Un Análisis de la Amazonía y la Soberanía de la Isla Santa Rosa

“Volver a La Vorágine en tiempos de disputa fronteriza no es un acto literario, sino político. Es reconocer que las fronteras más peligrosas no son las que dividen a los países, sino las que separan a los Estados de sus propias periferias”.

17 de agosto de 2025

Hugo René Orejula, periodista de la Radio Air Libre de Bruxelles y del equipo editor de KontraPortada

En La Vorágine publicada en 1924, José Eustasio Rivera no escribió una novela de fronteras, pero sí un testimonio visceral del caos humano que existía en las regiones que, por entonces, ni siquiera estaban claramente integradas al mapa. El Putumayo, el Caquetá, el Amazonas: tierras que no eran de nadie y de todos, donde el Estado era una promesa lejana y la ley, una ilusión mutilada por la selva, el caucho y la codicia.

Aunque la obra no menciona de manera explícita la disputa territorial entre Colombia y Perú, su contexto es inseparable de ese conflicto. La novela surge apenas unos años antes del estallido del Conflicto de Leticia (1932-1933), cuando ambas naciones se enfrentaron por la soberanía de esa zona estratégica del Amazonas. La falta de presencia estatal efectiva, que Rivera denuncia de forma cruda, es justamente lo que permitió que la ambigüedad territorial derivara en conflicto armado.

Hoy en día, en las profundidades del Amazonas, la geografía no solo dibuja paisajes, sino también preguntas sin resolver. Colombia y Perú, dos países con lazos históricos, culturales y económicos, vuelven a esa vorágine al enfrentarse en torno a un viejo tema: la soberanía sobre las islas del río Amazonas. Aunque en apariencia se trata de una cuestión técnica, lo que se disputa en el fondo es una narrativa de control, derecho y dignidad territorial.

La Vorágine describe una Amazonía sin límites, sin gobiernos, sin naciones claras. Rivera pinta un paisaje donde el verdadero poder es ejercido por empresas caucheras, capataces armados y esclavistas disfrazados de empresarios. En ese vacío, ¿quién podía decir con certeza si esa tierra era Colombia, Perú o Brasil?

Esta condición refleja de manera simbólica el mismo problema que, una década después, llevaría a ambos países a firmar el Protocolo de Río de Janeiro (1934) para poner fin a sus disputas limítrofes. Pero el tratado, como la presencia del Estado en la selva, ha sido desde entonces parcial, incompleto y, en ocasiones, ilusorio.

La Amazonía es uno de los ecosistemas más dinámicos y cambiantes del planeta. Sus ríos, como el Amazonas, son arterias vivas que constantemente remodelan el paisaje, crean nuevas tierras y disuelven otras. Esta plasticidad convierte la frontera entre Colombia y Perú en una línea difusa y viva, difícil de congelar en mapas antiguos.

La Vorágine muestra cómo la selva no solo descompone al cuerpo, sino también a las instituciones. La ley, la frontera, el nombre del país: todo se diluye entre los árboles, los ríos y la violencia. Esta descomposición es clave para entender por qué las fronteras amazónicas siguen siendo hoy motivo de disputa entre Perú y Colombia. ¿Cómo definir una frontera estable en una región que cambia con cada crecida del río?

La actual controversia por las islas en el Amazonas, como Santa Rosa, no es solo una disputa geopolítica: es la consecuencia de una deuda histórica de ambos Estados con la selva y sus habitantes. Rivera, al retratar esa selva como un espacio sin nación, anticipa el vacío legal y político que sigue sin resolverse un siglo después.

Desde Bogotá, la posición colombiana es clara: el Protocolo de Río de Janeiro de 1934, que puso fin al conflicto de Leticia, debe ser el marco definitivo de referencia. Este tratado delimitó las fronteras entre ambos países y desarrolló mecanismos para la resolución de disputas. Sin embargo, la situación actual parece desafiar la interpretación de dicho acuerdo.

