un mundo en guerra frente a una organización que no puede hacer respetar las reglas.
Estados Unidos, Rusia, China, Irán, Israel, Ucrania y Palestina frente a la crisis del orden mundial
27 de septiembre de 2026.
Por Hugo René Orejuela. KontraPortada.
Hay momentos en la historia en los que una reunión internacional deja de ser simplemente una reunión diplomática y se convierte en un retrato del mundo. La 81ª Asamblea General de las Naciones Unidas, que se celebra en Nueva York durante septiembre de 2026, tiene precisamente esa característica. Bajo el lema “Restablecer la confianza, gestionar la transformación: unas Naciones Unidas que beneficien a todos”, los gobiernos han llegado a una organización que intenta hablar de cooperación mientras, fuera de sus muros, las grandes potencias se enfrentan, las guerras se prolongan y las reglas internacionales son cuestionadas cada vez con mayor fuerza.
Estados Unidos e Irán llegan en medio de una confrontación militar que ha colocado nuevamente al mundo ante el riesgo de una escalada mayor. Rusia y la OTAN en Ucrania continúan enfrentadas después de más de cuatro años de guerra. Israel continua el genocidio étnico en Palestina en uno de los conflictos más antiguos y devastadores del planeta. China y Estados Unidos disputan poder económico, tecnológico y estratégico.
Europa intenta mantener una posición propia mientras continúa dependiendo de la alianza atlántica. Y el llamado Sur Global reclama una participación mayor en las decisiones que determinan el destino del planeta. Nunca fue tan necesaria una organización capaz de sentar a todos en una misma mesa. Y, al mismo tiempo, nunca fue tan evidente la dificultad de hacerlo.
El secretario general António Guterres lo expresó en la apertura de esta Asamblea con una frase que resume el problema: “La primera gran prueba de las grandes potencias en el siglo XXI es la paz y la seguridad”. Para Guterres, la paz no puede significar simplemente ausencia de combates, sino la existencia de límites jurídicos al poder y el reconocimiento de que la fuerza no puede convertirse en el árbitro final de quién tiene derechos y quién no.
Ese es precisamente el problema. La ONU fue creada en 1945 para impedir que las grandes potencias volvieran a resolver sus diferencias mediante guerras mundiales. Pero aquella organización nació de un equilibrio de poder que ya no existe.
El mundo de 2026 es diferente. Estados Unidos continúa siendo una potencia militar, económica y tecnológica extraordinaria, pero ya no puede ejercer el mismo grado de predominio incontestado que tuvo después de la desaparición de la Unión Soviética.
China se ha convertido en un actor económico, tecnológico y estratégico de primer orden. Rusia conserva una enorme capacidad militar y nuclear. India aumenta su peso económico y político. Los BRICS se han ampliado y buscan mayor coordinación económica y tecnológica. Y numerosos países del llamado Sur Global reclaman un sistema internacional menos dependiente de las decisiones tomadas en Washington, Bruselas o Pekín.
La cuestión, entonces, no es solamente quién dominará el mundo. La cuestión es cómo se gobernará un mundo en el que ninguna potencia puede imponer por sí sola todas las reglas sin encontrar resistencia. Y ahí aparece la ONU.
El discurso del presidente Donald Trump ante la Asamblea mostró una concepción del mundo profundamente centrada en el poder nacional estadounidense. Trump defendió la idea de que Estados Unidos debe actuar desde su propia fuerza, proteger sus intereses y rechazar lo que considera mecanismos de “control global”. También defendió las acciones militares de Washington contra Irán y sostuvo que Estados Unidos continuará ejerciendo presión para impedir que Teherán desarrolle un arma nuclear.
La posición estadounidense es importante porque plantea una tensión fundamental con el principio multilateral. Si una gran potencia considera que tiene derecho a actuar unilateralmente cuando entiende que sus intereses o su seguridad están amenazados, ¿qué espacio queda para una organización cuya razón de existir es precisamente obligar a los Estados a resolver sus disputas dentro de reglas comunes?
Esta pregunta no es exclusiva para Trump ni para Estados Unidos. También otras grandes potencias han utilizado la fuerza cuando consideran que sus intereses vitales están en juego. Pero precisamente por eso la crisis es mayor.
