4 de junio de 2025.
Por Saín Jeí, politólogo.
Hugo Zemelman, el sociólogo chileno exiliado en México por la dictadura de Pinochet, decía que las coyunturas no solo se razonan, sino que también se sienten. Lo cierto es que, después de la encuesta del Centro Nacional de Consultoría, publicada por la Revista Cambio a una semana de las elecciones y que mostraba a un Abelardo de la Espriella muy cerca de Iván Cepeda, se sintió una ansiedad que se mantuvo hasta el día de las elecciones. La amenaza acechaba y ahora la tenemos de frente. Algo, dentro del esternón nos decía que no iba a ser fácil y que alguna amenaza se acercaba, aunque en ningún panorama racional y emocional nos veíamos en la situación que tenemos hoy, quizás una de las peores posibles.
Los resultados de las votaciones del 31 de mayo de 2026 hay que revisarlos con pinzas y meditarlos, ahora sí desde la razón, buscando entender qué pasó para, con rapidez, buscar alternativas que nos dejen frente a la posibilidad de ganar en segunda vuelta, porque no tenemos otra alternativa.
Como proyecto político de izquierda, con Iván Cepeda y Gustavo Petro a la cabeza, el Pacto Histórico logró la mayor votación en la historia de un candidato de izquierda en una primera vuelta presidencial. Esto se suma a la mayor elección en la historia de la izquierda en el Congreso de la República del pasado 8 de marzo. Sin embargo, quisiera centrarme en tres reflexiones: i) ¿dónde estamos y qué tenemos que hacer de forma urgente?, ii) la importancia histórica de ganar, y iii) algunos elementos estructurales a tener en cuenta en el futuro o mediano plazo.
1. ¿Dónde estamos y qué tenemos que hacer de forma urgente?
Nos enfrentamos a un panorama específico: aun cuando ganamos (nuestra segunda primera vuelta presidencial en la historia), perdimos por las expectativas que se generaron. Nuestra narrativa de ganar en primera hizo que esta victoria pareciera derrota. Sin ahondar en los ‘errores’ de campaña, pues todos somos técnicos después de un partido y todos somos generales después de la batalla, podemos dilucidar algunos elementos generales a tener en cuenta, buscando el objetivo más urgente: ganar y que no avance el fascismo criollo.
Bien decía un profesor de Ciencia Política de la Universidad Nacional que la política en general, pero las elecciones en lo específico no son una cuestión aritmética, y que, por mucho, serán una cuestión algebraica. No son sumas y restas en un sentido básico, son correlaciones y procesos que se acumulan y reconfiguran según los escenarios y las coyunturas. Aun así, partamos de algunos elementos cuantitativos que muchos ya han detallado: esta vez, sacamos más que en la primera vuelta del 2022, y la diferencia frente a las derechas acumuladas también es menor que en 2022. Si Petro sacó cerca de 8.5 millones en la primera vuelta del 2022, la derecha en ese momento sacó de forma acumulada (Rodolfo más Fico) cerca de 11 millones, con una diferencia de 2.5 millones; por su parte, el pasado 31 de mayo, Iván sacó cerca de 9.6 millones y las derechas (Abelardo más Paloma) 11.9 millones, con una diferencia de 2.3 millones. Y, aun así, Gustavo Petro ganó en 2022 e Iván Cepeda tiene probabilidades de ganar también.
Por otro lado, hay que saber leer las encuestas no de forma estática y mecánica, sino como la posible antesala de decisiones políticas que modifican los panoramas. No es que las encuestas no hayan demarcado la posibilidad de que la derecha obtuviese más votos en la primera vuelta: si miramos con detenimiento, las encuestas daban a la derecha en su conjunto (Abelardo más Paloma) un resultado muy similar al que sacó Abelardo este fin de semana, e incluso, si se miran los resultados acumulados. El problema entonces fueron fundamentalmente dos: i) no prever que, frente a nuestro propio eslogan de ganar en primera vuelta, el candidato de la derecha con mayor probabilidad recogiera de una vez los votos de la derecha que quedara rezagada, es decir, quizás por nuestra misma acción, convertimos la primera vuelta en una segunda vuelta de facto, en los términos de campaña; y ii) asumir una lógica según la cual era preferible que pasara Abelardo a segunda vuelta pues sería ‘más fácil ganarle’ que a Paloma, por lo que este no se volvió objeto de la discusión de la campaña sino hasta una semana antes de las elecciones (me incluyo en ese error de interpretación), cuando, básicamente, lo dejamos avanzar en el plano narrativo, nos concentramos en contarnos y no en contarlos a ellos.