El gobierno colombiano, encabezado por el presidente Gustavo Petro, ha elevado el tono en respuesta a las acciones del Perú. Petro calificó la reciente detención de dos ciudadanos colombianos en la isla Santa Rosa como “secuestro” y acusó a Lima de actuar fuera del derecho internacional. Colombia apela a una interpretación jurídica y multilateral del tratado, exigiendo que cualquier decisión sobre el territorio se construya de manera compartida y documentada, no de forma unilateral.

La propuesta de Petro es reactivar la comisión mixta binacional establecida en el tratado. Este mecanismo técnico y diplomático es visto por Colombia como la vía adecuada para resolver el impasse de manera justa y transparente.

Desde el lado peruano, la postura se articula de forma más silenciosa pero firme. Al promulgar una ley unilateral que reconoce como parte de su territorio ciertas islas en el Amazonas, el Estado peruano parece considerar que esas tierras forman parte de su jurisdicción de facto. Para Lima, el tiempo y la presencia constante legitiman la soberanía. La ley refleja una política de control sobre zonas habitadas, navegadas y administradas por autoridades locales peruanas desde hace décadas.

En su visión, las islas emergentes no están fuera del espíritu del tratado, y al no haber un mecanismo activo de delimitación, el control territorial ejercido gana valor en la práctica internacional. La ausencia de respuesta inmediata o explicación detallada del gobierno peruano frente a las acusaciones colombianas sugiere que considera la situación como una reafirmación de soberanía, no como una violación de acuerdos.

 En esto, La Vorágine no ofrece soluciones, pero sí una advertencia: cuando el poder olvida los márgenes del territorio, otros actores —la violencia, la avaricia, la impunidad, el narcotráfico, los negocios ilícitos— ocupan su lugar. El conflicto entre Colombia y Perú por las islas amazónicas no es una anomalía: es el eco moderno de esa misma vorágine que Rivera denunció.

Lo que está en disputa no son solo islas, sino dos maneras distintas de entender la soberanía. Por parte de Colombia, se prioriza en la legalidad del tratado de Rio de Janeiro y exige procedimientos bilaterales formales. Por parte de Perú, se asume que el control efectivo del territorio durante décadas puede sostener una posición legítima. Ambas miradas tienen argumentos válidos, pero la verdad es que el Amazonas en sí no responde a tratados ni leyes humanas.

La naturaleza cambiante del Amazonas convierte la frontera en una línea difusa, viva. Este dinamismo plantea desafíos únicos para la delimitación territorial y requiere una aproximación flexible y adaptativa.

La solución no vendrá de gestos unilaterales ni de recriminaciones públicas. La reactivación de la comisión mixta no solo es necesaria; es urgente. Se necesita un diálogo técnico, transparente y respetuoso que permita establecer criterios comunes para definir la soberanía sobre las islas emergentes.

Volver a La Vorágine en tiempos de disputa fronteriza no es un acto literario, sino político. Es reconocer que las fronteras más peligrosas no son las que dividen a los países, sino las que separan a los Estados de sus propias periferias. En la selva, como en la novela, la verdadera soberanía no se firma: se ejerce con presencia, respeto y compromiso humano.

Más allá del derecho internacional, ambos países tienen la responsabilidad de priorizar la estabilidad, la cooperación regional y el bienestar de sus comunidades fronterizas. Estas comunidades suelen quedar atrapadas entre decisiones centralizadas y silencios diplomáticos.

El conflicto fronterizo entre Colombia y Perú en torno a las islas del río Amazonas representa un desafío complejo y multifacético. La geografía dinámica de la región, combinada con las interpretaciones legales y políticas de ambos países, subraya la necesidad de un enfoque colaborativo y adaptativo.

La reactivación de la comisión mixta, junto con un diálogo técnico y transparente, es esencial para resolver el impasse y construir una relación bilateral basada en el respeto mutuo y la cooperación. Ambos países deben priorizar la estabilidad regional y el bienestar de sus comunidades fronterizas, buscando soluciones que reconozcan la naturaleza cambiante del Amazonas y transformen la frontera en un puente de convivencia territorial.

El Amazonas sigue siendo un escenario dinámico y vivo, donde la geografía y las leyes humanas deben encontrar un equilibrio para asegurar una convivencia pacífica y próspera entre Colombia y Perú.