entre la denuncia global y el clamor humanista

“El discurso de Gustavo Petro en la ONU no pasará desapercibido. Podrá ser criticado por su tono, por su dureza o por sus visiones maximalistas. Pero representa un mensaje coherente, fundamentado y urgente desde una región históricamente subordinada al poder global”.

05/10/2025

Por: Hugo René Orejuela, periodista de la Radio Air Libre de Bruxelles y del equipo editor de KontraPortada

En su último discurso como presidente de Colombia ante la Asamblea General de la ONU, Gustavo Petro no solo habló: lanzó una advertencia, hizo una denuncia y propuso una ruptura. Fue, más que un mensaje de Estado, un reclamo político, en el que combinó un diagnóstico sombrío del orden internacional con una serie de propuestas radicales para enfrentar la crisis global. En un escenario donde suelen primar los gestos diplomáticos, Petro eligió la incomodidad como recurso.

En su intervención, no buscó construir consensos retóricos. Nombró responsables, cuestionó la legitimidad de las potencias y de las instituciones multilaterales, denunció la pasividad frente al genocidio en Gaza, y desafió el relato hegemónico sobre la guerra contra las drogas. En paralelo, presentó a América Latina como una posible salvación energética del planeta ante la emergencia climática. El presidente colombiano se ubicó —deliberadamente— como voz del sur global, portavoz de los pueblos excluidos y víctima del doble rasero internacional.

El discurso de Petro tuvo un eje claro: la denuncia de la dominación global disfrazada de lucha antidrogas, de seguridad hemisférica o de combate al terrorismo. Según su narrativa, las verdaderas víctimas de estas políticas no son los consumidores ni los países desarrollados, sino los campesinos, los migrantes y los jóvenes pobres de América Latina y otras regiones del sur.

Al aludir al ataque con misiles a unas lanchas en el Caribe, hecho que aún genera controversia en Colombia y que Petro atribuye a acciones ordenadas desde Estados Unidos durante la administración Trump, el mandatario construyó una alegoría mayor: la violencia estructural contra los pueblos del sur como instrumento de control geopolítico. Según Petro, la política antidrogas no busca reducir el consumo sino perpetuar relaciones coloniales. Y su gobierno, afirma, ha demostrado que es posible combatir el narcotráfico sin glifosato ni represión, sino con alternativas voluntarias y justicia social.

En uno de los tramos más elaborados de su intervención, Petro se detuvo en la crisis climática. Con un lenguaje directo y dramático, afirmó que la humanidad se encuentra a una década de un punto de no retorno. Y que frente a esta amenaza existencial, el orden económico global ha optado por la inacción, la negación o el cálculo financiero.

El presidente propuso canalizar 600 mil millones de dólares en inversión para que América Latina y África desarrollen su capacidad de generación energética limpia, solar, eólica, hídrica y así sustituyan las fuentes fósiles del norte global. La propuesta no es nueva, pero Petro la vincula a un llamado más amplio: reconfigurar el poder económico mundial en función de la vida y no del capital.

Planteó también la necesidad de una reforma estructural de las instituciones financieras internacionales, con condonación de deuda para los países que aporten a la mitigación climática y el fin de las primas de riesgo injustas que penalizan a las economías del sur.

Para Petro, la lógica de mercado no solo es insuficiente, sino culpable. El neoliberalismo, afirma, está conduciendo al planeta hacia el colapso.

Uno de los momentos más contundentes y polémicos del discurso fue su crítica directa a la inoperancia del sistema multilateral. En su visión, la ONU se ha vuelto “testigo mudo” del genocidio en Gaza y ha sido superada por un capital transnacional que no rinde cuentas a los estados.

Petro propuso avanzar hacia una «asamblea de pueblos», un nuevo sujeto político global basado en la humanidad organizada, no en los estados nación. En este nuevo orden, utópico para algunos, disruptivo para otros, el poder de veto desaparecería del Consejo de Seguridad y los compromisos climáticos serían vinculantes y supervisados por una nueva arquitectura democrática global.

Aunque estas propuestas tienen poca viabilidad práctica en el corto plazo, revelan un fondo político ideológico coherente con el pensamiento de Petro desde sus años como congresista: una crítica estructural al modelo capitalista global y una apuesta por nuevas formas de organización política planetaria.

Las reacciones al discurso fueron diversas. Para sectores progresistas y movimientos sociales del sur global, Petro encarna una voz que interpela las injusticias estructurales del sistema internacional. Para otros, su tono confrontativo, las acusaciones directas y la apelación a soluciones maximalistas, como una fuerza armada internacional para intervenir en Gaza, lo alejan de la diplomacia efectiva y lo acercan a la “utopía retórica”.

Las consecuencias de su postura no tardaron en llegar. En los días previos a su viaje a New York, el gobierno estadounidense lo excluyó de su lista de aliados en la lucha antidrogas, una descertificación como gesto diplomático que equivale a una sanción política. A ello se sumó el levantamiento de su visa de ingreso a Estados Unidos, interpretada por muchos como un castigo a su independencia discursiva y a su desafío directo al relato hegemónico sobre el narcotráfico. Así, la “utopía retórica” de Petro no solo fue incómoda en el plano simbólico, sino también en el diplomático.

Lo cierto es que Petro no pretendía hacer un discurso funcional al statu quo. No habló para los jefes de Estado, sino para los pueblos, para los excluidos, para los jóvenes y migrantes que, según él, son tratados como desechables. Y lo hizo con un lenguaje que cruzó constantemente la línea entre lo institucional y lo épico, entre el realismo político y la denuncia moral.

El discurso de Gustavo Petro en la ONU no pasará desapercibido. Podrá ser criticado por su tono, por su dureza o por sus visiones maximalistas. Pero representa un mensaje coherente, fundamentado y urgente desde una región históricamente subordinada al poder global. En tiempos donde las grandes potencias parecen más preocupadas por su hegemonía que por el destino común, voces como la de Petro, incómodas, excesivas incluso, cumplen una función crucial: recordarnos que la política internacional no es solo un juego de intereses, sino también un campo donde se disputan sentidos, valores y futuros posibles.

En su arenga, Petro no ofreció diplomacia, ofreció disonancia. Y en la orquesta complaciente del orden global, la disonancia también puede ser una forma de verdad.