El problema de la ONU no consiste solamente en que una potencia incumpla una regla. El problema aparece cuando las principales potencias comienzan a interpretar las reglas internacionales de acuerdo con sus propios intereses.
La intervención del presidente iraní Masoud Pezeshkian mostró el otro lado de esta confrontación. Irán llegó a la Asamblea denunciando los ataques estadounidenses e israelíes y rechazando la idea de negociar bajo una amenaza de sometimiento. Al mismo tiempo, Pezeshkian afirmó que Irán estaba dispuesto a negociar.
Es una posición que resume buena parte del problema contemporáneo, las negociaciones siguen siendo necesarias, pero cada vez resulta más difícil construirlas cuando una de las partes entiende que la otra utiliza la fuerza para imponer las condiciones iniciales. La diplomacia necesita confianza. Y la guerra destruye precisamente esa confianza.
Por eso la pregunta que queda sobre la mesa no es únicamente cómo terminar una guerra entre Estados Unidos e Irán. Es cómo impedir que cada nueva crisis internacional termine convirtiéndose en una prueba de fuerza entre potencias militares.
Probablemente ninguna otra cuestión ha mostrado con tanta claridad los límites del sistema internacional como lo que pasa en Palestina. Incluso la participación palestina en esta Asamblea estuvo marcada por una controversia extraordinaria. Estados Unidos negó nuevamente visas a la delegación palestina que debía acudir físicamente a Nueva York. La Asamblea General respondió aprobando por 152 votos contra 3 una resolución que permitió que el presidente Mahmoud Abbas participara mediante un discurso pregrabado. Estados Unidos e Israel votaron en contra.
Abbas intervino finalmente de manera virtual y sostuvo que las políticas israelíes amenazan la existencia misma del pueblo palestino y que preservar la solución de dos Estados exige detener la pérdida de territorio y garantizar la permanencia de los palestinos en su tierra.
Por su parte, Benjamin Netanyahu utilizó la Asamblea para defender las acciones de Israel, rechazar las acusaciones contra su Gobierno y denunciar lo que considera una campaña internacional contra Israel. Su discurso estuvo acompañado por una protesta visible, decenas de delegados que rechazan el genocidio de Israel contra palestinos, abandonaron la sala cuando comenzó su intervención.
El secretario general Guterres, en cambio, volvió a advertir que la situación en Gaza y Cisjordania está destruyendo las posibilidades de una solución de dos Estados y llamó a respetar el derecho internacional y las medidas de la Corte Internacional de Justicia.
Y aquí aparece una de las grandes preguntas de esta Asamblea, ¿Qué autoridad conserva una organización internacional cuando sus resoluciones pueden ser ignoradas durante años sin que exista un mecanismo eficaz para hacerlas cumplir?
La ONU puede condenar. Puede investigar. Puede enviar ayuda humanitaria. Puede aprobar resoluciones. Puede mantener misiones de paz. Pero cuando una gran potencia protege diplomática y militarmente a un Estado, el sistema se encuentra con sus propios límites. No es solamente una crisis de Palestina. Es una crisis de credibilidad del sistema internacional.
La guerra en Ucrania representa una de las mayores fracturas del sistema internacional y también una de las pruebas más difíciles para Naciones Unidas. Para Ucrania y buena parte de los Estados occidentales, la invasión rusa constituye una violación de la Carta de Naciones Unidas y de los principios de soberanía e integridad territorial. El secretario general António Guterres volvió a defender durante la Asamblea General de 2026 el respeto de la Carta y reclamó protección para la población civil y una salida negociada al conflicto.
Pero Rusia presenta una interpretación completamente diferente. Moscú sostiene que la guerra no puede analizarse únicamente a partir del comienzo de la operación militar de 2022, sino que debe situarse dentro de un proceso mucho más largo de deterioro de la seguridad europea.
Entre los elementos que Rusia señala están la expansión de la OTAN hacia el este, la evolución del conflicto interno ucraniano desde 2014, la situación de la región del Donbás y lo que considera una creciente amenaza militar y estratégica en sus fronteras. En sus intervenciones ante Naciones Unidas, el Gobierno ruso también ha cuestionado que la Asamblea General termine presentando como posición de toda la comunidad internacional una interpretación que Moscú considera esencialmente occidental del conflicto.