De forma tal que esta coyuntura, aunque los números se parezcan al 2022 y eso nos tiene que dar esperanza y energía para lograr la victoria, en términos relacionales o cualitativos nos estamos enfrentando a otro tipo de situación, más difícil que la del 2022. En el 2022 teníamos una derecha en una etapa incipiente de reconfiguración, de allí que su dispersión no se limitaba a términos electorales, sino que correspondía a proyectos y estructuras aún incipientes. A esto se sumaba que el panorama regional latinoamericano no jugaba a favor de esta reconfiguración de la derecha, aún golpeada por el estallido social.
Hoy nos enfrentamos a una derecha articulada, no solo en votos, sino en proyecto político: Abelardo representa un proyecto político mucho más acabado y menos contradictorio narrativamente que el de Rodolfo y Fico, lo cual se presenta y simplifica en los aparatos y medios de comunicación, consolidando de forma más profunda elementos ideológicos que movilizan a su electorado. El uso de la camiseta de la selección de fútbol y la ‘patria’ como referencia resulta parte de un proyecto simbólico definido y relativamente acabado. A su vez, así Rodolfo y Fico hayan contado con una situación orgánica a las clases dominantes y sectores empresariales, la cohesión de Abelardo resulta más fluida en términos estratégicos. Al igual que Rodolfo y Fico, corresponde a un proyecto de origen regional lejano a Bogotá (cuya élite de derecha se encuentra en crisis desde hace casi 10 años), pero ha sabido subordinar las estructuras partidarias tradicionales con sus respectivas maquinarias. Esto expresa una cualificación política y organizativa que sostiene el proyecto. Es decir, es un adversario mucho más fuerte.
A su vez, tenemos que saber que en la segunda vuelta se romperá una de dos prácticas históricas del sistema político colombiano. Una es que, por primera vez, un candidato que gane la primera vuelta con más del 40% pierda en la segunda, o que alguien que no ha pasado por ninguna experiencia de la función pública o cargo de elección popular consiga hacerse con la presidencia. Ambas situaciones serán novedosas para nuestro país.
Ahora, hay que buscar qué necesitamos para revertir la situación, y que la novedad para el sistema político sea la primera. Hay que saber entender, y para ello hay que meterse la mano al bolsillo y pagar buenas encuestas (tanto cuantitativas como cualitativas), si la dinámica de una segunda vuelta precoz hizo que Abelardo consiguiera su techo. Toda vez que, por la dureza de su proyecto político, tiene menos probabilidad de llegar a nuevos sectores. Asimismo, hay que evaluar su dependencia de estructuras tradicionales subordinadas, para prever su capacidad de atraer el voto abstencionista.
Esa misma pregunta tenemos que hacerla a nuestros candidatos Iván y Aida, partiendo de la idea de que a priori tenemos más probabilidades de crecer en sectores ajenos y que, como pasó en el 2022, podemos jalonar nuevos votos movilizando el abstencionismo. Y allí encontramos una pregunta crucial: ¿los votos propios de Petro y el Gobierno nacional ya están contados?, es decir, además de los 9.6 millones que obtuvimos, ¿cuántos más podemos conseguir centrando la campaña en los logros del Gobierno? Prematuramente, creo que no son muchos más de los ya conseguidos. Lo cual me lleva a la siguiente conclusión: hay que descentrar la narrativa de los logros de este Gobierno (aunque no hay que dejarlos) e Iván debe tener una voz propia más allá de la tutela de Gustavo Petro, sin negar su importancia. La función de esta voz propia de Iván debe estar direccionada a aproximarse con esos sectores ajenos: Sergio Fajardo, Claudia López, Juan Daniel Oviedo, entre otros, para lo cual se requiere llegar a acuerdos programáticos concretos y aceptar cierta autocrítica a esta experiencia de Gobierno. Si los logros del Gobierno nos están dando cerca de 10 millones de votos, que los otros 3 nos los den la apertura y la disposición a ceder en ciertos elementos.
