pragmatismo político y guerra cognitiva en la disputa por el poder en Venezuela

“El caso de Alex Saab refleja mucho más que la caída de un empresario colombiano convertido en operador financiero del chavismo. Refleja la transformación profunda que vive Venezuela. También deja al descubierto algo todavía más inquietante, la guerra cognitiva y política que Estados Unidos ha desarrollado durante años sobre Venezuela y que se profundiza en esta nueva era”.

 

24 de mayo de 2026

 

Hugo René Orejuela. KontraPortada

 

Alex Saab nunca fue un dirigente político tradicional ni un militante ideológico del chavismo. Su historia comenzó lejos de los discursos revolucionarios y más cerca del mundo empresarial y los contratos internacionales. Empresario colombiano de origen barranquillero, Saab atravesaba dificultades financieras y un escenario empresarial complejo cuando encontró en Venezuela una oportunidad que terminaría cambiando su vida y, años después, convirtiéndolo en una de las figuras más sensibles de la geopolítica latinoamericana.

Su entrada al corazón del poder venezolano ocurrió en 2011, cuando su empresa Fondo Global de Construcción firmó un multimillonario contrato con el Estado venezolano para desarrollar viviendas prefabricadas dentro de la Gran Misión Vivienda Venezuela, uno de los programas sociales emblemáticos impulsados por Hugo Chávez.

Aquella firma no fue un acto menor. Se realizó en Caracas con la presencia de Hugo Chávez, del entonces presidente colombiano Juan Manuel Santos y de Nicolás Maduro, quien en ese momento ejercía como canciller venezolano. Años más tarde, Santos intentó distanciarse del empresario colombiano asegurando públicamente que no lo conocía antes de aquella ceremonia y que incluso preguntó discretamente a su canciller María Ángela Holguín  “¿Este señor quién es?”.

Pero desde aquel instante Alex Saab dejó de ser un empresario más. Ese contrato se convirtió en la puerta de entrada hacia las estructuras más sensibles del poder venezolano.

Con el tiempo, Saab pasó de contratista de viviendas sociales a operador económico estratégico del chavismo. En medio del endurecimiento de las sanciones estadounidenses, del colapso financiero venezolano inducido por EEUU y de la caída de los ingresos petroleros, Saab comenzó a construir mecanismos paralelos de importación, triangulación financiera y comercio internacional que permitieron mantener parcialmente viva la economía venezolana.

Su nombre terminó ligado a contratos de alimentos CLAP, operaciones petroleras, negocios con Turquía, Irán y Rusia, rutas de evasión de sanciones, y redes financieras internacionales.

Para Nicolás Maduro, Saab era el hombre que ayudaba a sostener económicamente al Estado venezolano en medio del bloqueo financiero impuesto por Washington. Para Estados Unidos, en cambio, Saab terminó convertido en el principal operador financiero del chavismo y en una pieza clave para comprender cómo Venezuela había logrado sobrevivir económicamente pese al aislamiento internacional. Por eso Washington comenzó a perseguirlo.

Sin embargo, uno de los capítulos más sorprendentes y contradictorios de esta historia apareció años después, cuando documentos judiciales estadounidenses revelaron que Alex Saab había colaborado secretamente con la DEA entre 2016 y 2019.

Según los expedientes desclasificados por tribunales federales en Miami: Saab sostuvo reuniones con agentes federales estadounidenses, entregó información sobre sobornos y operaciones financieras, admitió pagos irregulares vinculados a contratos venezolanos, e incluso transfirió más de 10 millones de dólares a cuentas controladas por la DEA como parte de acuerdos de cooperación.

La información resultó explosiva porque durante esos mismos años el chavismo lo presentaba públicamente como aliado estratégico y posteriormente como “diplomático especial” perseguido por Washington.

La revelación de esa cooperación secreta terminó alimentando sospechas dentro del propio aparato chavista y abrió dudas sobre el verdadero papel que Saab jugaba dentro del complejo tablero geopolítico venezolano.

Cuando fue detenido en Cabo Verde en 2020 a petición de Estados Unidos, Nicolás Maduro reaccionó con furia. El chavismo convirtió su caso en una causa internacional de soberanía nacional. Venezuela suspendió negociaciones políticas, movilizó campañas diplomáticas y denunció un supuesto “secuestro imperial”.

