paralelos entre el poder napoleónico y el proyecto hegemónico de Donald Trump.
“La comparación entre Napoleón y Trump no busca equiparar circunstancias, sino identificar un patrón que reaparece en momentos de fragilidad democrática. Cuando las sociedades se polarizan y las instituciones pierden legitimidad, el deseo colectivo de un líder fuerte se vuelve seductor.”
07 de diciembre de 2025.
Hugo René Orejuela, periodista de la Radio Air Libre de Bruxelles y miembro del Consejo de Edición de KontraPortada.
Hay momentos en que la historia parece agazaparse en el presente, esperando la oportunidad para mostrarnos que ciertos patrones de poder, que creíamos superados, vuelven a emerger con nuevas máscaras. En tiempos de incertidumbre, cuando la desconfianza hacia las instituciones crece y el miedo se instala en el debate público, suelen reaparecer figuras que prometen restaurar la grandeza perdida. Líderes fuertes, carismáticos, capaces de dirigirse al pueblo por encima de los intermediarios, y que presentan la salvación como una misión personal. Esa figura tiene nombre propio en la historia: Napoleón Bonaparte.
El legado napoleónico no se limita al mapa europeo ni a los códigos legales que sobrevivieron al Imperio. Su marca más profunda fue haber modelado una forma de ejercicio del poder basada en una paradoja: combinar elementos de modernidad, racionalización del Estado y meritocracia, con una concentración de autoridad que anulaba cualquier equilibrio republicano. Ese legado, bautizado después como bonapartismo, no desapareció en Waterloo(1815). Ha resurgido en distintas épocas bajo nuevas banderas, nuevas tecnologías y nuevos relatos nacionales. Y hoy, en pleno siglo XXI, encuentra un retorno sorprendente, y perturbador, en la figura de Donald Trump.
No se trata de comparar personajes aislados por dos siglos, sino de comprender que ciertos estilos de poder, la forma de relacionarse con las instituciones, con el pueblo y con el mundo, regresan cuando las democracias se debilitan. Napoleón gobernó una Europa convulsionada; Trump ascendió en un EEUU fracturado. Ambos irrumpieron como respuesta a un malestar profundo, y ambos construyeron su legitimidad desde una premisa peligrosa: solo un líder puede salvar a la nación.
Para entender el retorno napoleónico en el trumpismo, hay que mirar primero a Bonaparte. Su ascenso no fue accidental: Francia venía de una década marcada por guerras, violencia interna, desacuerdos ideológicos y una incapacidad crónica de gobernar. Ese vacío fue el terreno fértil para que apareciera un militar que ofrecía lo que todos deseaban: orden, estabilidad, eficiencia. Pero ese orden tenía un precio.
Napoleón conservó el discurso republicano, pero vació de poder a quienes debían sostenerlo. Los parlamentos se convirtieron en órganos decorativos; la justicia quedó subordinada al Ejecutivo; los plebiscito, aparentemente populares, funcionaban como rituales de obediencia colectiva. La República sobrevivía en el papel, pero en la práctica se transformaba en un sistema donde el líder absorbía todas las funciones del Estado.
Ese estilo de gobernar dejó una lección histórica que volvería a repetirse con distintos matices: cuando las instituciones pierden legitimidad, el líder fuerte aparece como solución milagrosa, y muchos están dispuestos a entregarle un poder que después será casi imposible recuperar.
En Estados Unidos, Donald Trump capitalizó un clima de descontento similar, aunque bajo circunstancias muy distintas. La desigualdad creciente, la fragmentación política, la desindustrialización y el descrédito de las élites prepararon el terreno para una figura que prometió “hacer América grande otra vez”. Esa consigna, aparentemente simple, contenía un mensaje poderoso: el país estaba en decadencia, las instituciones habían fallado y solo un líder dispuesto a romper las reglas podía revertir la caída.
Trump entendió algo que Napoleón intuía en su tiempo: la relación directa entre líder y pueblo es la clave del poder moderno. Napoleón lo hizo a través de plebiscitos y propaganda; Trump lo ha hecho con redes sociales, mítines multitudinarios y un discurso que transforma la política en espectáculo permanente. Ambos métodos cumplen la misma función: eliminar intermediarios, erosionar contrapesos y convertir al líder en la única fuente legítima de interpretación de la realidad.
