guerra cognitiva, geopolítica y la batalla por el futuro de América Latina
“La importancia de Colombia trasciende sus fronteras. Se trata de la cuarta economía de América Latina, uno de los principales aliados históricos de Estados Unidos en la región y un país con una ubicación geográfica privilegiada entre Suramérica, Centroamérica y el Caribe”.
06 de junio de 2026
Hugo René Orejuela. KontraPortada.
Las elecciones presidenciales colombianas han dejado de ser un asunto exclusivamente nacional. A medida que se acerca la segunda vuelta presidencial del próximo 21 de junio, la contienda electoral adquiere una dimensión regional e incluso geopolítica.
Lo que está en juego no es solamente quién ocupará la Casa de Nariño durante los próximos cuatro años, sino también el papel que Colombia desempeñará en un continente que atraviesa una intensa disputa entre proyectos políticos, económicos y estratégicos.
Desde esta perspectiva, la elección presidencial colombiana se ha convertido en una pieza clave dentro del tablero latinoamericano. Para los sectores progresistas, la continuidad del proyecto político iniciado por el presidente Gustavo Petro representaría la consolidación de un ciclo de reformas sociales, la profundización de la implementación de los acuerdos de paz y una política exterior más autónoma frente a los centros tradicionales de poder.
Para la derecha colombiana y sus aliados internacionales, en cambio, el objetivo es recuperar el control político con un gobierno títere sometido a los designios de Washington, de uno de los países más estratégicos de América Latina.
La importancia de Colombia trasciende sus fronteras. Se trata de la cuarta economía de América Latina, uno de los principales aliados históricos de Estados Unidos en la región y un país con una ubicación geográfica privilegiada entre Suramérica, Centroamérica y el Caribe. Por ello, el resultado electoral tendrá repercusiones que van mucho más allá del ámbito interno.
Desde la óptica geopolítica, diversos analistas consideran que Estados Unidos tiene razones estratégicas para observar con especial interés el resultado de las elecciones colombianas. Durante las últimas décadas, Colombia ha sido uno de sus principales aliados políticos, militares y económicos en América Latina.
Sin embargo, el surgimiento de nuevas potencias económicas, el fortalecimiento de bloques como los BRICS y la creciente influencia de China en la región han comenzado a modificar los equilibrios tradicionales de poder.
En un contexto marcado por elevados niveles de endeudamiento, competencia tecnológica global, disputas comerciales y la necesidad de asegurar mercados, inversiones y acceso a recursos estratégicos, Washington busca preservar su capacidad de influencia en América Latina.
Desde esta perspectiva, un gobierno colombiano alineado con sus intereses geopolíticos ofrecería mayores garantías para mantener los acuerdos de cooperación militar, la influencia diplomática regional y un modelo económico favorable a los flujos tradicionales de inversión y comercio.
Por el contrario, un eventual fortalecimiento de proyectos políticos que promuevan mayores márgenes de autonomía internacional, una integración latinoamericana más profunda o un acercamiento a nuevos polos de poder global podría reducir la capacidad histórica de influencia estadounidense en la región.
Es precisamente en ese contexto donde la elección presidencial colombiana adquiere una relevancia que trasciende las fronteras nacionales y se proyecta como una pieza importante dentro de la disputa por la configuración del orden político y económico latinoamericano del siglo XXI.
Dentro de ese escenario, los sectores de ultraderecha interpretan la elección colombiana como una oportunidad para reconfigurar el mapa político regional. De allí la intensidad de la confrontación electoral entre el senador Iván Cepeda Castro, candidato del Pacto Histórico y de la Gran Alianza por la Vida, y Abelardo de la Espriella, representante de los sectores de derecha y ultraderecha que aspiran a revertir el rumbo político progresista iniciado en 2022.
La campaña tampoco se libra únicamente en plazas públicas, debates o medios tradicionales. Una parte importante de la disputa ocurre en el terreno digital. Las redes sociales se han convertido en el principal escenario de confrontación política, donde circulan diariamente campañas sucias de información, narrativas emocionales y estrategias dirigidas a moldear la percepción de los electores.
Las denuncias sobre operaciones de influencia política han ocupado un lugar central en el debate público. Entre ellas se encuentra el denominado Proyecto Júpiter, revelado por investigaciones periodísticas, que habría utilizado metodologías de persuasión y segmentación de audiencias para influir en la opinión de determinados sectores sociales y de miles de empleados del sector privado. Los señalamientos han generado controversia y peticiones de investigación, aunque corresponde a las autoridades establecer eventuales responsabilidades.
Las comparaciones del Proyecto Jupiter con el caso Cambridge Analytica surgen precisamente por el uso de herramientas de microsegmentación y comunicación dirigida. Aquel escándalo internacional demostró cómo los datos personales y las plataformas digitales podían ser utilizados para influir en procesos electorales mediante mensajes diseñados específicamente para determinados perfiles de votantes.
A este escenario se suma la dimensión internacional de la confrontación política. Las denuncias conocidas públicamente bajo el denominado «Honduras Gate» revelaron la existencia de presuntas operaciones de comunicación y guerra cognitiva orientadas a influir en la opinión pública latinoamericana mediante la producción y difusión coordinada de contenidos políticos.
Según los audios filtrados del expresidente narco de Honduras e indultado por Danald Trump, Juan Orlando Hernández y las denuncias divulgadas por diversos medios, estas estrategias habrían contemplado la utilización de plataformas digitales, redes de comunicación, influenciadores y campañas mediáticas destinadas a instalar determinadas narrativas favorables a sectores conservadores y contrarias a gobiernos progresistas de la región, entre ellos Colombia y Mexico.