Esto nos lleva también a otro factor, centrado en los centros urbanos donde disminuyó nuestro peso electoral: hay que desmamertizar la campaña. Si bien considero significativo el avance en términos simbólicos de las luchas y experiencias populares, tenemos que evitar que la campaña se reproduzca como si se tratase exclusivamente de una movilización social. Aunque es bonito ver reuniones de comités de campaña rebosadas de gente, que luego sale a movilizarse (aunque en Teusaquillo), los comités deben tener una función operativa: las decisiones tácticas y operativas rara vez se pueden tomar en asambleas. Esto implica abrir y cerrar los comités de campaña al mismo tiempo: abrirlos con relación a buscar el ingreso de nuevos sectores (es innegable el rol del Partido Verde en la segunda vuelta del 2022) y cerrarlos con relación a las dinámicas de grandes reuniones sociales (que no se repita lo de los comités de campaña del plebiscito, que terminan en volver a convencer convencidos).
Creo que, si nuestro objetivo estratégico o general es ganar en segunda vuelta, nuestros objetivos específicos o tácticos son: i) crecer en nuestro techo con nuevos sectores, ii) buscar movilizar votos abstencionistas, y iii) desmotivar el voto por Abelardo.
Para conseguir esto, y siguiendo elementos señalados previamente, creo que hay que combinar una estrategia desde arriba y otra desde abajo. La que va desde arriba en torno a tres actividades específicas: i) diálogos directos con líderes de sectores políticos que puedan ayudar a movilizar a su electorado hacia la candidatura de Iván (principalmente el llamado centro político), ii) reajuste con ciertas tendencias de la política tradicional que han apoyado las reformas en el Congreso de la República y pueden asentar la votación en territorios específicos, sobre todo en la costa Caribe, y iii) una campaña comunicativa y de agitación constante y agresiva, llenar las redes de pautas, pero también hacer uso de las tendencias focalizadas (esto ayudó mucho en la elección del 2022), aunque para eso hay que meterse (por favor) la mano al bolsillo.
Por su parte, la estrategia desde abajo parte de un principio: no es momento de grandes eventos multitudinarios, y las actividades deben desbordar socialmente las formales de campaña. Esto implica fundamentalmente una cosa: hay que conseguir el voto a voto, persona a persona, campaña de tipo hormiga. Nada de festivales o comparsas. Como en el 2022, con la práctica según la cual casi que cada persona que votó se enroló en la búsqueda de otro voto adicional. Esto parte a su vez de otro principio: es más fácil crecer donde ya se está que donde no se está. Entonces, si bien hace parte de la estrategia política al mediano plazo recuperar y ganar territorios en términos electorales; en el corto, la salida más rápida es aumentar los votos donde ya tenemos. Esto se explica adicionalmente porque Colombia no tiene un sistema electoral de distritos, donde quien gane más distritos electorales gana la elección (esto sí lleva a la lógica de disputa territorial); al contrario, en Colombia nada impide que todos los votos se concentren en pocos lugares, siempre y cuando garanticen la mayoría. Ahora, esta campaña del voto a voto debe motivarse desde la campaña nacional con un llamado a objetivos
2. Importancia histórica de ganar
En la ciencia política occidental ha hecho carrera la llamada ‘teoría del péndulo’, donde se ha normalizado que de forma subsecuente se turnen gobiernos de izquierda o liberal y gobiernos de derecha o conservadores. Hay que evitar caer en esta normatividad ideológica. En contraste, quiero detenerme a hablar del que creo que es el principal factor histórico y fundamental que nos exige la victoria electoral, porque si gana Abelardo no sería ‘solo un gobierno de derecha más’.
