Manuel Cepeda Vargas:
una voz que el exterminio de la Unión Patriótica no pudo borrar
9 de agosto de 2026. Por Comité Editorial KontraPortada.
32 años de su asesinato, KontraPortada rinde homenaje al periodista, dirigente político y senador de la Unión Patriótica Manuel Cepeda Vargas. Su muerte pertenece a uno de los capítulos más dolorosos de la violencia política colombiana, pero su historia también habla de periodismo, resistencia, memoria y de una generación que defendió la posibilidad de transformar Colombia mediante la participación política.
Este 9 de agosto se cumplen 32 años del asesinato de Manuel Cepeda Vargas. Tenía 64 años y acababa de ser elegido senador de la República por la Unión Patriótica. Aquella mañana de 1994 salió de su residencia rumbo al Congreso. Su vehículo fue interceptado en Bogotá y hombres armados dispararon contra él. Murió inmediatamente. La Corte Interamericana de Derechos Humanos determinaría años después la responsabilidad internacional del Estado colombiano por la violación de sus derechos a la vida, la integridad, la libertad de expresión, la asociación y los derechos políticos.
Manuel Cepeda había nacido en Armenia el 13 de abril de 1930. Fue abogado, comunicador, dirigente del Partido Comunista Colombiano y de la Unión Patriótica, representante a la Cámara y posteriormente senador. Pero existe otra dimensión que merece ser recuperada: Manuel Cepeda fue periodista durante buena parte de su vida política.
Dirigió Voz de la Democracia y posteriormente Voz Proletaria, antecedente del actual Semanario Voz. Durante décadas escribió la columna “Flecha en el blanco”, desde la cual abordó las desigualdades sociales, la persecución política, los derechos humanos y la búsqueda de una salida negociada al conflicto armado. Fuentes vinculadas al propio semanario calculan que produjo más de 1.600 columnas a lo largo de aproximadamente 34 años.
Ese dato permite comprender por qué su asesinato tuvo una dimensión que excedía la eliminación de un senador. Se asesinó también a un periodista.
A un hombre que había hecho de la palabra escrita una forma de intervención política y que denunciaba públicamente la persecución que sufrían militantes del Partido Comunista y de la Unión Patriótica. La propia Corte Interamericana estableció que entre los móviles de su asesinato estuvieron su militancia política de oposición y sus publicaciones como comunicador social.
Su asesinato tampoco puede comprenderse aisladamente. Ocurrió dentro del exterminio sufrido por la Unión Patriótica, movimiento nacido durante el proceso de paz iniciado en los años ochenta. Miles de militantes, dirigentes, concejales, alcaldes, congresistas y candidatos fueron asesinados o desaparecidos. La violencia terminó destruyendo buena parte de una organización que había intentado disputar electoralmente el poder político colombiano.
Manuel Cepeda conocía esa amenaza. Había denunciado públicamente la persecución contra la UP y llegó al Senado cuando buena parte de sus compañeros ya habían sido asesinados. Su muerte representó, por eso, algo más que otro crimen dentro de aquella cadena: para entonces era uno de los últimos parlamentarios nacionales que le quedaban a la Unión Patriótica.
La justicia interamericana convirtió posteriormente lo que durante años fue denunciado por familiares, sobrevivientes y organizaciones de derechos humanos en una responsabilidad jurídicamente establecida. En 2010, la Corte Interamericana condenó al Estado colombiano en el caso Manuel Cepeda Vargas. Entre las reparaciones ordenadas estuvo algo particularmente relacionado con este homenaje, realizar una publicación y un documental audiovisual sobre su vida política y periodística.
Treinta y dos años después, recordar a Manuel Cepeda también significa preguntarnos por las consecuencias que aquel crimen dejó en la democracia colombiana.
Cuando una sociedad permite que una corriente política sea perseguida hasta intentar borrarla de las instituciones, la víctima no es únicamente el partido atacado. Pierde la democracia. Pierden los ciudadanos la posibilidad de escoger entre proyectos diferentes. Pierde el periodismo cuando una opinión puede convertirse en motivo de persecución. Y pierde el país cuando las diferencias políticas dejan de resolverse mediante argumentos y votos.
Su hijo, Iván Cepeda Castro, convirtió buena parte de su vida pública en una búsqueda de verdad y justicia por las víctimas de la violencia política. Hoy, más de tres décadas después del asesinato de su padre, su nombre ocupa nuevamente un lugar central en la disputa política colombiana. Esa continuidad histórica hace inevitable volver la mirada hacia Manuel Cepeda, pero sería injusto reducir su memoria únicamente al hecho de ser el padre de Iván.
Manuel Cepeda Vargas tuvo su propia voz. Fue periodista cuando ejercer un periodismo abiertamente militante desde la izquierda colombiana podía tener consecuencias mortales. Fue parlamentario cuando pertenecer a la Unión Patriótica significaba vivir bajo amenaza. Defendió una salida política al conflicto cuando la violencia parecía imponerse como lenguaje dominante.
Por eso KontraPortada rinde hoy homenaje al periodista, al senador y al hombre que defendió sus ideas hasta las últimas consecuencias.
No necesitamos convertirlo en una figura sin contradicciones para reconocer lo que representa su asesinato. La democracia permite discutir las ideas de Manuel Cepeda, cuestionarlas, confrontarlas o defenderlas. Precisamente lo que jamás puede aceptar es que alguien decida resolver esa discusión eliminando físicamente a quien piensa diferente.
A 32 años de su asesinato, esa quizá sea la dimensión más vigente de su memoria. A Manuel Cepeda Vargas lo mataron. Sus ideas quedaron sometidas al juicio de la historia, como corresponde en una democracia. Su derecho a expresarlas nunca debió serlo.