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Fuente: KontraPortada, elaboración con herramienta IA.

25 de enero de 2025. 

Por Saín Jeí, politólogo.

El Kurdistán, pese a ser el territorio histórico del pueblo milenario kurdo, ha estado marcado por el desdén sistemático de las potencias regionales y globales. Tras el reparto colonial y poscolonial del medio oriente, el pueblo kurdo quedó fragmentado y subordinado dentro de las fronteras de cuatro Estados distintos: Turquía, Siria, Irak e Irán. En cada uno de estos casos, fue sometido a la dominación de élites pertenecientes a otros pueblos étnicos que controlaban el aparato estatal: árabes en Siria e Irak, persas en Irán y turcos en Turquía. Esta subordinación se produjo, además, en un entramado étnico complejo, compartido con otros pueblos con los que los kurdos establecieron relaciones cambiantes de cooperación y conflicto dentro de estos Estados, como los drusos, alevíes o zazakíes, entre otros.

Ilustración 1 Mapa Kurdistán, tomado del portal 'Marcando el polo'

Si bien, tras diversos ciclos de resistencia y movilización, el pueblo kurdo ha logrado ciertas concesiones y formas limitadas de autogobierno reconocidos por los gobiernos centrales, especialmente en Irak e Irán, la situación reciente en Siria y Turquía ha derivado en dinámicas de represión que rozan una pretensión genocida. En Siria, en la segunda parte del siglo XX, el pueblo kurdo enfrentó a los gobiernos baazistas[1] que, pese a su retórica antiimperialista frente a Occidente, priorizaron un nacionalismo árabe excluyente respecto de la cuestión kurda.  Posteriormente, el pueblo kurdo se vio confrontado por las ofensivas yihadistas[2], desde Al-Qaeda hasta Hayat Tahrir al-Sham (HTS), organización que hoy controla el Estado sirio. Aunque, de facto, mediante procesos de resistencia, el pueblo kurdo y sus organizaciones en Siria constituyeron el territorio de Rojava como una forma de organización cuasiestatal al interior de las fronteras de este Estado.

En Turquía, por su parte, los kurdos fueron excluidos desde el inicio del proyecto nacional fundado por Mustafa Kemal Atatürk a comienzos del siglo XX, exclusión que delimitó de manera duradera las fronteras ideológicas del Estado turco. En los últimos años, bajo el gobierno conservador e islamista de Recep Tayyip Erdoğan, esta exclusión se ha transformado en una ofensiva integral que abarca los planos político, militar, cultural y territorial, incluyendo el financiamiento y apoyo a milicias yihadistas, entre ellas el propio HTS. Siendo Erdoğan, quizás el principal promotor actual de la pretensión genocida al pueblo kurdo.

En este marco, resulta imprescindible recordar que, tanto en Turquía como en Siria el Partido de los Trabajadores del Kurdistán (PKK), por su nombre en kurdo, Partiya Karkerên Kurdistanê) ha desempeñado un papel central en la resistencia y movilización del pueblo kurdo. Su principal referente, Abdullah Öcalan, permanece capturado por el Estado turco desde 1999, y su propuesta política del confederalismo democrático constituye el eje estratégico del movimiento. A partir del PKK se gestaron múltiples procesos de organización y resistencia popular, que van desde estructuras comunitarias de gestión de la vida social hasta proyectos de autodefensa armada, como las Unidades de Protección Popular (YPG), por su nombre en kurdo, Yekîneyên Parastina Gel) todas ellas con márgenes relativos de autonomía respecto del PKK, precisamente como expresión práctica del confederal ismo democrático.

Durante las últimas dos décadas, el PKK y las organizaciones vinculadas a su órbita política y militar encabezaron la resistencia kurda frente a las ofensivas yihadistas. En particular, el PKK y las YPG, con una composición mayoritaria de mujeres, desempeñaron un papel decisivo en la contención de la expansión territorial del Estado Islámico y en su posterior derrota estratégica.