Desde el siglo XX, tras el fin de la hegemonía conservadora, en Colombia ha tendido a ocurrir una dinámica destructiva en términos vitales: tras cada intento de reforma (especialmente agraria), por más prematura y limitada que sea, le han seguido procesos de contrarreforma profundamente violentos, que han llevado al país a ciclos largos de violencia política y armada.
Podríamos denotar tres ejemplos significativos: i) la contrarreforma a los intentos de reforma de López Pumarejo que llevó a un ciclo de violencia que terminó de estallar tras el bogotazo y la violencia bipartidista, ii) la contrarreforma del Pacto de Chicoral en el Gobierno de Misael Pastrana (ahora liderada por López Michelsen, hijo del otrora reformista), que derivó (incluso según interpretaciones recientes de profesores como Francisco Gutiérrez Sanín) en el conflicto armado contemporáneo propiamente dicho y que buscó superarse con el Acuerdo Final de Paz del 2016, y iii) las contrarreformas neoliberales y paramilitares a la búsqueda reformista de la constituyente de 1991.
Asimismo, hoy nos enfrentamos a una fuerza y un proyecto político que busca ‘hacer trizas’ lo que se alcanzó a avanzar en las reformas de este primer Gobierno. Lo cual resultaría catastrófico, no porque nos vaya a devolver a una situación de hace 4 años (con Duque), sino porque llevaría inclusive a un nuevo ciclo de violencia que podría tardarse décadas en cerrarse.
La reconfiguración del conflicto tras el Acuerdo del 2016 ha alcanzado un nivel de madurez en términos organizativos de los proyectos armados. No estamos frente a las incipientes disidencias y ‘territorios sin FARC’ como en la elección de Iván Duque, sino que estamos en una situación en la cual el conflicto se ha reconfigurado y han persistido estructuras armadas que, si bien no buscan ‘tomarse Bogotá’, se alimentan en ciclos de violencias derivados de factores estructurales sin resolver: estructura agraria, principalmente.
Por lo que la ofensiva violenta que podría significar un gobierno de Abelardo podría hacer que dicha reconfiguración del conflicto se termine de cocinar, llevando incluso a su ‘repolitización’, en caso de que se refortalezca la violencia política (pues nunca ha desaparecido como tal). Estamos a tiempo de construir acuerdos y procesos de construcción de paz que le pongan freno de mano a esa reconfiguración del conflicto, donde su solución pasa si y solo si con una reforma a la estructura agraria que ya comenzó con Gustavo Petro y Martha Carvajalino. Pero, de ganar Abelardo, pasaríamos del freno de mano a acelerar los efectos y procesos violentos, que sumirían al país en un ciclo de violencia simplemente desgarrador.
De allí la necesidad de ganar: no tenemos alternativa si no queremos enfrentarnos a nuevos y más profundos procesos de destrucción humana.
3. Factores estructurales a tener en cuenta en el futuro o mediano plazo
3.1. Dejamos de crecer entre los jóvenes
La izquierda dejó de crecer de igual forma con el crecimiento sociodemográfico del censo electoral. A partir de la coyuntura de los diálogos de paz de La Habana y con los siguientes procesos de movilización social que van desde el paro agrario del 2013 hasta el estallido social de 2021, pasando por las movilizaciones por la paz del 2016, existió una correlación, incluso exponencial, constante entre nuevos votantes (personas que cumplían 18 años) y nuevos votos para la izquierda, sin que sea un número homologable (es decir, no todos los nuevos votantes votaban a la izquierda, aunque sí la mayoría). Así, podemos ver cómo fueron los votos de los candidatos a la izquierda: 1.3 millones de Petro en 2010, 1.9 millones de Clara López en 2014, 4.8 y 8 millones de Petro en 2018, y 8.8 y 11.2 de Petro en 2022.
