la guerra política y mediática que busca tumbar a los gobiernos progresistas en América Latina.
“El gran problema para las democracias latinoamericanas es que la ciudadanía termina atrapada en medio de una guerra informativa permanente donde cada vez resulta más difícil distinguir entre periodismo, propaganda, manipulación y operación política”.
10 de mayo de 2026
Hugo René Orejuela. KontraPortada
La política latinoamericana está entrando nuevamente en un terreno peligroso. No se trata solamente de campañas electorales o debates ideológicos normales dentro de una democracia. Lo que hoy comienza a percibirse en distintos países de la región es la construcción de una estrategia continental donde sectores de derecha y ultraderecha buscan impedir, a cualquier costo, que proyectos progresistas continúen avanzando políticamente en América Latina.
El caso conocido como Honduras Gate aparece precisamente en medio de ese escenario. Más que un simple escándalo mediático, las revelaciones alrededor de Juan Orlando Hernández, Donald Trump, Javier Milei, Nasry Asfura, presidente electo de Honduras y sectores conservadores de ultraderecha latinoamericanos parecen mostrar cómo se están reorganizando estructuras políticas, mediáticas y digitales para intervenir en procesos electorales claves de la región. Y uno de esos objetivos parece ser Colombia.
Porque detrás de toda esta confrontación existe un temor político evidente: que el progresismo colombiano logre mantenerse en el poder después del gobierno de Gustavo Petro mediante una candidatura como la del senador Iván Cepeda.
Durante décadas, Colombia fue presentada como el principal bastión conservador y proclive a Estados Unidos de América Latina. Incluso en medio de gobiernos progresistas en Brasil, Argentina, Bolivia o México, Colombia seguía siendo vista como territorio seguro para las élites tradicionales y para la geopolítica de Washington.
Por eso la llegada de Gustavo Petro a la presidencia significó mucho más que un cambio de gobierno. Representó una ruptura simbólica con una estructura de poder histórica construida alrededor del miedo, la guerra interna y la concentración económica.
A pesar de los constantes ataques políticos y mediáticos, el gobierno Petro llega al final de su mandato con indicadores sociales y económicos que una parte importante de la población percibe positiva. La reducción de la inflación, el aumento del salario mínimo vital, los programas sociales y el fortalecimiento del debate sobre justicia social han consolidado una base política que preocupa profundamente a los sectores tradicionales del poder. Y es ahí donde aparece Iván Cepeda.
La figura del senador Iván Cepeda genera temor en sectores conservadores por varias razones. No solamente representa la continuidad política del proyecto progresista colombiano, sino que además encarna temas especialmente sensibles para las élites tradicionales, verdad, memoria, derechos humanos, implementación del acuerdo de paz y reforma social.
Cepeda no es visto únicamente como un candidato electoral. Para muchos sectores de derecha es la posibilidad de consolidar un proyecto político de largo plazo que transforme el mapa institucional colombiano. Ese es el verdadero trasfondo de la actual confrontación.
Por eso el debate político comienza a trasladarse hacia otros terrenos, campañas de desinformación, manipulación emocional, operaciones digitales y construcción permanente de escenarios de miedo e incertidumbre. Las filtraciones conocidas como Honduras Gate aparecen en medio de esa disputa continental.
Los audios divulgados por el Canal Red y medios alternativos hablan de supuestas estructuras de comunicación y operaciones políticas dirigidas desde Estados Unidos y articuladas con sectores de ultraderecha latinoamericana para influir en procesos políticos regionales.
En el centro de esa trama vuelve a aparecer Juan Orlando Hernández, JOH, expresidente hondureño que durante años fue uno de los principales aliados de Washington en Centroamérica.
Su historia política refleja buena parte de las contradicciones del continente. Fue presentado durante años como aliado estratégico en la lucha contra el narcotráfico, hasta que terminó extraditado desde Honduras hacia Estados Unidos en 2022 durante el gobierno de Xiomara Castro.
Posteriormente fue condenado por narcotráfico y tráfico de armas por una corte federal estadounidense, acusado de convertir Honduras en una plataforma funcional a estructuras criminales.
Sin embargo, su posterior indulto por parte de Donald Trump en 2025 volvió a mover las piezas del tablero político regional. JOH pasó entonces de ser símbolo de la “guerra contra las drogas” a convertirse nuevamente en figura útil dentro de una red política continental que hoy intenta reagrupar a las derechas latinoamericanas alrededor de una agenda común, frenar el avance progresista en América Latina.
Durante el siglo XX los golpes de Estado en América Latina se hacían con militares y tanques en las calles. Hoy el método cambió. La nueva desestabilización opera desde plataformas digitales, redes sociales, medios de comunicación, campañas de desprestigio y manipulación psicológica masiva.
Ya no se trata solamente de ganar elecciones. Se trata de destruir la credibilidad del adversario, generar miedo en la población, desgastar emocionalmente a los gobiernos y construir sensación permanente de caos.
La estrategia busca impactar especialmente a los sectores populares y clases medias indecisas que terminan definiendo elecciones. Por eso las campañas ya no giran únicamente alrededor de propuestas políticas, sino alrededor de emociones: miedo, inseguridad, rabia, desesperanza e incertidumbre.
Lo que ocurre en Colombia no está aislado de lo que sucede en México, Honduras, Argentina o Estados Unidos. Donald Trump, Javier Milei y sectores conservadores latinoamericanos parecen compartir hoy una visión común, impedir que América Latina consolide nuevos ciclos progresistas con capacidad de estabilidad y continuidad.
En México preocupa el peso político heredado por López Obrador y la consolidación del proyecto encabezado por Claudia Sheinbaum. En Colombia preocupa especialmente que Gustavo Petro termine su mandato con suficiente respaldo popular como para facilitar la llegada de Iván Cepeda a la presidencia. Por eso el verdadero debate de fondo ya no es únicamente electoral. Es geopolítico.
El gran problema para las democracias latinoamericanas es que la ciudadanía termina atrapada en medio de una guerra informativa permanente donde cada vez resulta más difícil distinguir entre periodismo, propaganda, manipulación y operación política.
Y precisamente allí está el núcleo más delicado del Honduras Gate, no solamente lo que dicen los audios o las filtraciones, sino el tipo de política que comienza a consolidarse en el continente.
Una política donde el control del relato vale tanto como el control del poder institucional. Porque en la América Latina actual, las elecciones ya no se disputan únicamente en las urnas. También se disputan en los algoritmos, en las emociones colectivas y en la capacidad de moldear el miedo social.