hiperproducción y pobreza. El capitalismo frente a su propio límite.

Automatización, desempleo, desigualdad y el riesgo de una nueva revolución social. 

20 de septiembre de 2026.

Por Hugo René Orejuela. KontraPortada

La inteligencia artificial puede llevarnos hacia una contradicción económica difícil de sostener; empresas capaces de producir cada vez más con cada vez menos trabajadores y, al mismo tiempo, millones de personas con menos ingresos para comprar todo aquello que esas empresas producen.

Imaginemos por un momento una economía futura altamente automatizada. Grandes fábricas funcionando durante las veinticuatro horas mediante robots. La inteligencia artificial administrando inventarios, diseñando productos, controlando la producción, organizando la distribución, atendiendo clientes, realizando tareas contables, analizando mercados y participando incluso en las decisiones empresariales.

Las empresas producen más que nunca. Pero necesitan menos trabajadores. El problema aparece inmediatamente, esos trabajadores no eran solamente empleados. Eran también consumidores. Una persona que pierde su salario reduce sus compras. Una familia con menos ingresos compra menos alimentos, aplaza la compra del automóvil, deja de viajar, reduce el ocio, cambia su vivienda y elimina todo aquello que considera prescindible.

Multipliquemos esa situación por millones de personas. Entonces tenemos una economía capaz de producir muchísimo, pero una sociedad que no tiene suficiente dinero para consumir todo lo producido. Esa es la contradicción que debemos analizar.

No estoy afirmando que inevitablemente llegaremos a ese escenario. Tampoco que la inteligencia artificial vaya a eliminar todos los empleos. Lo que planteo es que, si la automatización avanza mucho más rápidamente que la creación de nuevos trabajos y si las ganancias de productividad quedan concentradas fundamentalmente entre los propietarios del capital, tendremos un problema económico y político de enormes dimensiones.

Karl Marx vio una parte de esta contradicción hace más de siglo y medio. Observó que las máquinas permitían aumentar extraordinariamente la productividad y que el conocimiento acumulado por la sociedad podía incorporarse al sistema productivo. Pero también comprendió que el problema fundamental no era la máquina en sí misma. Era quién poseía la máquina y quién se apropiaba de la riqueza que producía.

La inteligencia artificial lleva esa pregunta mucho más lejos. ¿Qué ocurrirá si en unas décadas una empresa que actualmente necesita cien mil trabajadores puede producir lo mismo, o incluso mucho más, utilizando veinte mil? Los propietarios de esa empresa podrían hacerse extraordinariamente ricos. Pero ¿qué ocurre con los otros ochenta mil?

Y, sobre todo, ¿qué ocurre si ese fenómeno se repite simultáneamente en miles de empresas?Llegamos entonces a una paradoja aparentemente absurda, hiperproducción por arriba y empobrecimiento por abajo. Las máquinas producen. Los almacenes se llenan. La productividad aumenta. Las acciones de las grandes corporaciones multiplican su valor. Los propietarios del capital acumulan fortunas cada vez mayores. Pero una parte creciente de la población pierde capacidad de consumo.

Llegado ese punto, el problema deja de ser tecnológico. Se convierte en político. Porque una sociedad puede soportar desigualdad durante mucho tiempo. Lo que resulta mucho más difícil de sostener es una sociedad en la que millones de personas lleguen a la conclusión de que, independientemente de cuánto estudien o cuánto estén dispuestas a trabajar, ya no existe un lugar económico para ellas.

Allí aparece una pregunta que no debemos evitar, ¿qué ocurre cuando millones de personas sienten que ya no tienen futuro? La historia ofrece advertencias. La Revolución francesa no apareció simplemente porque un grupo de personas descubriera nuevas ideas políticas. Existían una profunda crisis fiscal, enormes desigualdades sociales, privilegios, dificultades económicas y una grave crisis de subsistencia.

La Revolución rusa tampoco puede explicarse únicamente mediante las ideas de Lenin o los bolcheviques: la guerra, el hambre, el deterioro económico, la cuestión de la tierra y el agotamiento político fueron componentes fundamentales de aquella explosión histórica.

Y las independencias latinoamericanas tampoco pueden reducirse a una sola causa. Allí se combinaron estructuras coloniales, desigualdades, disputas económicas, exclusiones políticas, crisis de la monarquía española y nuevas ideas sobre soberanía.

Las revoluciones nunca tienen una sola causa. Pero la historia muestra algo importante, cuando una sociedad acumula durante demasiado tiempo desigualdad, frustración, pérdida de expectativas y ausencia de mecanismos políticos capaces de procesar esas tensiones, aumenta el riesgo de rupturas profundas.

Por eso no podemos descartar que una automatización mal gestionada pueda contribuir en el futuro a períodos de enorme conflictividad social. Protestas. Huelgas. Movimientos contra las grandes corporaciones. Partidos antisistema. Nacionalizaciones. Demandas de redistribución radical.

Gobiernos autoritarios que prometan restablecer el orden. Y, en situaciones extremas donde además exista colapso institucional, podrían aparecer levantamientos violentos e incluso movimientos insurreccionales.