Rara vez un votante adulto no joven modifica su votación en su ciclo de vida. Lo usual resulta ser que los votantes mayores pasan a la abstención, en vez de cambiar su postura dentro de la ‘oferta’ electoral, y si esto ocurre, resulta en un margen mínimo para explicar los aumentos electorales de una fuerza política. De allí que el aumento exponencial de los votos de izquierda en los últimos 16 años se explica sociodemográficamente, principalmente, por nuevos votantes que construyeron sus interpretaciones políticas por las experiencias generacionales en estos años.
Sin embargo, del 2022 al 2026, el aumento resultó en un margen menor al esperado, lo que nos podría llevar a la conclusión de que se desaceleró el crecimiento de la izquierda en nuevos votantes jóvenes. Este elemento cuantitativo (cuántos votan) tiene, necesariamente, una explicación cualitativa: en términos de experiencias políticas y de relacionamiento con los procesos organizativos populares.
En estos cuatro años, aunque principalmente en los dos primeros años de Gobierno, el movimiento social y la izquierda tendieron a una inercia estatal. Se requería que muchas personas orgánicas a la movilización llegasen a espacios de trabajo y decisión estatal: había que participar en este gobierno. Lo cual conllevó a una fuga de liderazgos de los procesos sociales, donde inclusive importantes ONG de Derechos Humanos se vieron diezmadas por la pérdida de profesionales curtidos en el trabajo con comunidades y agencias internacionales. A su vez, la centralidad estatal de la izquierda no generó una alternativa vital de experiencia política para los jóvenes, especialmente los jóvenes urbanos, que ya no se vieron ligados a procesos de movilización social. Asimismo, se perdió casi la mitad del gobierno con ministros de educación que no respondieron a las expectativas generadas, lo cual era el sector estatal que más responsabilidad tenía para la atracción de nuevos votantes. Y cuando por fin llegó un ministro con la voluntad de responder a las expectativas de los jóvenes, no existía el tiempo ni el capital político para políticas más agresivas y contundentes. A esto se sumaron los límites del Ministerio de la Igualdad frente a una política pública de juventud que fuese más allá de las transferencias directas del programa Jóvenes en Paz, una práctica del gasto público ciertamente neoliberal, que no promovió experiencias organizativas y políticas para los nuevos jóvenes.
Este elemento no tendrá una solución en las tres semanas que nos quedan para la segunda vuelta, salvo la política comunicacional en redes sociales, pero debe ser tenido en cuenta de cara a un nuevo gobierno de izquierda. Toda vez que los límites de construcción de lo político entre la juventud desde la izquierda estatal son un factor explicativo de las nuevas derechas en la región, desde los límites del peronismo que dejó a la juventud a merced de los libertarios y su construcción política digital, hasta el transformismo de Bukele, que aprovechó los límites políticos juveniles de su propio partido (cuando era de izquierda y estaba en el Farabundo Martí) para construir experiencias juveniles de derecha.
3.2. Retrocedemos en centros urbanos
Si bien, en términos nominales generales, la votación de Iván Cepeda en la primera vuelta del 2026 fue la mayor votación de izquierda en esta etapa de la carrera presidencial, este aumento se explicó por un aumento del peso electoral en zonas del país donde se han focalizado políticas del Gobierno nacional, como el Pacífico y zonas rurales del Caribe colombiano. Sin embargo, como se puede ver en el informe del Instituto de Pensamiento Progresista, disminuyó el peso electoral por la izquierda en Bogotá, Cali, Popayán, Barranquilla, Pasto y Tunja, ciudades fundamentales para la victoria del 2022. Resulta preocupante que se haya presentado una disminución en votantes por la izquierda en 107 UPZ en Bogotá, incluyendo el sur de la ciudad en sectores donde en algún momento Álvaro Uribe tenía fortines electorales.
