escala nacional y mundial. Las redes de violación transnacionales permiten a estos individuos mantenerse al margen de las leyes y moverse entre la impunidad.
Esto demuestra que la red de pederastia es estructurante del capitalismo y que la trata de personas, denunciada desde los años 2000 como uno de los delitos más recurrentes en el mundo, era una alerta de lo que se mueve debajo de las superficialidades que promete el capital.
Este caso expresa que, en el sistema capitalista, el poder político se acumula a través de la violencia sexual y de estructuras que permiten, de forma impune, el consumo y la tortura de los cuerpos femeninos. La violencia sexual y la pederastia estructural operan como mecanismo y tecnología de dominación y de reproducción de un sistema político jerarquizado. El capitalismo, en su lógica depredadora de territorios y cuerpos, no solo permite sino que promueve la reproducción de estas prácticas. A la burguesía y a la oligarquía global no les basta con subordinar, saquear territorios y explotar a la clase obrera; buscan mecanismos para consumir y devorar, mediante violencias y torturas, todos los cuerpos posibles, principalmente de mujeres y niñas, y convertirlo en parte de los mecanismos de reproducción del poder. El capitalismo sirve así como marco y como conjugador de la violencia sexual y el poder político, donde la reproducción jerárquica del sistema de clases, y su expresión institucional, estatal y geopolítica, se materializa en la omisión total de cualquier vida.
El caso Epstein no debe leerse como una anomalía ni como la historia aislada de un individuo perverso, sino como un síntoma de las formas en que el poder se organiza y se reproduce en el capitalismo patriarcal. En esta trama no aparece un accidente, sino la expresión de relaciones estructurales donde la violencia sexual, la trata de personas y la cosificación de los cuerpos se articulan con la acumulación de capital, la formación de redes de influencia y la impunidad institucional. Más que un escándalo aislado, se trata de una escena que permite observar, en su forma más cruda, los engranajes de un sistema que entrelaza capital, patriarcado y violencia como condiciones de su propia reproducción.
[1] Los archivos en donde se encuentran mencionadas estas personas pueden encontrarse en la página del Departamento de Justicia de Estados Unidos https://www.justice.gov/epstein
[2]“Durante una misión del Mossad en 1983 en Estados Unidos, se disfrazó de fiscal asistente del Ministerio de Justicia israelí y se reunió con el inventor del software de vigilancia PROMIS. Después de una visita al Departamento de Justicia, Eitan obtuvo el software e hizo que un israelí que trabajaba en Silicon Valley instalara una «puerta trasera» (backdoor) en el programa. El agente del Mossad Robert Maxwell (padre de Ghislaine Maxwell, la notoria traficante sexual de niños y cómplice de Jeffrey Epstein) vendió la tecnología PROMIS a docenas de países de todo el mundo, incluida Colombia. Esto le dio a Israel acceso sin restricciones a la inteligencia que el programa recopiló en todos los países que lo usaban, amigos y enemigos por igual.” Ver en: https://misionverdad.com/traducciones/el-rol-de-agentes-israelies-en-el-genocidio-politico-colombiano