el secuestro que aceleró la caída del orden mundial.

“Lo ocurrido en Venezuela no puede leerse como un episodio local ni como un ajuste de cuentas ideológico. Es una señal dirigida al mundo entero: Estados Unidos se reserva el derecho de decidir quién gobierna, dónde y bajo qué condiciones. Cuando la hegemonía deja de convencer, recurre a la coerción”.

11 de enero de 2026

Hugo René Orejuela, periodista de la Radio Air Libres de Bruxelles, miembro del Consejo de Edición de KontraPortada

El secuestro del presidente constitucional de Venezuela, ejecutado tras una operación militar de Estados Unidos, no es un hecho aislado ni un exceso coyuntural de una administración intempestiva. Es un punto de quiebre histórico que marca el tránsito definitivo de un orden internacional que, con todas sus contradicciones, se pretendía basado en reglas, hacia una lógica de imposición abierta donde la fuerza sustituye al derecho y la excepción se convierte en norma.

Durante décadas, Washington construyó su hegemonía no solo sobre el poder militar y económico, sino sobre una narrativa de legitimidad: democracia, legalidad internacional, multilateralismo. Esa narrativa, ya erosionada por guerras preventivas, sanciones unilaterales y operaciones encubiertas, se resquebraja ahora de manera irreversible cuando un jefe de Estado constitucional es capturado mediante una acción armada, sin mandato internacional, sin proceso legal y sin respeto alguno por la soberanía de un país miembro de Naciones Unidas.

Lo ocurrido en Venezuela no puede leerse como un episodio local ni como un ajuste de cuentas ideológico. Es una señal dirigida al mundo entero: Estados Unidos se reserva el derecho de decidir quién gobierna, dónde y bajo qué condiciones. Cuando la hegemonía deja de convencer, recurre a la coerción.

Este giro no se produce en el vacío. Ocurre en un contexto global marcado por la prolongación de la guerra en Ucrania, la fractura del consenso occidental, la emergencia de potencias no alineadas y la pérdida progresiva de la capacidad estadounidense para imponer reglas sin resistencia.

Venezuela aparece entonces como un laboratorio: un territorio donde se ensaya una política exterior desnuda, despojada de eufemismos, que prescinde del derecho internacional cuando este estorba.

El mensaje hacia América Latina es inequívoco. Las amenazas reiteradas contra Colombia, Cuba y México, formuladas bajo distintos pretextos: narcotráfico, migración, seguridad, reactivan en la práctica una Doctrina Monroe actualizada. No se trata de cooperación ni de estabilidad regional, sino de disciplina estratégica impuesta. Venezuela es el ejemplo extremo: lo que ocurre cuando un gobierno decide, a raíz de las sanciones coercitivas, sostener márgenes de autonomía política y económica fuera de la órbita de Washington.

En este escenario, la región vuelve a ser concebida como patio trasero, como zona de control, como frontera geopolítica frente al avance de China y la persistencia rusa. La soberanía latinoamericana se vuelve condicional: aceptable mientras no contradiga intereses superiores definidos en Washington. El secuestro de un presidente no es solo un acto contra un país; es una advertencia a toda América Latina.

Pero la lógica de la coerción no se limita al sur global. La presión ejercida sobre Dinamarca en relación con Groenlandia introduce una fisura profunda en el corazón mismo de Occidente. Cuando Estados Unidos amenaza de facto la soberanía de un aliado europeo, el problema deja de ser ideológico y se vuelve estructural.

 ¿Qué valor tienen las alianzas si una de las partes se reserva el derecho de desconocerlas cuando le conviene? ¿Qué credibilidad puede tener la OTAN si la seguridad colectiva se subordina a impulsos unilaterales?

Europa, que se haya atrapada entre su dependencia estratégica de Estados Unidos y su compromiso discursivo con el orden jurídico internacional, responde con ambigüedad. Condena el uso de la fuerza, pero evita una confrontación política real. Reconoce las violaciones, pero no articula una respuesta unificada. Esa parálisis no es neutral: contribuye a normalizar el precedente. El silencio europeo es leído, en Moscú, en Pekín y en el sur global, como una confirmación de que el orden occidental ya no es capaz de defender los principios que proclama.

Rusia y China observan y calculan. Ninguna de las dos potencias busca una confrontación militar directa por Venezuela, pero ambas capitalizan el episodio con inteligencia estratégica. Moscú utiliza el caso para reforzar su narrativa sobre la hipocresía occidental y la selectividad del derecho internacional. Pekín subraya el principio de no intervención y se presenta como socio estable frente a un Estados Unidos imprevisible. Washington actúa; sus rivales convierten esa acción en argumento político global.

Paradójicamente, la demostración de fuerza debilita la hegemonía que pretende reafirmar. El poder duro puede imponer hechos consumados, pero no genera consenso ni legitimidad. Al contrario, incentiva a otros Estados a diversificar alianzas, a reforzar capacidades defensivas y a buscar refugio en esquemas multipolares. Cada acto de coerción acelera la fragmentación del sistema internacional y reduce la capacidad estadounidense de liderazgo real.

Este es el núcleo de la paradoja actual: cuanto más recurre Estados Unidos a la fuerza, menos hegemónico se vuelve. La hegemonía no se sostiene únicamente con portaviones y sanciones, sino con la aceptación, aunque sea crítica de un orden común. Cuando ese orden se rompe desde el centro, lo que emerge no es un mundo más seguro, sino uno más volátil, más militarizado y menos previsible.

Reducir esta dinámica a la personalidad de Donald Trump sería un error analítico. No estamos ante un desvarío individual, sino ante la manifestación de tensiones estructurales profundas. La economía estadounidense ya no goza de la supremacía incuestionable del pasado; su liderazgo tecnológico es disputado; su modelo político enfrenta una crisis interna de legitimidad. En ese contexto, la política exterior se convierte en instrumento de cohesión doméstica y de demostración de fuerza externa.

Trump no inventa esta lógica, pero la lleva a su expresión más descarnada. Reemplaza el lenguaje diplomático por la amenaza directa, el multilateralismo por la imposición, el derecho por la fuerza. No rompe el sistema internacional: actúa como síntoma de un sistema que ya estaba fracturado.

El problema es que los síntomas, cuando se normalizan, se convierten en método. Si la comunidad internacional acepta que el secuestro de un jefe de Estado es una herramienta legítima; si Europa se resigna a la ambigüedad; si América Latina no articula una respuesta soberana y coordinada, el precedente quedará establecido. Mañana podrá repetirse en otro país, bajo otro pretexto, con igual impunidad.

La historia demuestra que los imperios no caen cuando pierden poder, sino cuando pierden legitimidad. El caso venezolano no anuncia el retorno de una hegemonía fuerte, sino la confirmación de su desgaste. El mundo que emerge de esta crisis no es más ordenado ni más justo. Es un mundo donde la ley retrocede y la fuerza avanza. Y en ese mundo, nadie, ni siquiera quien hoy impone, puede considerarse realmente a salvo.