Ilustración 2 Reunión PKK, tomado del portal 'Legerin'

Sobre este trasfondo, conviene subrayar tres elementos más inmediatos. Primero, que desde casi su fundación el PKK ha promovido la búsqueda de salidas políticas y procesos de diálogo orientados a una eventual paz con el Estado turco, acercamientos que en el último año escalaron hasta el anuncio de su disolución. Segundo, que, a comienzos de 2025, en una ofensiva relámpago de pocos días, HTS, organización que había ganado autonomía respecto de otros movimientos yihadistas como Al-Qaeda y el Estado Islámico, tomó las principales rutas y ejes estratégicos de Siria, ocupó Damasco y derrocó al gobierno baazista de Bashar al-Assad. Tercero, que, en el marco del objetivo estratégico de derrocar al gobierno baazista sirio, hasta entonces principal aliado regional de Rusia, Estados Unidos instrumentalizó la reivindicación kurda mediante alianzas tácticas de carácter coyuntural.

Con la caída del gobierno de al-Assad, HTS pasó a controlar el Estado sirio bajo el liderazgo de su antiguo jefe yihadista Abu Mohammad al-Golani[3]. Este nuevo gobierno adoptó inicialmente una posición ambigua frente al pueblo kurdo y a las formas de autogobierno existentes en Rojava, territorio en el que el PKK construyó una retaguardia estratégica.

Sin embargo, mientras el gobierno de HTS sostenía diálogos orientados a una supuesta tregua con las fuerzas que habían defendido Rojava, preparaba simultáneamente una ofensiva militar para el control del territorio kurdo. Esta se inició tras un discurso en el que al-Golani celebraba una ‘tregua’ que hasta ahora no ha sido reconocida por las fuerzas de Rojava, y anunciaba una eventual absorción del territorio y de las instituciones kurdas al llamado nuevo Estado sirio.

El panorama geopolítico indica que las potencias regionales y globales, desde Estados Unidos hasta Rusia, pasando por Europa, harán caso omiso a esta ofensiva y a la pretensión genocida contra el pueblo kurdo. Aunque este ha contado apenas con el apoyo moral de movilizaciones en algunas ciudades europeas y con el traslado de jóvenes kurdos, principalmente desde Irak e Irán, para su incorporación a las fuerzas de resistencia de Rojava.

En lo inmediato, el pueblo kurdo de Rojava enfrenta una amenaza incluso mayor que la que supuso el Estado Islámico en la década pasada. Estados Unidos, que proclamaba de forma instrumental su apoyo a Rojava en función del derrocamiento de al-Assad, hoy omite la agresión de la que el pueblo kurdo es víctima. Resta por conocer el grado de disolución al que habría llegado el PKK producto de sus diálogos con Erdoğan y cómo ello podría incidir en las YPG y en las fuerzas de resistencia kurdas. Las experiencias de América Latina, y de Colombia en particular, muestran que cuando estructuras militares insurgentes adquieren independencia respecto de sus referentes políticos, pueden desencadenarse dinámicas violentas que, aun enmarcadas en resistencias legítimas, terminan agravando las afectaciones sobre pueblos ya golpeados, garantizando más la reproducción del conflicto que su solución.

Aunque, a diferencia de las insurgencias latinoamericanas, las YPG y las fuerzas de resistencia kurdas parecen haber desarrollado dinámicas propias de construcción política más allá del PKK, es probable que enfrenten limitaciones significativas para sostener la resistencia en este nuevo escenario.

Se perfilan, al menos, tres objetivos del gobierno de al-Golani que podrían converger estratégicamente con los intereses de potencias regionales como Turquía y globales como Estados Unidos, condicionando la coyuntura. En primer lugar, la recuperación de territorios donde tuvo presencia el Estado Islámico, lo que se evidenció con el cerco a Kobane, que partió Rojava en dos y permitió la liberación de más de cinco mil milicianos yihadistas recluidos en cárceles kurdas. En segundo lugar, esta recomposición estratégica con la liberación de los milicianos yihadistas podría derivar en una rearticulación militar, integrada por combatientes de diversas nacionalidades y etnias, como uzbecos y uigures, potencialmente utilizables en frentes de conflicto regional, como Irán. En tercer lugar, en el mediano y largo plazo, las potencias regionales y globales podrían estar interesadas en la absorción de Rojava al Estado sirio y en la administración de éste de sus recursos e infraestructura estratégica, en particular el petróleo (¿otro Venezuela en menos de un mes?).

