una derrota electoral no borra cuarenta años de avance histórico
“Si hay una lección que dejó la segunda vuelta presidencial de 2026 es que el verdadero protagonista de la campaña no fue únicamente Iván Cepeda. El protagonista fue un movimiento popular que decidió asumir como propia la defensa de la democracia y de la vida”.
05 de julio de 2026
Por: Hugo René Orejuela. KontraPortada
La historia electoral de la izquierda colombiana no puede leerse únicamente desde la fría aritmética de una segunda vuelta. Reducir el resultado de 2026 a una derrota sería desconocer una trayectoria política construida en medio de la violencia, la exclusión, la estigmatización y el exterminio.
Desde los años ochenta, cuando la izquierda apenas alcanzaba cerca de 83 mil votos en una elección presidencial, hasta los más de 12 millones obtenidos por Iván Cepeda en 2026, hay una línea histórica que no puede ser borrada por el estrecho logro de Abelardo de la Espriella. Esa línea habla de resistencia democrática.
La izquierda avanzó en Colombia mientras se ejecutaban planes contrainsurgentes que confundieron deliberadamente oposición política con enemigo interno. Avanzó pese al genocidio político contra la Unión Patriótica, pese al paramilitarismo, pese al terrorismo de Estado, pese al asesinato selectivo de dirigentes sociales, sindicalistas, campesinos, estudiantes, periodistas y defensores de derechos humanos.
Por eso, 2026 no debe leerse con triunfalismo, pero tampoco con derrotismo. No fue el fin de un proyecto histórico. Fue la pérdida de una batalla en medio de una guerra mediática sucia, jurídica, económica y simbólica contra el movimiento progresista.
La derecha ganó por un margen estrecho. La izquierda, sin embargo, confirmó que ya no es una fuerza marginal. Pasó de la persecución clandestina, del señalamiento y de la masacre, a disputar el poder nacional voto a voto.
Ese hecho tiene una profundidad histórica enorme. El peligro ahora no está solamente en la Presidencia ganada por De la Espriella, sino en el clima político que empieza a configurarse: criminalización de la protesta, persecución judicial, estigmatización de la juventud organizada, amenazas contra voces críticas y presión contra periodistas y activistas.
Las amenazas de muerte denunciadas por el exmagistrado Luis Guillermo Pérez, después de llamar a una denuncia colectiva frente a presuntas irregularidades electorales, son una señal grave. También lo es la denuncia penal contra Viviana Marín Carmona, dirigente de la Juventud Comunista, presentada como supuesta incitación al terrorismo por un discurso político de alerta frente al escenario que se abre.
A ello se suma la ofensiva contra Daniel Coronell, Margarita Rosa de Francisco y la detención de Beto Coral por autoridades migratorias en Estados Unidos, después de sus denuncias contra De la Espriella. No estamos ante hechos aislados.
Estamos ante los primeros síntomas de una restauración autoritaria que busca disciplinar a la oposición antes incluso de que el nuevo gobierno tome plenamente el control del Estado.
La tarea del progresismo y de la izquierda no puede ser replegarse. Debe prepararse. Prepararse para defender la democracia, la movilización social, la libertad de expresión, los derechos humanos y la vida de quienes piensan distinto. Prepararse para enfrentar el miedo sin caer en provocaciones. Prepararse para resistir con organización, unidad, estrategia territorial, comunicación política y defensa jurídica.
Si hay una lección que dejó la segunda vuelta presidencial de 2026 es que el verdadero protagonista de la campaña no fue únicamente Iván Cepeda. El protagonista fue un movimiento popular que decidió asumir como propia la defensa de la democracia y de la vida.
La consigna "Me la juego por la vida" dejó de ser un simple lema electoral para convertirse en un espacio de encuentro de sindicatos, de jóvenes, organizaciones campesinas, pueblos indígenas, comunidades afrocolombianas, estudiantes, artistas, colectivos de mujeres, ambientalistas, víctimas del conflicto y miles de ciudadanos sin militancia partidista que comprendieron que lo que estaba en juego trascendía una elección presidencial.
Esa movilización explica, en buena medida, que el progresismo no solo conservara su base electoral, sino que lograra ampliarla hasta superar los doce millones de votos. El estrecho revés electoral no ocultó un hecho político mucho más profundo, el crecimiento de un bloque democrático y popular con capacidad de organización, movilización y resistencia.
Sin embargo, ese crecimiento también nos impone una enorme responsabilidad. No basta con haber convocado a millones de personas alrededor de una campaña. Ahora debemos demostrar que somos capaces en medio de la adversidad de orientar políticamente esa inmensa fuerza social, fortalecer su organización, protegerla de la persecución y convertirla en una oposición democrática, inteligente y profundamente unitaria.
Los años que vienen no serán fáciles. Todo indica que el nuevo gobierno intentará gobernar mediante el miedo, la estigmatización y la confrontación permanente con quienes piensan diferente.
Precisamente por ello, el movimiento popular no puede dispersarse una vez terminada la campaña. Debe consolidarse como un actor permanente de la vida política nacional.
Nuestra mayor tarea ya no consiste únicamente en ganar las próximas elecciones. Consiste en construir un movimiento social, político y cultural suficientemente fuerte para defender la democracia, los derechos humanos y las conquistas sociales frente a cualquier intento de regresión autoritaria.
El avance del movimiento popular y de la izquierda colombiana nunca ha sido fácil. Nunca ha sido concedido por las élites. Ha sido conquistado contra la violencia, contra el silencio impuesto y contra la maquinaria del miedo.
Por eso, el resultado de 2026 no clausura el ciclo progresista. Lo obliga a madurar. Lo desafía a pasar de la emoción electoral a la organización permanente. Lo convoca a construir una oposición firme, democrática, popular y profundamente ética.
Si algo demuestra la historia de la izquierda colombiana es que nunca avanzó porque las circunstancias fueran favorables. Avanzó porque, incluso en los momentos más difíciles, hubo un pueblo dispuesto a organizarse, resistir y seguir creyendo que otro país es posible. Que somos una fuerza histórica que seguirá caminando en medio de la adversidad.