Y mientras los gobiernos hablan de paz en Nueva York, los ataques continúan. Ucrania lanzó recientemente una operación con más de mil drones contra objetivos rusos y Rusia respondió con nuevos ataques contra infraestructura ucraniana.Pero quizás uno de los hechos diplomáticos más interesantes de estos días ocurrió precisamente dentro de la propia Asamblea, los ministros de Exteriores de Rusia y Alemania mantuvieron el 26 de septiembre sus primeras conversaciones desde antes de la invasión a gran escala de 2022.
Eso demuestra algo importante. Incluso cuando la política internacional parece completamente bloqueada, la diplomacia continúa buscando espacios de comunicación. Y quizá esa sea una de las funciones más importantes que todavía conserva Naciones Unidas, mantener abiertas las puertas que los gobiernos cierran durante las guerras.
Hay una imagen de esta Asamblea General de Naciones Unidas que merece detenerse a mirar. Mientras en Nueva York los gobiernos del mundo se reunían para hablar de guerras, paz, soberanía, desarrollo y futuro de la humanidad, el presidente chino Xi Jinping estaba en Washington, sentado frente a Donald Trump. No acudió a Nueva York a pronunciar personalmente el discurso de China ante la Asamblea. Su lugar estaba en la Casa Blanca, negociando directamente con el presidente de Estados Unidos.
No es un detalle menor. China no dejó de estar presente en Naciones Unidas. Al día siguiente, el vicepresidente Han Zheng intervino ante la Asamblea General y defendió el multilateralismo, el desarrollo y la solución de las controversias mediante el diálogo. Pero la fotografía política de esos días resulta reveladora, la ONU reunía al mundo en New York y Washington reunía a dos de las principales potencias que están definiendo el nuevo equilibrio mundial.
Entonces aparece una de las grandes preguntas de esta Asamblea: ¿dónde se toman realmente las decisiones que pueden cambiar el destino del planeta? ¿En el salón de la Asamblea General, donde cada Estado tiene formalmente un lugar y una voz? ¿O en las reuniones bilaterales entre las grandes potencias económicas, militares y tecnológicas?
Antes de la Asamblea, Xi Jinping había impulsado en el marco ampliado de los BRICS iniciativas de cooperación en comercio, inteligencia artificial, tecnología y finanzas, con la idea de fortalecer la capacidad del bloque para desempeñar un papel mayor en el nuevo orden mundial. Aquí aparece una palabra que probablemente definirá las próximas décadas, multipolaridad.
La pregunta no es si China sustituirá a Estados Unidos como potencia dominante. Es si el mundo avanzará hacia un sistema donde varias grandes potencias competirán y cooperarán simultáneamente. Ese escenario puede reducir el poder de una sola potencia. Pero también puede aumentar la inestabilidad si cada bloque comienza a construir sus propias reglas, alianzas militares, sistemas financieros, tecnologías y áreas de influencia.
Un mundo multipolar no es automáticamente un mundo más pacífico. Puede serlo. Pero también puede convertirse en un mundo más fragmentado. Llegamos así al problema central de este artículo. ¿Puede Naciones Unidas seguir siendo la organización encargada de preservar la paz mundial si el Consejo de Seguridad continúa estructurado alrededor de una realidad geopolítica de 1945?
El Consejo de Seguridad tiene cinco miembros permanentes con derecho de veto: Estados Unidos, Rusia, China, Francia y Reino Unido. Esos cinco países siguen teniendo una enorme capacidad de decisión sobre las cuestiones centrales de seguridad internacional.
Pero representan una fotografía del poder mundial de hace ocho décadas. India no tiene un asiento permanente. Brasil tampoco. África no tiene representación permanente. América Latina tampoco. Y mientras el mundo cambia, la arquitectura fundamental permanece prácticamente intacta. Por eso una reforma de Naciones Unidas no puede limitarse a reducir gastos administrativos o mejorar la burocracia. Tiene que tocar el problema central, la distribución del poder.
Una ONU reformada tendría que ampliar la representación del Consejo de Seguridad, incorporar de manera permanente a nuevas regiones y establecer mecanismos que reduzcan la posibilidad de que el veto paralice la acción internacional ante crisis graves. También sería necesario fortalecer la Asamblea General.
No para convertirla simplemente en un Parlamento mundial, lo cual exigiría cambios jurídicos y políticos enormes, sino para aumentar el peso político de sus decisiones cuando el Consejo de Seguridad quede paralizado. Y habría que reforzar los mecanismos internacionales de justicia. Porque una regla internacional que no puede aplicarse termina convirtiéndose en una recomendación.