En este esquema, las instituciones no son espacios de deliberación, sino obstáculos. El Congreso, la prensa, la justicia, los organismos de control, incluso los propios partidos, se convierten en adversarios potenciales.
Cuando se los cuestiona, el líder responde con una fórmula simple que Napoleón habría entendido perfectamente: si me atacan a mí, atacan al país.
Otro paralelismo evidente está en el uso político del orden y de la seguridad. Napoleón construyó su autoridad sobre la base del ejército; Trump, aunque no proviene del mundo militar, ha hecho de la fuerza una narrativa permanente. Migrantes, disidencias políticas, movimientos sociales, países enemigos, todos pueden convertirse en “amenazas” que justifican medidas excepcionales.
En ambos casos, el líder despliega un relato donde el país está sitiado, acechado por enemigos externos e internos, y solo la mano firme del gobernante puede evitar el colapso. Esa lógica no fortalece a la nación; la divide. Y, como muestra la historia, abre la puerta a un autoritarismo que se justifica a sí mismo en nombre de la protección del pueblo.
Es aquí donde algunos analistas cometen un error frecuente: describir a Trump como aislacionista. Nada más lejos de la realidad. Su discurso cuestionando la ONU, la OTAN, acuerdos internacionales y pasando por encima de las normas del derecho internacional, puede interpretarse como rechazo al multilateralismo, pero no implica renuncia al poder global. Trump no retira a Estados Unidos del mundo; lo reubica de manera unilateral, sin mediaciones, sin consensos y con un objetivo claro: mantener la supremacía.
Para entender esta idea basta observar su política hacia América Latina, Contra Venezuela ha desplegado toda una retórica de narco terrorismo, desplegando sanciones financieras masivas, asfixia económica, reconocimiento de gobiernos paralelos y amenazas explícitas de intervención militar. Contra Cuba y Nicaragua ha aplicado el endurecimiento más agresivo en décadas. Con Colombia sigue utilizando el discurso del narcotráfico como arma política para presionar gobiernos y moldear agendas internas. Y hacia el continente en general refuerza un enfoque de subordinación estratégica.
Ese comportamiento no es aislacionismo: es expansionismo hegemónico. Un modo moderno de proyección de poder que no requiere territorios, sino control económico, militar, tecnológico y diplomático. Napoleón invadía territorios; Trump expande la capacidad coercitiva de Estados Unidos. La lógica, sin embargo, es similar: la grandeza nacional exige neutralizar resistencias externas a cualquier costo.
La comparación entre Napoleón y Trump no busca equiparar circunstancias, sino identificar un patrón que reaparece en momentos de fragilidad democrática. Cuando las sociedades se polarizan y las instituciones pierden legitimidad, el deseo colectivo de un líder fuerte se vuelve seductor. La democracia se percibe lenta, ineficiente, incapaz de resolver crisis complejas. El autoritarismo, en cambio, se ofrece como solución rápida, efectiva, personalizada.
Tanto Napoleón como Trump comprendieron y explotaron ese impulso. El primero construyó un imperio; el segundo aspira a moldear, desde dentro, una superpotencia que parece perder el control de sí misma. En ambos casos, el riesgo es el mismo: que la cura sea peor que la enfermedad, como decimos coloquialmente.
Así como Napoleón terminó erosionando el imperio que pretendía engrandecer, Trump podría precipitar la decadencia del poder estadounidense en un siglo donde nuevos actores geopolíticos redefinen el equilibrio mundial.
La historia no se repite, pero rima. Y la rima es clara: cuando el poder se concentra en un solo hombre, cuando el líder se interpreta como la voluntad popular y cuando el Estado comienza a responder más a su figura que a la ley, la democracia entra en zona de peligro.
El bonapartismo no es una curiosidad histórica. Es una advertencia. Nos recuerda que el carisma, la popularidad y la promesa de orden de mano dura, pueden convertirse en los vehículos más eficientes para erosionar una democracia desde dentro. No hacen falta golpes de Estado ni ejércitos tomando el parlamento; basta con un líder lo suficientemente hábil para convencer a un sector del país de que él, y solo él, es la patria.
En la época de Napoleón, ese líder surgió entre las ruinas de una revolución. En la era de Trump, surge entre las fracturas profundas de una superpotencia que creyó que era invulnerable. Pero ninguna lo es. La historia lo demuestra con crudeza: cuando se normaliza la idea de que la nación necesita un salvador, la democracia ya ha comenzado a ceder terreno.