Más allá de las responsabilidades individuales que deban ser esclarecidas por las autoridades competentes, el caso puso nuevamente sobre la mesa una realidad cada vez más evidente, las disputas políticas contemporáneas ya no se desarrollan exclusivamente en el terreno electoral, sino también en el ámbito de la información, la percepción y las emociones colectivas. La batalla por el poder en América Latina se libra hoy tanto en las urnas como en los algoritmos y los software, en los medios de comunicación y en las redes sociales.
El impacto de estas operaciones de influencia digital cobran mayor relevancia cuando se observan los resultados de la primera vuelta presidencial. Durante buena parte de la campaña, diversas encuestas mostraban a Iván Cepeda con una ventaja significativa en intención de voto e incluso algunos sondeos planteaban la posibilidad de una victoria en primera vuelta.
Sin embargo, el 31 de mayo el panorama político dio un giro inesperado cuando Abelardo de la Espriella se ubicó en el primer lugar con el 43,73 % de los votos, mientras Cepeda alcanzó el 40,91 %. Aunque los resultados fueron oficialmente reconocidos por las autoridades electorales, el contraste entre las tendencias previas y el desenlace de la jornada alimentó cuestionamientos y debates, sobre el manejo estratégico del software de conteo rápido de votos que según denuncias del presidente Petro, presuntamente pudiera haber sido manipulado.
Este escenario abrió además un espacio para que actores internacionales de ultraderecha como Donald Trump y Marco Rubio, entre otros, expresaran públicamente su respaldo a la candidatura de Abelardo de la Espriella, señalando que defenderán los escrutinios ante un eventual fraude electoral. Paradójicamente son ellos los que han abierto su chequera para imponer el candidato de ultraderecha, mismo deslegitimando la elección si los resultados son adversos a sus cálculos políticos.
Esto refuerza la percepción de que la disputa electoral colombiana ha trascendido el ámbito nacional para convertirse en un episodio más de la pugna geopolítica que hoy atraviesa América Latina.
Pero aparte del debate de un presunto fraude electoral, esta contienda pudo evidenciar el papel que pudieron desempeñar las campañas de desinformación, la manipulación de percepciones y las estrategias de guerra cognitiva en la recta final de la campaña.
Un aspecto que merece especial atención es el comportamiento electoral de una parte importante de los jóvenes colombianos. Tradicionalmente, los sectores juveniles han mostrado una mayor inclinación hacia propuestas de cambio, reformas sociales y ampliación de derechos.
No obstante, en estas elecciones se observa un fenómeno diferente, un segmento significativo de jóvenes se ha identificado con discursos de autoridad, confrontación y liderazgo fuerte representados por la candidatura de Abelardo de la Espriella.
Este fenómeno no puede explicarse únicamente desde la ideología. Las redes sociales han transformado profundamente la forma en que las nuevas generaciones consumen información política. Plataformas digitales basadas en contenidos breves, emocionales y altamente viralizados han favorecido la difusión de mensajes simplificados que apelan más a las emociones y a la violencia que al análisis de propuestas de gobierno.
La creación de una sensación de inseguridad, de frustración económica, de desencanto con las instituciones y de desgaste de la política tradicional son aprovechados mediante campañas de percepción que presentan soluciones rápidas a problemas complejos. En ese terreno, la construcción de liderazgos fuertes y violentos y la utilización de narrativas emocionales han demostrado una enorme capacidad de penetración entre sectores juveniles que encuentran en estos mensajes respuestas aparentemente simples a realidades cada vez más complejas.
Por ello, la discusión actual no se limita a quién tiene la mejor propuesta de gobierno. También involucra la forma en que se construye la opinión pública, el papel de las plataformas digitales, la circulación de noticias falsas y la utilización de emociones colectivas como instrumento político.
Frente a este escenario, la principal tarea del progresismo de cara a la segunda vuelta no consiste únicamente en movilizar a sus bases tradicionales, sino en ampliar su capacidad de diálogo con los sectores de centro derecha que participaron en la contienda en primera vuelta y que no se sienten representados por Abelardo de la Espriella, con los indecisos, los jóvenes, las clases medias y los ciudadanos que expresan preocupaciones legítimas sobre seguridad, empleo, crecimiento económico y calidad de vida.
La campaña de Iván Cepeda deberá trascender la defensa de los logros del gobierno de Gustavo Petro para proyectar una visión de futuro capaz de generar confianza, estabilidad y esperanza. Al mismo tiempo, deberá fortalecer su presencia en el ecosistema digital, donde se libra una parte decisiva de la batalla política contemporánea, respondiendo con información verificable, pedagogía política y propuestas concretas a las campañas de desinformación y guerra cognitiva.
La disputa ya no es solamente entre izquierda y derecha; es también una confrontación entre el miedo y la esperanza, entre la polarización y la construcción de consensos. La capacidad del progresismo para conectar con las preocupaciones cotidianas de millones de colombianos y presentar una propuesta de unidad nacional podría convertirse en el factor decisivo para alcanzar la victoria el próximo 21 de junio.
En última instancia, la segunda vuelta no será definida únicamente por las estructuras partidistas ni por las campañas publicitarias, sino por la capacidad de cada proyecto político para convencer a los colombianos de cuál es el camino más seguro para construir un país en paz, con justicia social, crecimiento económico y estabilidad democrática.