la verdad bajo fuego

“Que el sacrificio de estos héroes del periodismo nos inspire a luchar con más ahínco por un mundo más justo y equitativo, donde ningún periodista tenga que enfrentar la muerte por cumplir su misión fundamental: iluminar la verdad en los rincones más oscuros del planeta”.

31 de agosto de 2025

Hugo René Orejuela, periodista de la Radio Air Libre de Bruxelles, y del Equipo Editor de KontraPortada.

Escribo con el peso de una deuda que jamás podremos saldar: la de tantos periodistas palestinos que han sido asesinados en Gaza, convertidos en blancos mientras cumplían con el deber más esencial de este oficio: contar lo que pasa, incluso cuando quienes matan quieren que nadie lo vea.

Según el Comité para la Protección de los Periodistas (CPJ), más de 270 periodistas y trabajadores de medios han perdido la vida desde el inicio de la ofensiva israelí contra los palestinos en la franja de Gaza, en octubre de 2023. La cifra, documentada también por la Federación Internacional de Periodistas (FIP), supera con creces cualquier registro histórico. El propio Informe Costs of War de la Universidad de Brown lo calificó como “el conflicto más mortífero para la prensa en la historia moderna”.

No se trata de daños colaterales. El ataque del pasado 25 de agosto contra el hospital Nasser en Khan Younis, en el que murieron veinte personas —cinco de ellas periodistas—, es ejemplo de una práctica conocida como “double tap”: bombardear un objetivo y luego atacar de nuevo cuando llegan rescatistas y reporteros. La Oficina del Alto Comisionado de la ONU para los Derechos Humanos advirtió que esta práctica “puede constituir un crimen de guerra”. La Resolución 2222 del Consejo de Seguridad de la ONU es clara: los periodistas, en zonas de conflicto, deben ser tratados como civiles y, por tanto, protegidos.

Sin embargo, la impunidad reina. Ningún responsable ha sido procesado, y el discurso oficial israelí recurre una y otra vez a un mismo argumento: acusar a los reporteros asesinados de pertenecer a las “redes de Hamás”. Un eufemismo que busca justificar lo injustificable.

Los testimonios de quienes aún sobreviven a este infierno desnudan la magnitud de la tragedia. Wael Al Dahdouh, jefe de la oficina de Al Jazeera en Gaza, lo expresó tras perder a su esposa, hijos y varios colegas en distintos bombardeos: «Nuestro trabajo se ha convertido en un castigo. Cada cámara que encendemos es una sentencia de muerte. Pero si dejamos de grabar, Gaza se convierte en un cementerio en silencio, sin testigos».

Otro joven reportero, Mohammed Salem, escribió en redes sociales antes de caer bajo las bombas: «Sé que mi chaleco de prensa no me protegerá. Pero si no muestro lo que ocurre, ¿quién lo hará? Prefiero morir con la cámara encendida que con la verdad apagada». Estas voces, arrancadas de la vida demasiado pronto, son la prueba más contundente de que informar en Palestina es resistir a la aniquilación.

La Directora General de la UNESCO, Audrey Azoulay, condenó “enérgicamente” los asesinatos y pidió que se respetara la vida de los periodistas, recordando que “la libertad de prensa es un derecho humano fundamental”. Pero más allá de comunicados y discursos, los hechos muestran otra realidad: gobiernos que “lamentan” las muertes mientras siguen suministrando armas a Israel o bloqueando resoluciones vinculantes en el Consejo de Seguridad.

La Relatora Especial de la ONU sobre la promoción y protección de la libertad de expresión, Irene Khan, fue más directa: «La magnitud de los asesinatos de periodistas en Gaza no es un accidente. Es un patrón sistemático de ataques contra la prensa que viola abiertamente el derecho internacional humanitario». Ese patrón, sumado a la tibieza de las potencias occidentales, equivale a complicidad. Porque callar ante un genocidio no es neutralidad: es un acto político de apoyo al agresor.

 

Este artículo, más que un análisis, es un homenaje, porque siento que cada colega caído en Gaza nos ha arrebatado una parte de la voz colectiva del periodismo. Ellos no murieron solo por estar en el lugar equivocado; murieron porque estaban en el lugar necesario. Allí donde la verdad duele y por eso mismo se quiere sofocar.

El homenaje que les debemos no es únicamente la memoria, sino la exigencia: que se investigue, que se nombre a los culpables, que se frenen las armas que sostienen esta maquinaria de muerte. Porque cada periodista asesinado en Gaza es también una herida abierta en nuestra profesión y en la conciencia del mundo. Y si la comunidad internacional no asume su responsabilidad, al menos que la historia se registre con claridad de que hubo quienes se negaron a callar.

Recordemos a hombres y mujeres como Yaser Murtaja, periodista visual que fue alcanzado por un disparo mientras cubría una protesta en la «Gran Marcha del Retorno» en 2018, había escrito en redes sociales que nunca había podido salir de Gaza, pero soñaba con viajar para “ver el mundo desde el cielo, libre” y mostrar la belleza de su tierra a través de la cámara. Recordemos a Ahmad Abu Hussein, quien, igual que Yaser, llevaba su chaleco con la palabra «PRESS» en letras grandes y claras, y aun así fue blanco directo.

Ahmad, como Yaser, encarnaba a una generación de periodistas jóvenes que, pese al bloqueo y la precariedad, decidieron usar sus cámaras para mostrar la realidad de Gaza al mundo. Su asesinato reafirmó la denuncia de que los periodistas palestinos eran deliberadamente atacados para silenciar la cobertura. Honremos a los muchos otros que sucumbieron en sus esfuerzos por documentar la crueldad y las atrocidades que rodean a sus comunidades diariamente.

No he tenido la oportunidad de caminar junto a algunos de estos valientes que cumplen con su profesión en Gaza. Pero en sus reportajes he visto sus rostros lleno de determinación, sabiendo que cada día era un desafío rodeado de peligro mortal. Sus cámaras no solo capturaban imágenes, sino historias, esperanzas y verdades que el resto del mundo muchas veces prefiere ignorar. La crudeza de sus realidades les confiere una profunda comprensión de lo que significa ser la voz de los olvidados.

Tampoco puedo olvidar las imágenes de Shireen Abu Akleh, corresponsal de Al Jazeera, que siempre cerraba sus reportajes con una mirada firme y determinada, como si fuera consciente del impacto de cada palabra, moviéndose entre las sombras y luces de la guerra, narrando con precisión y coraje lo que veía a su alrededor.

Las voces de estos periodistas estarán para siempre en nuestra memoria colectiva. Sus legados están escritos con tinta de sacrificio y valentía. No podemos permitir que sus historias se desvanezcan en el olvido ni que sus muertes sean en vano.

Nuestra responsabilidad es múltiple: primero, seguir contando la verdad sin miedo; segundo, abogar por justicia para quienes han caído en cumplimiento de su deber; y finalmente, asegurar que las futuras generaciones de periodistas no tengan que enfrentarse al mismo destino.

Con cada palabra escrita y cada imagen capturada, reiteramos nuestro compromiso con la verdad, luchando contra la oscuridad de la censura y la violencia. Nos mantenemos firmes, incluso cuando las fuerzas opresivas intentan silenciarnos, porque sabemos que la libertad de expresión es una piedra angular de la dignidad humana.

Que el sacrificio de estos héroes del periodismo nos inspire a luchar con más ahínco por un mundo más justo y equitativo, donde ningún periodista tenga que enfrentar la muerte por cumplir su misión fundamental: iluminar la verdad en los rincones más oscuros del planeta.