amenazas, memoria histórica y el miedo al relevo progresista en Colombia.

Detrás de este escenario se mueve una preocupación concreta de la derecha tradicional y de sectores ultraconservadores: la posibilidad de que el progresismo no sea un accidente pasajero, sino una corriente con capacidad de continuidad.

19 de abril de 2026

Hugo René Orejuela. KontraPortada.

Las denuncias sobre amenazas de muerte contra el senador Iván Cepeda no son un hecho menor, ni un episodio aislado dentro de la áspera polarización colombiana. Son una señal grave de que en Colombia siguen activos los reflejos más oscuros de una cultura política donde la intimidación y la eliminación del adversario han sido utilizadas como herramientas para frenar cambios democráticos.

Que el nombre amenazado sea el de Iván Cepeda tiene una carga histórica imposible de ignorar. No se trata solo de un dirigente del Pacto Histórico o de una figura cercana al proyecto progresista del actual gobierno. Se trata del hijo de Manuel Cepeda Vargas, el último senador de la Unión Patriótica, asesinado en 1994 en un crimen de Estado que luego fue reconocido tras decisiones judiciales nacionales e internacionales. La historia, en Colombia, parece insistir en repetirse con otros rostros.

Iván Cepeda representa varias cosas al mismo tiempo. Es senador, defensor de derechos humanos, voz crítica frente al paramilitarismo y figura con peso moral dentro del progresismo colombiano. Pero también encarna la memoria de las víctimas y la persistencia de quienes no se resignaron al silencio después del exterminio político de la Unión Patriótica.

Por eso las amenazas en su contra tienen un alcance mayor. No buscan solo intimidar a una persona. Buscan enviar un mensaje a todo un sector político: recordar que todavía existen poderes capaces de sembrar miedo cuando sienten amenazados sus intereses.

No es casual que estas alertas aparezcan en vísperas del ciclo electoral de 2026. En Colombia, demasiadas veces las campañas presidenciales han estado acompañadas por violencia, rumores, operaciones sucias y atentados.

Detrás de este escenario se mueve una preocupación concreta de la derecha tradicional y de sectores ultraconservadores: la posibilidad de que el progresismo no sea un accidente pasajero, sino una corriente con capacidad de continuidad.

Gustavo Petro sigue siendo una figura central en el panorama nacional, pero el verdadero temor de sus adversarios no es únicamente Petro. Es que surjan nuevos liderazgos capaces de recoger su base social y proyectarla hacia otro periodo presidencial. En esa ecuación, Iván Cepeda aparece como una figura de enorme relevancia por trayectoria, legitimidad ética y reconocimiento nacional.

En otras palabras: atacar a Cepeda también significa bloquear posibles relevos.

Las élites tradicionales entienden que la disputa de 2026 no será solo contra Petro, sino contra la posibilidad de una nueva generación política progresista que consolide cambios institucionales, sociales y culturales.

 

El caso de México alimenta esos temores. Andrés Manuel López Obrador cerró su mandato con fuerte respaldo popular y logró transferir capital político hacia Claudia Sheinbaum. Para sectores conservadores colombianos, ese escenario resulta inquietante: un liderazgo progresista que no termina con un gobierno, sino que inaugura una etapa más larga.

Por eso la campaña no es solo contra Petro. Es también contra quienes podrían heredar parte de ese proyecto. Y allí Iván Cepeda aparece como blanco natural de operaciones de desgaste, estigmatización y amenazas.

Colombia tiene una larga tradición de exclusión violenta. Cuando sectores alternativos crecieron electoralmente, aparecieron la persecución o el exterminio. Ocurrió con la Unión Patriótica. Ocurrió en los años finales de los 80 y comienzos de los 90, cuando fueron asesinados candidatos presidenciales como Jaime Pardo Leal, Bernardo Jaramillo Ossa, Carlos Pizarro y Luis Carlos Galán, en medio de una democracia asediada por mafias, aparatos armados y complicidades estatales.

La lección histórica es brutal: cuando ciertos poderes sienten amenazado su dominio, algunos prefieren desestabilizar la democracia antes que aceptar la competencia limpia.

A esto se suma un comportamiento preocupante de parte del ecosistema mediático. Cuando las amenazas recaen sobre dirigentes de derecha, la reacción suele ser inmediata y contundente: se habla de atentado a la democracia, crisis institucional, barbarie política.

Pero cuando el amenazado es un líder de izquierda, con frecuencia surge el relativismo: se duda, se minimiza, se ironiza o se presenta como una maniobra victimista.

Ese doble rasero no es inocente. Naturaliza la violencia selectiva y normaliza que ciertos sectores deban vivir bajo amenaza permanente. La prensa tiene el deber de investigar toda denuncia, pero no el derecho de banalizar la vida del adversario ideológico.

Las amenazas contra Iván Cepeda deben leerse dentro de una estrategia más amplia: desgaste moral del progresismo, fragmentación interna, miedo social y demonización de sus figuras más visibles.

El objetivo es claro: Debilitar posibles candidaturas competitivas. Instalar la idea de caos bajo cualquier continuidad progresista.  Mover la campaña del terreno programático al terreno emocional del miedo. Cuando no se tienen mejores propuestas, se recurre al barro.

Lo que hoy ocurre con Iván Cepeda supera a Iván Cepeda. Colombia debe decidir si seguirá tolerando que las contiendas electorales estén rodeadas por amenazas y operaciones oscuras, o si por fin garantizará una democracia donde nadie tenga que jugarse la vida por hacer política.

Atacar a Cepeda significa intentar intimidar a una corriente entera. Pero también revela debilidad: quien amenaza demuestra que teme competir en igualdad de condiciones.

Iván Cepeda carga una memoria familiar atravesada por el crimen político. Que hoy vuelva a ser objetivo de amenazas debería estremecer a toda la nación, más allá de simpatías ideológicas. Porque cuando un país permite que sus opositores vivan bajo asedio, la víctima final no es un partido ni un candidato: es la democracia misma.