uno de los imprescindibles
Homenaje de la Revista KontraPortada
Hay unos versos popularmente atribuidos a Bertolt Brecht que distinguen entre quienes luchan un día, quienes luchan durante años y aquellos que luchan toda la vida. A estos últimos los llama “los imprescindibles”.
Al conocer la muerte del padre Javier Giraldo Moreno, resulta difícil encontrar una imagen que describa mejor su paso por Colombia. Javier Giraldo fue uno de esos imprescindibles.
No porque haya sido infalible ni porque un homenaje deba convertirlo en estatua. Lo fue porque durante décadas decidió permanecer al lado de quienes casi siempre estaban lejos de los centros del poder: las víctimas, los campesinos, los familiares de desaparecidos, las comunidades perseguidas y quienes reclamaban justicia cuando hacerlo en Colombia podía significar amenazas, estigmatización y muerte.
Sacerdote jesuita, investigador y defensor de derechos humanos, Giraldo convirtió la documentación en una forma de resistencia contra el olvido. Su trabajo en el CINEP, particularmente alrededor del Banco de Datos de Derechos Humanos y Violencia Política, permitió preservar testimonios y registros de una violencia que demasiadas veces se quiso reducir a estadísticas o simplemente negar.
También participó en la creación de la Comisión Intereclesial de Justicia y Paz y acompañó durante décadas a comunidades golpeadas por el conflicto. Hay una parte de su historia que merece ser recordada especialmente. En 1982, frente a la desaparición de trece jóvenes en Bogotá, Giraldo buscó a sus familias una por una y contribuyó a reunirlas para que dejaran de enfrentar individualmente al Estado.
De aquellas luchas y de las “marchas de los claveles blancos” surgiría la Asociación de Familiares de Detenidos Desaparecidos, ASFADDES. Después vendrían décadas de documentación sobre desapariciones, masacres, paramilitarismo y crímenes cometidos en medio del conflicto colombiano. Su voz incomodó porque se negó a aceptar que la razón de Estado pudiera justificar la impunidad.
San José de Apartadó
Quizás pocos lugares expliquen mejor quién fue Javier Giraldo que la Comunidad de Paz de San José de Apartadó. Desde 1997 acompañó a esta comunidad campesina de Urabá, perseguida y golpeada por diferentes actores armados. Documentó los crímenes cometidos contra sus integrantes y mantuvo ese acompañamiento incluso después de la masacre de 2005, en la que fueron asesinados el dirigente comunitario Luis Eduardo Guerra y miembros de su familia.
Giraldo entendió algo elemental que Colombia tardó demasiado tiempo en aceptar: sin memoria no existe una paz verdadera. La memoria para él no era simplemente recordar a los muertos. Era establecer quiénes eran, qué les ocurrió, quién tenía responsabilidad, qué instituciones actuaron o dejaron de actuar y por qué tantos crímenes permanecieron impunes. Por eso documentar también era combatir.
Camilo Torres y una deuda de sesenta años.
La vida quiso concederle, pocos meses antes de morir, un episodio cargado de simbolismo. Javier Giraldo mantuvo durante décadas viva la exigencia de encontrar los restos del sacerdote Camilo Torres Restrepo, muerto en combate en 1966 y cuyo cuerpo permaneció oculto durante sesenta años. Giraldo había encontrado en Camilo una referencia que influyó en su propio compromiso cristiano con los pobres y con la transformación social.
En febrero de 2026, la recuperación y entrega de los restos de Camilo cerró para Giraldo una búsqueda que había acompañado durante buena parte de su vida.
Los dos sacerdotes escogieron caminos distintos. Camilo terminó incorporándose a la lucha armada; Javier Giraldo permaneció en el terreno de la defensa civil de los derechos humanos.
Pero los unía una pregunta profundamente cristiana y profundamente política: ¿de qué lado debe colocarse la Iglesia cuando una sociedad produce pobreza, persecución, violencia e injusticia? Giraldo respondió esa pregunta con su propia vida.
Una voz que incomodó al poder
Sería injusto convertir este homenaje en una biografía amable que elimine precisamente aquello que hizo incómodo a Javier Giraldo. Fue un crítico radical de la impunidad y denunció responsabilidades estatales y paramilitares en graves violaciones de derechos humanos.
Esa posición le produjo amenazas. En 2010, por ejemplo, el Banco de Datos del CINEP registró amenazas contra él mediante grafitis que lo señalaban como “cura marxista” y asociaban su nombre con la muerte. Su enfrentamiento con la impunidad llegó incluso a una ruptura ética con determinadas instituciones judiciales.
Consideraba que un sistema incapaz de garantizar verdad y justicia podía terminar convirtiéndose en parte del mecanismo que protegía a los victimarios. La Comisión Intereclesial de Justicia y Paz, al despedirlo esta semana, recordó precisamente su postura frente a lo que calificaba como un modelo de justicia que perpetuaba la impunidad.
Esa radicalidad puede discutirse. Lo que resulta difícil discutir es su coherencia.Javier Giraldo no construyó su prestigio desde los salones del poder. Lo construyó escuchando testimonios, escribiendo nombres, reconstruyendo hechos y acompañando comunidades durante décadas.
Los imprescindibles también mueren
El padre Javier Giraldo murió el 25 de agosto en Bogotá. Tenía 82 años. Había dedicado más de medio siglo al sacerdocio y a la defensa de los derechos humanos. La Jurisdicción Especial para la Paz destacó después de su muerte precisamente la rigurosidad con la que documentó masacres, paramilitarismo y otras violencias del conflicto colombiano.
Pero hay vidas que obligan a pensar qué significa realmente morir. Muere una persona. Quedan sus archivos. Quedan las organizaciones que ayudó a construir. Quedan las comunidades que acompañó. Quedan los nombres de víctimas que alguien intentó borrar y que él contribuyó a preservar.
Queda una manera de entender los derechos humanos que no los separaba de la justicia social. Por eso aquellos versos sobre “los imprescindibles” adquieren hoy otra dimensión.Javier Giraldo luchó durante toda su vida.
Y quizás el mejor homenaje que pueda rendirle KontraPortada sea evitar que su muerte convierta su pensamiento en una pieza de museo. Su legado seguirá siendo incómodo mientras Colombia tenga desaparecidos que encontrar, víctimas esperando verdad, crímenes sin esclarecer y comunidades que todavía tengan que enfrentarse al poder para que su palabra sea escuchada.
Hasta siempre, padre Javier Giraldo.
Uno de nuestros imprescindibles.