18 de enero de 2025.
Por Saín Jeí, politólogo.
El 13 de enero de 2026 se cumplieron nueve años del suicidio del pensador y crítico cultural británico Mark Fisher. Como ocurre con frecuencia, su obra ha alcanzado en estos años una visibilidad y un reconocimiento que no tuvo plenamente en vida. Incluso, las últimas clases que dictó en la Universidad de Goldsmith de Londres, interrumpidas por su muerte, quedaron registradas de forma póstuma en el libro ‘El deseo poscapitalista’.
En esta ocasión quisiera volver sobre su obra, no con la pretensión de reproducir su mirada, sino como un ejercicio de lectura situada, a partir del cual sea posible reflexionar sobre algunas producciones culturales del año recientemente concluido, el 2025, y sobre los elementos que estas ofrecen para pensar nuestro presente y un horizonte político inmediato, marcado por la reaparición del miedo y por nuevas formas de ofensiva imperialista.
El bloqueo político del presente fue uno de los temas que más inquietó al Mark Fisher. Frente a ello, recuperó la noción de ‘hauntología’, acuñada por el filósofo francés Jacques Derrida. En Fisher, la hauntología refiere a cómo el neoliberalismo y el capitalismo tardío, en la búsqueda de materializar la proclama del ‘fin de la historia’ de Fukuyama o el ‘no hay alternativa’ de Margaret Thatcher, nos bloquea en un presente perpetuo, en el que perdemos la capacidad de imaginar nuevos mundos y futuros posibles. En contraposición, quedamos ‘encantados’ con los fantasmas de los futuros prometidos que nunca fueron, los cuales reciclamos una y otra vez.
Para Fisher, la hauntología se constituye como un síntoma del bloqueo político del presente, el cual se expresa en la estética, la música, la cultura pop e incluso en las manifestaciones simbólicas de lo político y la política. La incapacidad de superar dicho bloqueo nos conduce a que, en lugar de poder ‘crear’ lo nuevo, reciclemos lo viejo, no como quien recuerda con nostalgia, sino como quien no puede pensar en coordenadas diferentes a las de lo que ya fue.
De allí que, por ejemplo, dos de las series de streaming más vistas a finales del año 2025, Stranger Things de Netflix y Welcome to Derry de HBO, no ocurran en los tiempos pospandémicos en los que vivimos, donde los signos de agotamiento del neoliberalismo están por doquier, sino en épocas del ‘esplendor’ capitalista. Stranger Things se sitúa en la década de los 80, expresando la estética nostálgica de un mundo occidental que derrotaba la gris estética soviética; inclusive, una de sus temporadas se desarrolla en territorios rusos. Por su parte, Welcome to Derry, que hace parte del universo literario y cinematográfico de It, de Stephen King, y que también tiene su eje narrativo en la década de los 80, se desarrolla en la ‘edad dorada’ del capitalismo y del sueño norteamericano de la posguerra, en la década de los 60, la misma época a la que Donald Trump refiere como sustento de su proyecto político: ‘Make America Great Again’ -MAGA-.
Ahora bien, más que Stranger Things, que considero lleva al absurdo la ausencia de futuros, quisiera traer a la reflexión elementos de la serie Welcome to Derry, dado que su hauntología permite aproximarse a distintos elementos simbólicos y políticos que se han expresado en el inicio del año 2026, en particular, el regreso del miedo y la ofensiva imperialista.
Welcome to Derry está basada en los ‘interludios’ de la obra It, de Stephen King, y fue dirigida por el dúo de los hermanos argentinos Andy y Bárbara Muschietti, quienes también dirigieron las películas de It de los años 2017 y 2019. La primera temporada de esta serie, lanzada en octubre de 2025, en términos generales, narra la historia de un grupo de niños del pueblo ficticio de Derry, en el estado de Maine, Estados Unidos, 27 años antes de los hechos ocurridos en la primera película de It. En esta temporada, la cual desde la introducción recrea la animación y la música de la década de los 60, casi como una sátira del sueño americano, se relatan los orígenes de ‘Eso’, la ‘sustancia’ maligna que atormenta el territorio del pueblo de Derry desde antes de la llegada de los nativos americanos, y que se reprodujo durante y tras la colonización británica en ciclos de 27 años.
Para efectos de este texto, quisiera detenerme en dos elementos presentados por esta primera temporada de Welcome to Derry. Por un lado, la ‘sustancia maligna’ denominada como ‘Eso’, la que se presenta como el payaso bailarín Pennywise, se alimenta del miedo. Por otro lado, una de las tramas principales de la temporada radica en que, en el contexto de la Guerra Fría y la crisis de los misiles, la Fuerza Aérea estadounidense buscaba apropiarse de dicha sustancia maligna para ser utilizada como arma de guerra. En últimas, el miedo aparece como un instrumento bélico, equiparable, incluso, a las armas nucleares.