Este síntoma ya se había reflejado en las elecciones locales del 2023, y se puede explicar por el mismo fenómeno frente al factor juvenil: límites de políticas y programas directos (naturalmente el presupuesto se focalizó en los territorios con mayores índices de desigualdad y afectados por la violencia, que tienden a no ser urbanos) y restricciones de experiencias políticas que sostengan la vida política cotidiana. A lo que habría que adicionar un factor explicativo fundamental, que debe tenerse en cuenta de cara a la segunda vuelta: límites en la comunicación virtual y falta de apoyos y organización para que muchas personas puedan ir a votar, lo cual cuesta, pero hay que pagarlo.
La política de austeridad electoral, que, si bien puede tener una importancia ética significativa, debilitó el techo electoral posible. Las campañas en redes llegaron tarde, miles de voluntarios se quedaban esperando publicidad para hacer campaña barrial y cuando llegó el tiempo era corto. No ha existido una política editorial unificada: eslóganes que cambian cada semana, publicidad con un uso excesivo de texto, entre otros. Los efectos negativos de esta austeridad se reflejan principalmente en las ciudades, donde la cantidad de gente que vota es mucha, por lo que la población en abstención es significativa, y allí la campaña comunicativa es el principal factor para crecer (hay que aumentar el techo).
En resumen, la izquierda aumentó en 909 municipios, pero se redujo en ciudades fundamentales para la izquierda, donde se concentra una mayor cantidad de votos y donde el techo electoral podía (y puede) ser mayor. Ello, con los límites de sostener procesos organizativos políticos más allá de lo electoral, que sirvieran de alternativa a los procesos de movilización social urbana, que fue un factor fundamental para el asentamiento de la izquierda en estas ciudades. La solución rápida es una política comunicacional, la cual requiere inversión económica.
3.3. Nacimiento de una nueva derecha
Aprendimos a ganarle a la derecha tradicional, pero aún no sabemos cómo ganarle y disputarle el discurso a la ‘nueva’ derecha, y tenemos que aprender ya. La ausencia de una interpretación desde la clase social nos ha llevado a confundir las clases dominantes con sus reflejos electorales y partidarios. El uribismo y los partidos políticos son reflejos de las clases dominantes, pero no son las clases dominantes. De allí que perdamos de vista cuando las clases dominantes construyen nuevas alternativas y proyectos políticos que disputan el sentido común y las experiencias políticas de las clases subalternas, dejando de lado formas políticas que dejan de ser eficientes.
Un sector mayoritario de la izquierda y el movimiento social lleva, por lo menos, 4 años vaticinando la muerte del uribismo como proyecto político, desde la paupérrima campaña de Óscar Iván Zuluaga primero, y Federico Gutiérrez después, en el 2022. Sin comprender que, más allá de la muerte o vida de un proyecto político de derecha específico (uribismo, santismo, etc.), lo concreto a observar en el análisis político estratégico son las reconfiguraciones políticas de la clase dominante. Donde, cuando pasa algo “, como la victoria de Abelardo el pasado 31 de mayo, la primera respuesta de corte más conspiranoico que científico es especular los cálculos de Uribe, como si estuviese frente a una bola de cristal descifrando y determinando cada paso sin que nadie se llegue a percatar.
En contraste, lo que nos denota esta elección es que todos los síntomas de la región y el imperialismo permitían pensar que la derecha colombiana (por fin) tendría las condiciones para una reconfiguración propia de las ‘nuevas derechas’. Si bien han existido varios intentos infructuosos, desde la candidatura del ‘libertario’ Daniel Raisbeck a la alcaldía de Bogotá en 2015 hasta los múltiples intentos de María Fernanda Cabal (la próxima candidata de este corte) de crear el ‘Vox Colombiano’, la inversión e intervencionismo de Trump-Rubio a la cabeza, con Milei, Bukele y Noboa secundando, sumado a las tensiones del sector terrateniente de la clase dominante por el proceso de reforma agraria del gobierno de Gustavo Petro (aun cuando sigue siendo una reforma agraria aún naciente), generó las condiciones para que ‘se cocinara’ esta nueva derecha, que, aunque subordina a la derecha tradicional y sus maquinarias, se sabe presentar como despojada de estas.
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