la ‘reconstrucción’ de Trump y el desprecio al derecho internacional y a la ONU”

“Lo que se impone ya no es el derecho, sino la capacidad de intervenir, financiar y controlar. Gaza se convierte entonces en un laboratorio: el lugar donde se ensaya un orden global sin arbitraje multilateral, donde la fuerza y el dinero diseñan lo que antes debía decidirse bajo marcos jurídicos internacionales”.

25 de enero de 2026

Hugo René Orejuela, KontraPortada.

Hay frases que no solo buscan ocupar titulares: buscan imponer una realidad. Cuando Donald Trump proclamó en febrero de 2025 que “Gaza podría ser la ‘Riviera del Medio Oriente’… Estados Unidos se hará cargo y la reconstruiremos”, yo no lo escuché como una ocurrencia extravagante para la televisión. Lo leí como una declaración de poder. No era una propuesta de reconstrucción; era una apropiación política disfrazada de modernización.

Era la confirmación de un método: convertir la devastación en oportunidad económica, el sufrimiento en mercancía y el derecho internacional en una formalidad prescindible. Esa frase: “nos haremos cargo”, no se ve como ayuda humanitaria; se ve como tutela forzada. Y cuando la tutela se ejerce sin el consentimiento del pueblo sometido, deja de ser asistencia y se convierte en dominación.

Desde entonces, me quedó claro que Gaza, para Trump, no era una tragedia humana que exigiera justicia y reparación, sino un tablero para rediseñar la región según los intereses imperiales. No habló como mediador ni como estadista: habló como propietario. En esa frase habita una lógica colonial conocida, inquietantemente vigente: la tierra como botín, la población como variable que se desplaza, y la legalidad como obstáculo administrativo.

La idea de que un territorio devastado por la guerra puede ser tratado como un solar disponible para un gran proyecto inmobiliario no solo es indecente; es una forma moderna de negación. Porque cuando se transforma la ruina en un proyecto urbanístico, se intenta borrar la responsabilidad de quienes produjeron esa ruina.

Yo no puedo separar esa narrativa de una verdad sangrante: la reconstrucción que se anuncia con glamour y promesas de lujo se alza sobre cientos de miles de vidas truncadas, sobre familias aniquiladas, sobre barrios enteros reducidos a polvo. Y, como si eso no bastara, Trump publicó un video generado con inteligencia artificial en 2025 donde Gaza aparece convertida en un destino turístico de alto nivel, como si la historia se pudiera reescribir con filtros y música de fondo.

Ese gesto, más que propaganda, me pareció una operación simbólica de borrado: eliminar el duelo, neutralizar el horror, embellecer el crimen y volverlo paisaje. Una parte del poder contemporáneo no consiste solo en controlar territorios, sino en controlar los relatos; no basta con destruir una ciudad: hay que convertir su destrucción en un “nuevo comienzo” administrado por otros.

Lo que más me inquieta de la visión de Trump no es su descaro, sino su coherencia interna: reconstruir sin palestinos, gobernar sin Naciones Unidas, rediseñar Gaza sin soberanía y sin justicia. Cuando un plan se formula desde la lógica del “tomar control” y no desde la lógica del derecho, la palabra “paz” deja de significar convivencia y empieza a significar pacificación: imponer calma a punta de fuerza, dependencia y vigilancia.

Por eso, cuando escucho a Trump hablar de Gaza como una “Riviera”, no escucho una salida diplomática; escucho el lenguaje del dominio, un proyecto que reemplaza derechos por contratos, y ciudadanía por administración externa.

En este 2026, el tablero dio un giro institucional que refuerza mis sospechas. Se pretende poner en marcha la Junta de Paz para Gaza, impulsada por Washington, presentado como mecanismo para supervisar el alto al fuego y aplicar un plan integral. A primera vista, cualquiera podría pensar que se trata de un avance hacia la estabilización.

Pero yo no puedo ignorar lo esencial: ¿qué significa que la paz sea administrada desde un órgano diseñado por la misma potencia que respalda militarmente a la parte genocida? ¿Qué significa que se construya un esquema paralelo que compite con la ONU, que la margina, que reduce su autoridad y la reemplaza por estructuras hechas a la medida de los intereses estadounidenses? En ese paso hay un mensaje geopolítico profundo: si la legalidad multilateral estorba, se crea un atajo institucional para gobernar por fuera de ella.

Y cuando un país poderoso logra convertir ese bypass en costumbre, el precedente se vuelve aterrador. La ONU, con todas sus limitaciones, representa una idea indispensable: que el mundo no debería resolverse por la ley del más fuerte.