Habrá que observar qué impactos tiene esta ofensiva sobre Rojava en los diálogos adelantados entre el PKK, con Öcalan a la cabeza, y el Estado turco. En una primera lectura, Öcalan sugirió que la ofensiva busca (¿auto?) sabotear estos intentos de paz, hipótesis que se podría constatar dependiendo los niveles de intervención de Turquía en la operación yihadista.

Desde Colombia, resulta necesario observar y discutir al menos dos elementos. Por un lado, mientras se desarrollaba la ofensiva contra Rojava con el beneplácito y la promoción del Estado turco, mediado por Qatar, el Ministerio de Defensa Nacional colombiano firmó un memorando de entendimiento con la industria de defensa turca. Más allá de la cooperación militar orientada a buscar autonomía frente a Estados Unidos, el gobierno colombiano debería priorizar la promoción de la paz en Medio Oriente, como lo ha hecho en el caso de Palestina. Cooperar con Turquía mientras se inicia una pretensión de genocidio contra el pueblo kurdo sería equivalente a cooperar con Israel en medio del genocidio palestino. Por otro lado, aunque las razones no sean las más deseables, Colombia cuenta con una amplia experiencia en intentos de transición hacia la paz y en el enfrentamiento de retos como los territorios copados por actores armados que rechazan dichas transiciones (con relación a los espacios dejados por el PKK).

Ilustración 3 Promoción memorando de entendimiento Colombia-Turquía, tomado de la cuenta oficial en 'X' del Ministerio de Defensa Nacional

Las reconfiguraciones geopolíticas de este nuevo año nos recuerdan que los conflictos abiertos del imperialismo rara vez comienzan con guerras declaradas. Antes de ello, se despliega una constelación de ofensivas proxy[4], silencios diplomáticos y disputas territoriales fragmentadas, donde el imperialismo se reparte silenciosamente los recursos y los territorios. En ese escenario, el Kurdistán, como Palestina o Venezuela, no enfrenta únicamente una crisis coyuntural, sino una amenaza vital. Lo que está en juego no es solo el control de un territorio, sino la posibilidad misma de sostener un proyecto político autónomo en un orden internacional cada vez más dispuesto extinguir cualquier posibilidad de emancipación.

[1] El Partido Baaz (Ba‘ath) es un proyecto político de unificación de los Estados y territorios árabes, inscrito en la tradición del panarabismo. Su nombre se traduce como “resurrección” o “renacimiento”, en oposición al reparto imperial del mundo árabe. En Siria, el Partido Baaz ejerció el poder de manera ininterrumpida desde 1963 hasta el 2025.

[2] El yihadismo es una corriente político-religiosa del islam suní que interpreta la yihad (el esfuerzo) de forma armada y agresiva, con el objetivo de imponer un orden político religioso islámico mediante la violencia.

[3] Al-Golani (nombre de “guerra”) fue miembro de al-Qaeda y posteriormente líder de HTS tras su escisión. Sin embargo, pese a su anterior caracterización por parte de Occidente como uno de los “terroristas” más peligrosos, hoy es reconocido como el gobernante “soberano” del Estado sirio, incluso mediante el uso de su nombre civil, al-Sharaa, en un intento por separar ambas trayectorias.

[4] La guerra proxy (subsidiaria o delegada) refiere al uso, por parte de potencias políticas y económicas, de actores armados y/o Estados terceros para incidir en la materialización de sus intereses estratégicos, sin necesidad de involucrarse en una confrontación directa.