La escalada en Medio Oriente que amenaza la paz global y el urgente llamado a un movimiento mundial por la paz.
“Revivir un movimiento global por la paz no es un gesto simbólico. Es una necesidad histórica. Es volver a poner en el centro la vida, la dignidad, la justicia. Es recordar que, incluso en los momentos más oscuros, los pueblos han tenido la capacidad de cambiar el curso de la historia”.
30 de marzo de 2026
Hugo René Orejuela. KontraPortada
Hay momentos en los que el mundo parece avanzar con los ojos abiertos hacia el desastre. No por ignorancia, sino por una mezcla peligrosa de cálculo, ambición y soberbia. Lo que hoy ocurre en Medio Oriente, con una escalada militar que ya no se oculta ni se disfraza, es una señal de alerta que debería estremecer a la humanidad entera. No estamos ante un conflicto más. Estamos frente a una disputa que, si se desborda, puede arrastrar al planeta hacia una confrontación de proporciones imprevisibles.
Detrás de los bombardeos, los misiles y los discursos oficiales, hay una realidad que no admite maquillajes: el poder sigue organizando el mundo a partir de la guerra. Israel, bajo el gobierno sionista cada vez más radicalizado en su concepción de seguridad y proyección regional, ha consolidado una estrategia que trasciende la defensa y se inscribe en una lógica de dominación y reconfiguración del equilibrio geopolítico.
La devastación de Gaza, con el uso de armamento de alto poder destructivo, ha evidenciado una capacidad militar orientada no solo a neutralizar amenazas, sino a imponer hechos consumados sobre el terreno, en medio de graves denuncias internacionales por violaciones masivas de derechos humanos, el derecho internacional y el genocidio étnico contra la población palestina. Bajo el argumento de combatir a Hamás, la ofensiva ha dejado una huella de destrucción que ha reabierto el debate global sobre los límites del derecho a la defensa y la proporcionalidad en el uso de la fuerza.
A esto se suman las operaciones en el Líbano contra posiciones de Hezbolá, así como una serie de acciones, directas e indirectas, en el tablero regional que incluyen su influencia en la desestabilización de Siria y presiones constantes sobre Irán.
Estas dinámicas, articuladas con aliados estratégicos como Estados Unidos, configuran un escenario donde la confrontación no es episódica, sino estructural, y donde la guerra se convierte en herramienta de ordenamiento político del territorio y del poder.
Se trata de una lógica de control territorial y supremacía regional que, respaldada por su poder militar y por alianzas estratégicas, ha elevado la tensión hasta niveles que hacen cada vez más lejana cualquier salida diplomática.
A su lado, Estados Unidos juega una partida que tampoco es nueva, pero que hoy adquiere una dimensión más cruda. En medio de una economía que enfrenta tensiones estructurales y de un liderazgo global cada vez más cuestionado, Washington reafirma la vieja fórmula de sostener su hegemonía a través del control de regiones estratégicas, particularmente aquellas ricas en recursos energéticos.
La historia reciente está llena de episodios donde la geopolítica de los hidrocarburos ha ido de la mano con intervenciones militares. Lo que cambia ahora es la intensidad del momento y la fragilidad del equilibrio mundial.
Porque este ya no es un mundo unipolar. Rusia y China no observan desde la distancia. Están ahí, presentes, midiendo cada movimiento. Rusia, con su experiencia militar y su interés por recuperar influencia en el tablero internacional, entiende que cada conflicto en esta región reconfigura el orden global.
China, más cauta en lo militar pero profundamente estratégica en lo económico, ve en la estabilidad, o en su ruptura, un factor clave para su proyección como potencia mundial. Ninguno de los dos es un actor neutral, y su presencia convierte cualquier escalada en un riesgo mucho mayor.
En medio de este escenario, la guerra también ha cambiado. Ya no es solo el despliegue de grandes ejércitos o la exhibición de poder convencional. La respuesta iraní, con misiles de alta precisión y drones de bajo costo, ha dejado claro que la tecnología ha democratizado la capacidad de hacer daño.
En este momento, sistemas millonarios pueden ser vulnerados por herramientas mucho más simples, lo que rompe la ilusión de invulnerabilidad de las grandes potencias. La guerra se ha vuelto más impredecible, más rápida y, por eso mismo, más peligrosa.
Pero quizás lo más inquietante no está en los arsenales, sino en el silencio. En otro tiempo, escenarios como este habrían encendido movilizaciones masivas en distintas partes del mundo. Millones de personas en las calles, reclamando el fin de la guerra, exigiendo límites al poder, recordándole a los gobiernos que la vida no es negociable. Hoy, esa fuerza parece dispersa, fragmentada, diluida en la inmediatez de las redes y en la saturación informativa.
La paz, que alguna vez fue una bandera colectiva, ha sido desplazada por discursos de seguridad, por narrativas que justifican la confrontación y por una resignación peligrosa. Como si la guerra fuera inevitable. Como si no hubiera otra salida. Y sin embargo, la historia dice lo contrario.
Los grandes avances en materia de paz no nacieron de la buena voluntad de los poderosos, sino de la presión de los pueblos. Fueron las movilizaciones, la resistencia, la conciencia colectiva las que lograron frenar guerras, impulsar tratados y abrir espacios para el diálogo. La paz nunca ha sido un regalo. Siempre ha sido una conquista.
Hoy, más que nunca, se hace urgente recuperar esa idea. Entender que la paz no es pasividad, no es silencio, no es neutralidad. Es una posición política. Es una forma de disputar el rumbo del mundo. Implica cuestionar los intereses que alimentan la guerra, exigir transparencia, denunciar la instrumentalización de los conflictos y, sobre todo, construir alternativas.
Porque lo que está en juego no es solo la estabilidad de una región. Es el futuro de millones de personas. Una escalada mayor significa crisis energéticas, aumento del costo de vida, desplazamientos masivos, más desigualdad, más miedo. La guerra no se queda en el campo de batalla. Se mete en la mesa de los hogares, en el precio de los alimentos, en la incertidumbre de quienes ya viven al límite.
Frente a esto, la pregunta no es si el mundo puede entrar en una guerra de gran escala. La historia ha demostrado que puede. La verdadera pregunta es otra: si las sociedades están dispuestas a reaccionar a tiempo.
Revivir un movimiento global por la paz no es un gesto simbólico. Es una necesidad histórica. Es volver a poner en el centro la vida, la dignidad, la justicia. Es recordar que, incluso en los momentos más oscuros, los pueblos han tenido la capacidad de cambiar el curso de la historia.
La humanidad ya ha estado antes al borde del abismo. Y ha sido, en gran medida, la movilización de los pueblos la que ha evitado que ese salto se concrete. Las sociedades deben estar dispuestas a organizarse, a resistir y a exigir un rumbo distinto antes de que sea demasiado tarde.