 Pero si el modelo que se consolida es “yo hago mi propio consejo, yo certifico mi propia paz, yo administro tu reconstrucción”, entonces la arquitectura internacional se vacía de sentido.

Lo que se impone ya no es el derecho, sino la capacidad de intervenir, financiar y controlar. Gaza se convierte entonces en un laboratorio: el lugar donde se ensaya un orden global sin arbitraje multilateral, donde la fuerza y el dinero diseñan lo que antes debía decidirse bajo marcos jurídicos internacionales.

Además, hay un hecho que no se puede esconder bajo discursos optimistas: reconstruir en medio de violaciones repetidas al alto al fuego no es reconstruir; es administrar una guerra lenta. La tregua acordada en octubre de 2025 ha sido descrita como frágil, constantemente vulnerada. Se han documentado cientos de muertes posteriores al inicio del cese al fuego, y se han reportado numerosas violaciones de los compromisos del alto al fuego en su mayoría por Israel.

Yo no puedo llamar “posconflicto” a un escenario donde la violencia persiste, donde la población sigue expuesta y donde la incertidumbre es la norma. Construir sobre un terreno donde aún cae sangre no es una solución; es una reorganización de la violencia.

Por eso insisto: Gaza no es solo un territorio devastado, es una bisagra geopolítica. Gaza significa Mediterráneo oriental, rutas comerciales, seguridad regional, frontera con Egipto, y un punto neurálgico para la proyección de poder de Estados Unidos e Israel. Quien controle Gaza controla una pieza clave del mapa.

Y cuando Trump plantea esa “reconstrucción” como una vitrina de lujo, yo lo interpreto como parte de una estrategia más grande: consolidar control indirecto y permanente, rediseñar la economía del territorio bajo tutela de seguridad, y presentar un triunfo simbólico que maquille la derrota moral de la guerra.

No es casual que circulen visiones de “New Gaza” con infraestructura moderna, torres, centros de datos y zonas de entretenimiento: en el fondo, se busca convertir un lugar de martirio en una plataforma económica administrada desde fuera, con la población reducida a un elemento secundario.

A nivel ético, lo que ocurre es incluso más grave: se está intentando sustituir el lenguaje del derecho humanitario por el lenguaje del urbanismo corporativo. Y esa sustitución es una forma de violencia. Porque cuando se habla de “desarrollo”, “modernización” y “reconversión”, se desplaza la discusión de la justicia hacia el negocio.

La pregunta ya no es quién bombardeó, quién mató, quién desplazó, quién bloqueó, quién violó el derecho internacional; la pregunta pasa a ser quién invierte, quién administra, quién gana. Y yo me niego a aceptar esa trampa.

La reconstrucción real no empieza por los grandes anuncios ni por la propaganda futurista: empieza por reconocer a las víctimas, garantizar el retorno seguro de quienes fueron desplazados, proteger a la población civil, y someter a escrutinio internacional a los responsables de crímenes. Sin justicia, toda reconstrucción es una escenografía.

Lo que Trump está insinuando, en el fondo, es un rediseño del orden mundial donde el poder se impone por fuera de las instituciones. Si hoy se normaliza que una potencia “se haga cargo” de Gaza como quien toma posesión de un bien estratégico, mañana se legitimará que cualquier país sea intervenido y “reordenado” bajo el mismo argumento: la reconstrucción, la estabilidad, la seguridad. Y así, paso a paso, el mundo se desliza hacia una era donde la fuerza no solo destruye ciudades: también crea reglas, inventa organismos, borra memorias, y se presenta a sí misma como salvación.

Hoy, mientras algunos imaginan a Gaza como vitrina y negocio, yo solo puedo verla como lo que es: una herida abierta del mundo, un espejo incómodo de nuestra época y de nuestra cobardía colectiva. No hay “Riviera” posible sobre los escombros de la dignidad, ni paraíso turístico que pueda florecer donde antes hubo un genocidio y se intenta borrar a un pueblo de la historia.

Reconstruir sin justicia es maquillar el crimen; administrar la paz sin soberanía es fabricar una cárcel con vista al mar; sustituir a la ONU por consejos diseñados en Washington es decretar, sin pudor, que el derecho internacional ya no rige para los poderosos.

Por eso lo digo con claridad: la paz no se impone, se construye con verdad; la reconstrucción no se privatiza, se hace con el pueblo dentro; y el futuro no se diseña con propaganda, sino con humanidad. Gaza no necesita un dueño. Gaza necesita justicia.