Alex Saab pasó entonces de empresario cuestionado a símbolo político del chavismo. La narrativa oficial venezolana lo transformó en enviado especial, víctima de persecución imperial y héroe económico de la revolución.

Cuando Joe Biden decidió liberarlo en 2023 mediante un intercambio de prisioneros, el regreso de Saab a Caracas fue presentado como una victoria política del chavismo. Maduro lo recibió públicamente como héroe nacional y posteriormente lo nombró ministro de Industria y Producción Nacional.

Pero el respaldo político fue todavía más lejos. Su esposa, Camilla Fabri, quien había encabezado campañas internacionales denunciando la detención de Saab, terminó incorporándose a programas promovidos por el gobierno venezolano relacionados con el retorno de migrantes desde el exterior.

El mensaje político era claro, Alex Saab y su familia habían sido plenamente incorporados al relato simbólico del chavismo. Y sin embargo, apenas unos años después, todo cambió radicalmente.

El secuestro de Nicolás Maduro y Cilia Flores durante la operación militar estadounidense del 3 de enero abrió una nueva etapa política en Venezuela. Bajo el liderazgo de Delcy Rodríguez comenzó una fase marcada por negociaciones diplomáticas, pragmatismo político, apertura económico y necesidad urgente de estabilización.

Comenzaron entonces decisiones que durante años hubieran parecido imposibles, reapertura diplomática con Washington, flexibilización petrolera, apertura a empresas extranjeras, reconocimiento práctico del dólar, y cooperación judicial con Estados Unidos.

En medio de esa nueva realidad, Alex Saab dejó de ser activo político para convertirse en problema estratégico. Porque Saab conoce demasiado bien las rutas financieras del chavismo, los mecanismos para evadir sanciones, las operaciones petroleras paralelas y según Washington, posiblemente información extremadamente sensible sobre figuras civiles, militares y empresariales vinculadas al poder venezolano.

Pero hay un elemento aún más delicado. Diversas versiones sostienen que durante las negociaciones mantenidas entre representantes estadounidenses y el nuevo poder venezolano, sectores vinculados a inteligencia norteamericana habrían revelado formalmente a las autoridades venezolanas la profundidad de la colaboración secreta que Saab mantuvo con la DEA años atrás. Si eso efectivamente ocurrió, la situación política de Saab dentro del chavismo cambió completamente.

Porque ya no se trataba únicamente de un empresario acusado de corrupción o lavado de dinero. Se trataba de un hombre que durante años habría entregado información sensible sobre operaciones internas del chavismo mientras simultáneamente era protegido y promovido por el propio Maduro.

En ese contexto, la deportación de Saab hacia Estados Unidos deja de verse solamente como una decisión judicial y pasa a interpretarse también como una medida de supervivencia política, una señal de cooperación hacia Washington y posiblemente una forma de desprenderse de una figura considerada riesgosa dentro del nuevo equilibrio de poder venezolano.

Por eso hoy el caso de Alex Saab refleja mucho más que la caída de un empresario colombiano convertido en operador financiero del chavismo. Refleja la transformación profunda que vive Venezuela. También deja al descubierto algo todavía más inquietante, la guerra cognitiva y política que Estados Unidos ha desarrollado durante años sobre Venezuela y que se profundiza en esta nueva era.

Porque más allá de sanciones económicas, operaciones militares o presiones diplomáticas, Washington ha entendido que la batalla más importante también se libra en el terreno psicológico, simbólico y político.

La erosión progresiva de figuras emblemáticas del chavismo, las fracturas internas del poder, la desconfianza sembrada dentro de sus propias estructuras, la percepción de la opinión pública de que Marcos Rubio y Donald Trump son quienes ordenan y el gobierno encargado es quien obedece y la utilización de operadores económicos convertidos luego en piezas judiciales, forman parte de una estrategia mucho más amplia de desgaste y reconfiguración del poder venezolano.

El objetivo no parece limitarse únicamente a castigar dirigentes. La verdadera apuesta estratégica parece orientada a debilitar gradualmente la legitimidad histórica del chavismo, fragmentar sus estructuras internas y abrir el camino hacia un futuro gobierno mucho más alineado con los intereses geopolíticos y económicos de Washington.

Y en medio de esa guerra silenciosa de inteligencia, presión económica y manipulación política, Alex Saab terminó convertido en algo mucho más grande que un empresario, una pieza clave dentro de la larga disputa por el control político y estratégico de Venezuela.