¿Qué puede ocurrir después de esta Asamblea?. La respuesta no puede ser una predicción. Pero sí podemos identificar algunos escenarios: El primero sería una nueva etapa de negociación entre las grandes potencias. La propia existencia de encuentros diplomáticos paralelos durante esta Asamblea demuestra que incluso los adversarios necesitan hablar. El diálogo Estados Unidos-Irán y el contacto entre Rusia y Alemania muestran que las líneas de comunicación no han desaparecido completamente.
El segundo escenario sería la consolidación de bloques cada vez más enfrentados, Estados Unidos y sus aliados por un lado; China, Rusia, Irán y otros actores buscando mayor coordinación por otro; y numerosos países intentando mantener posiciones propias.
El tercero sería todavía más peligroso, la normalización de la guerra como instrumento de política exterior. Si los Estados concluyen que pueden utilizar la fuerza cuando consideran que sus intereses vitales están amenazados, el principio de seguridad colectiva pierde fuerza. Y entonces el mundo comienza a parecerse menos al sistema multilateral que imaginó 1945 y más a una competencia permanente entre potencias.
Existe finalmente un cuarto escenario. El más difícil, pero quizás el único capaz de evitar los anteriores, reformar el sistema internacional antes de que otra gran guerra obligue a hacerlo.
Eso significaría reformar el Consejo de Seguridad, ampliar la representación de las nuevas realidades geopolíticas, fortalecer el derecho internacional, mejorar los mecanismos de prevención de conflictos y construir reglas internacionales para tecnologías que ya están modificando el equilibrio de poder, como la inteligencia artificial y las armas autónomas.
No será sencillo. Las grandes potencias no suelen aceptar fácilmente reformas que reduzcan su poder. Pero precisamente ahí reside la paradoja. La ONU fue creada para impedir que el poder absoluto de las grandes potencias volviera a conducir al mundo hacia una catástrofe.
Hoy necesita reformarse porque las grandes potencias continúan siendo demasiado poderosas para ser ignoradas y demasiado enfrentadas para gobernar juntas el planeta sin reglas comunes.
La Asamblea General de 2026 todavía no ha terminado. Sus últimas sesiones están previstas para es 28 de septiembre y la reunión de alto nivel sobre desarme nuclear se celebrará el 29. Pero ya existe suficiente evidencia para sacar una conclusión. La ONU no está muerta. Tampoco puede resolver por sí sola las guerras del mundo.Continúa siendo indispensable como espacio de negociación, ayuda humanitaria, cooperación, derecho internacional y comunicación entre gobiernos que muchas veces no quieren o no pueden hablar directamente.
El problema es que la organización que tenemos no parece suficiente para el mundo que estamos construyendo. Ese es el verdadero desafío. No necesitamos una ONU que simplemente registre las guerras después de que comienzan. Necesitamos una ONU capaz de prevenirlas.
No necesitamos únicamente una organización que condene las violaciones del derecho internacional. Necesitamos mecanismos capaces de hacer que el derecho tenga consecuencias. No necesitamos una institución donde las grandes potencias hablen solamente cuando les conviene. Necesitamos una arquitectura internacional donde ningún Estado pueda sentirse por encima de las reglas.
Porque el mundo que emerge después de esta Asamblea no será necesariamente más pacífico ni necesariamente más peligroso. Será, sobre todo, más disputado. Y en ese mundo la pregunta fundamental será si las naciones serán capaces de reformar las instituciones antes de que las instituciones sean superadas por los conflictos.
En 1945, después de dos guerras mundiales, los Estados dijeron: nunca más. Ochenta años después, el problema es que el mundo vuelve a escuchar demasiadas veces el lenguaje de la guerra. Por eso la pregunta que deja la Asamblea General de 2026 no es solamente qué país ganará la próxima disputa geopolítica. Es mucho más importante, ¿seremos capaces de construir una ONU que pueda impedir que las grandes potencias conviertan sus disputas en nuevas guerras mundiales?
Porque si la respuesta es no, el problema no será únicamente que Naciones Unidas pierda autoridad. El verdadero peligro será que el mundo vuelva a tener una nueva catástrofe para constatar que ya es demasiado tarde.