En los primeros capítulos salta a la vista la pregunta de por qué los militares estadounidenses quieren apoderarse de la sustancia maligna de ‘Eso’. Esta se responde al final de la temporada, cuando, a pesar de que el comandante responsable de la operación tuvo que enfrentarse a ‘Eso’ en su infancia, reconoce en dicha sustancia la posibilidad de que el miedo evite la “fragmentación de la nación”. En un diálogo que parece extraído de un discurso de Donald Trump, el comandante señala que, frente a la “fragmentación” del pueblo estadounidense, expresada en el auge del feminismo y de los movimientos por los derechos civiles de la población afrodescendiente, el miedo garantiza el “orden”.
De este modo, en el pueblo de Derry (¿solo allí?), el miedo se configura como una tecnología que organiza la sociedad, con el costo de vidas y desapariciones forzadas, reproduciendo una jerarquía racista y patriarcal, con comunidades afrodescendientes excluidas y mujeres subordinadas. Incluso, el corazón de la temporada es la masacre de Black Spot, en la que un grupo de supremacistas blancos cierra y quema un bar improvisado para la recreación de comunidades y soldados afroamericanos, expresando así que, aunque ‘Eso’ se alimenta del miedo, este es producido originalmente por expresiones de la dominación, como el racismo.
De allí que podamos llegar a la conclusión de que, de forma semejante a como Comala, de Juan Rulfo, y Macondo, de García Márquez, se configuraron como arquetipos de los pueblos latinoamericanos y del sur global, Derry se constituye como un arquetipo del pueblo y del sistema estadounidense: un orden basado en el miedo, donde el racismo y el patriarcado se manifiestan en masacres y desapariciones forzadas, todo ello disfrazado bajo un colorido capitalismo “de bienestar”.
De forma tal que Welcome to Derry, quizás de manera consciente por parte de los hermanos Muschietti, nos plantea la idea de que una y otra vez, en ciclos de 27 años en la serie y en ciclos más cortos en la vida real, desde los Estados Unidos emerge un ejercicio indiscriminado de la violencia, en el que el miedo ordena la sociedad y que el gobierno norteamericano busca expandir más allá de los confines de sus fronteras, es decir, el imperialismo.
El año 2026 comenzó con un ataque militar estadounidense a Venezuela y el secuestro del presidente Nicolás Maduro y de su compañera Cilia Flores. Posteriormente, pasadas dos semanas de los hechos, Donald Trump no ha desaprovechado un solo día ni una sola intervención para hacer eco de los misiles. Más allá de la ofensiva propiamente militar contra Nuestra América, Trump ha hecho uso del miedo como mecanismo para subordinar a los gobiernos y a los pueblos de Nuestra América. Es decir, la reiteradamente nombrada “disuasión” no es sino miedo hecho geopolítica.
De esta forma, el miedo emerge como germen y fundamento del eslogan MAGA, recuperando hauntológicamente la narrativa de unos Estados Unidos blancos, patriarcales e imperialistas. El miedo, tanto hacia adentro, con sus propios habitantes y ciudadanos, señalando incluso a los nativos americanos como migrantes ilegales, como hacia la región, con misiles y “disuasión”, se extiende más allá de las fronteras de nuestras patrias. Más allá de la constante amenaza de nuevas intervenciones militares, que siguen siendo probables, el imperialismo, posado sobre nuestro continente desde hace décadas, busca arrebatarnos los futuros que imaginamos y que votamos. En su política y su diplomacia, si es que puede llamarse así, Donald Trump se regocija con la posibilidad de dejarnos nuestros líderes, Petro o Delcy, pero recordándonos que su verdadero objetivo es dejarnos sin nuestros futuros, sin nuestros horizontes. El miedo subordina, el miedo absorbe y nos deja atrapados en un presente perpetuo, nos deja “gobernarnos”, pero solo bajo su subordinación.
El MAGA resulta profundamente hauntológico, al igual que los ciclos de Pennywise, constituyendo una política sin futuro, orientada únicamente a la reproducción perpetua del destino manifiesto estadounidense. Ese es el fundamento de su proyecto político, y debemos ser conscientes de ello para evitar que, en la subordinación a la que el miedo nos arrincona, terminemos reproduciendo nuestros futuros prometidos. Ni el chavismo ni nuestros proyectos políticos en Colombia pueden quedar reducidos a una reproducción simbólica de una falsa soberanía, en la que los horizontes queden restringidos al presente perpetuo al que el MAGA busca conducirnos. Por lo que, la tarea política no es negar el miedo, sino impedir que sea administrado por quienes lo producen, para que los ciclos de Pennywise no sigan marcando el ritmo de nuestras historias, ni en Estados Unidos ni en Nuestra América.