No sería la inteligencia artificial la que produciría automáticamente una revolución. Sería una determinada elite social dueña de la inteligencia artificial la que podría contribuir a crear las condiciones para una crisis. Esta diferencia es fundamental. Las máquinas no hacen revoluciones. Las hacen las sociedades.

Y las sociedades tampoco se rebelan simplemente porque exista desigualdad. Necesitan además organización, identidad colectiva, una percepción compartida de injusticia, instituciones incapaces de responder y generalmente algún acontecimiento que actúe como detonante. Por eso existen varios futuros posibles.

El primero sería un nuevo pacto social. Si la productividad aumenta enormemente, los gobiernos podrían redistribuir una parte de esa riqueza mediante salarios más altos, jornadas laborales más cortas, servicios públicos, nuevas formas de protección social o mecanismos de ingreso garantizado. En ese escenario, la automatización podría convertirse en una liberación parcial del trabajo.

Un segundo escenario sería mucho más desigual. Una pequeña parte de la sociedad es propietaria de las empresas, los algoritmos, los robots, los centros de datos y las plataformas. Otra parte conservaría trabajos altamente cualificados y bien remunerados. Y una población mucho mayor sobreviviría mediante empleos precarios, trabajos de servicios y transferencias públicas. Sería una especie de capitalismo tecnológico extremadamente concentrado.

Existe un tercer escenario todavía más preocupante. Si la concentración económica avanzara al mismo tiempo que se debilitara la democracia, las élites podrían responder al descontento no mediante redistribución sino mediante control. Más vigilancia. Más identificación biométrica. Más seguimiento digital. Más control de fronteras. Más policía. Más algoritmos utilizados para identificar comportamientos considerados peligrosos. La misma tecnología que produce riqueza podría entonces convertirse también en una tecnología para administrar políticamente a quienes quedan excluidos de ella.

Y finalmente existe el escenario de ruptura. Si millones de personas pierden ingresos, si las clases medias se empobrecen, si los jóvenes dejan de encontrar perspectivas, si la riqueza se concentra hasta niveles considerados intolerables y si las instituciones democráticas dejan de ofrecer soluciones, no podemos excluir explosiones sociales de enorme magnitud.

No sabemos qué forma adoptarían. Las revoluciones del siglo XXI probablemente no se parecerían exactamente a la Revolución francesa de 1789 ni a la Revolución rusa de 1917. Pero tampoco existe ninguna razón histórica para pensar que las sociedades contemporáneas sean inmunes a las rupturas que acompañaron a otros períodos de concentración extrema del poder, desigualdad y pérdida de legitimidad.

Hay además una diferencia inquietante. En las revoluciones industriales anteriores, el capitalismo continuó necesitando enormes cantidades de trabajadores. En el escenario extremo que estamos imaginando, una parte creciente del capital podría necesitar cada vez menos trabajo humano para producir.

Entonces aparecería una pregunta que Marx no podía responder completamente en el siglo XIX y que nosotros tendremos que responder en el XXI, ¿qué lugar tendrá el ser humano en una economía que necesita su consumo pero necesita cada vez menos su trabajo? Porque allí está la contradicción final.

El capitalismo necesita vender. Para vender necesita consumidores. Para consumir, las personas necesitan ingresos. Y durante los últimos dos siglos el principal mecanismo para obtener esos ingresos ha sido vender nuestra fuerza de trabajo a cambio de un salario.

Si la inteligencia artificial y la robótica rompen progresivamente esa cadena, trabajo, salario, consumo, producción, habrá que construir otra forma de distribuir el ingreso. De lo contrario, el sistema puede terminar debilitando su propio mercado. Producirá más. Acumulará más. Concentrará más. Pero tendrá cada vez mayores dificultades para encontrar consumidores capaces de comprar todo aquello que produce.

Entonces la crisis no sería provocada por falta de capacidad productiva. Sería una crisis de abundancia mal distribuida. Y quizás esa sea la verdadera discusión que debemos comenzar desde ahora.

No preguntarnos solamente cuántos puestos de trabajo destruirá la inteligencia artificial. Sino preguntarnos qué ocurrirá cuando las máquinas produzcan una parte creciente de nuestra riqueza y una pequeña minoría sea propietaria de las máquinas.

Porque si llegamos a una sociedad, como la actual, donde unos pocos poseen la tecnología, las fábricas, los algoritmos, los datos y una parte creciente de la riqueza acumulada, mientras millones de personas contemplan desde afuera una abundancia que no pueden consumir, estaremos creando una contradicción difícil de mantener indefinidamente.

La historia demuestra que las sociedades pueden tolerar enormes injusticias durante mucho tiempo. Pero también demuestra que llega un momento en que pueden dejar de hacerlo y cambiar el rumbo de la historia. La pregunta es si tendremos la inteligencia política para cambiar las reglas antes de llegar a ese punto. Porque no hay mal que dure cien años ni cuerpo que  lo resista.