Editorial 091: Del Péndulo Americano a la Disputa Multinodal y policéntrica
26 de octubre de 2026. Por Comité Editorial Revista KontraPortada
El Sur Global y la Reconfiguración del Poder Mundial tras la Victoria de Lula en Brasil
El proceso electoral en Brasil es un hecho cumplido: Luiz Inácio Lula da Silva continuará siendo el presidente. En este periodo de la “Patria Milagro”, parece ser que la Virgen de Aparecida, patrona de Brasil, le hizo el milagro a Lula para remontar en segunda vuelta en un triunfo histórico frente a Bolsonaro. No es usual que quien pierde en primera vuelta, gane en la segunda: más con un margen tan significativo, logrando 10 millones de votos adicionales a los del primer balotaje y en un escenario de derechización de América Latina, granjas de bots y protestantismo antidemócrata.
En Brasil se estaba definiendo gran parte de lo que acontece en la geopolítica mundial. Sin ser este país uno de los ejes de la redefinición de época —donde los que tienen el control y se lo disputan son China, Rusia, EE.UU. e India—, de todas maneras, es la mayor potencia de sudamérica y uno de los fundadores y articuladores de los BRICS. Desde la Revista KontraPortada queremos aportar un análisis de las vigencias, de las perspectivas y los horizontes que se mueven en estos cambios de la época en la que se están redefiniendo los ejes del paso de un mundo unipolar a un mundo multipolar.
Transición de Época y el Papel de la Guerra
En la transición de época, la guerra, directa o indirecta, es la que está redefiniendo las áreas de influencia y los ejes de poder. Chas W. Freeman Jr. en un escenario donde el mundo unipolar está dejando de funcionar, habla de los poderes multinodales y policéntricos, de la pluralidad y de las nuevas pluralidades políticas, dado que cada uno de los poderes que se está consolidando necesita y quiere mantener áreas de influencia. Así, cada uno de los poderes múltiples busca áreas de influencia, constituyéndose en un nodo de convergencia.
El mundo reticular se está conformando y define un cambio de época. Acá estamos contrastando el cambio de periodo de gobierno con el cambio de época a nivel global. En la geopolítica, lo que más impulsa el cambio es la guerra, no la política, interpretación que exceptúa la caída de la URSS, donde el Ejército Rojo quedó fuera de escena. Con Clausewitz, si no hay política, los objetivos de lo militar carecen de sentido.
En esta transición de época EE.UU. está involucrado en dos guerras. En la guerra de Ucrania, aunque plantea la paz, la ha promovido y está muy atento —con la pretensión de sacar de la discusión a Zelenski y a sus aliados más importantes de Europa—, plantea que la solución negociada se defina sin Zelenski, sin Ucrania, por cuenta de EE.UU. y Rusia, con invitación especial seguramente a China. Pero los resultados finales son producto de la guerra, no de la diplomacia.
El conflicto con Rusia está por dirimirse en el campo de batalla. Rusia no quiere una negociación, no quiere nada que no sea una paz estratégica, que pasa por la aniquilación del poder militar del régimen de Zelenski; aspira a un cambio de régimen, por eso no le da validez a la discusión diplomática con Zelenski, lo quiere fuera del gobierno y del poder, y muy seguramente optará, de acuerdo con sus recursos estratégicos, por copar a Ucrania como país.
Cerca la posibilidad que el territorio quede al arbitrio de la OTAN o de Europa, porque al final el objetivo de esta guerra es acabar con la capacidad militar de Ucrania, que durante diez años preparó la OTAN y todas las fuerzas de Occidente, incluida EEUU, con la idea de destruir el poder ofensivo ruso. Pero no resultó; esta guerra está perdida en términos de una guerra convencional: es una guerra proxy que la OTAN maneja junto con EE.UU., que dejó activo el principio militar de colaboración por debajo de la mesa, pidiendo una negociación diplomática, que es lo que Putin finalmente no quiere.
Igual está ocurriendo en Irán. Este país seguramente logre, dependiendo del resultado de la guerra que está activa, recuperar un espacio dentro de la región de Medio Oriente y se consolidará o no como un poder regional. Esta es la disputa de hoy. Un Israel que, como resultado y como operación, continúa y quiere continuar la guerra en la cabeza de Netanyahu, quien también quiere seguir como primer ministro. No solo la guerra está definiendo la capacidad de Israel de ser la punta de lanza de los EE.UU. en esa área que está perdiendo, desde el punto de vista económico y político, sino también militar. Israel, en ese sentido, es una baza fundamental para poder mantener la hegemonía de EE.UU. en la región de Oriente Medio.
Esta es exactamente la situación que se juega. El centro de gravedad de esta disputa no solo es político, también es militar; en este momento no hay un ganador absoluto, se está en una suerte de «toma y daca», de ping-pong de la guerra, donde las retaliaciones y los ataques son recíprocos. Pero la definición de esta guerra está por determinarse. Puede ser una guerra para EE.UU. de larga duración, pero lo que se ve desde el punto de vista político, militar y económico es que, Irán teniendo el control del estrecho de Ormuz, va a ejercer presión económica sobre las economías que dependen del petróleo del golfo Pérsico.
Esta situación económica es la que va a permitirle a Irán sacar adelante una agenda de autonomía, de soberanía, de recuperación de los fondos que tiene en Occidente, de salir de las sanciones a las que está sometida y erigirse como un poder regional. Es tan fuerte el escenario geopolítico que allí se plantea como recurso estratégico el uso de armas nucleares por parte de los aliados de EE.UU.; sin embargo, salirse de una guerra no convencional, una guerra asimétrica, hacia una guerra atómica tiene consecuencias.
Seguramente esto ha sido sopesado por parte de la administración Trump. No hay duda de que Israel usaría ese recurso estratégico si no tuviera la restricción norteamericana, pero igual, hasta hoy, es un escenario, aunque esté planteado en el campo de batalla, políticamente tiene obstáculos muy grandes. Irán aunque no tiene armas nucleares, también plantea que tiene capacidad de respuesta en ese sentido y atacaría los lugares donde Israel preserva o protege sus bombas atómicas.
Estos dos escenarios son los lugares donde la guerra está definiendo cómo van a ser los poderes regionales, los poderes subsidiarios de estos poderes multinodales, que tienen que moverse en una dinámica de pluralidad controlada. En el caso de Israel, es un poder delegado, un poder proxy, un poder de guerra a través de terceros; pero lo que es evidente es que EE.UU., aunque le da muchas libertades de acción, no va a permitir que se salga de lo que son sus áreas de interés nacional.
El «Escudo de las Américas» y la Presión en Occidente
EE.UU., por su lado, en esta parte de Occidente, ha hecho un nuevo acuerdo con los países latinoamericanos, el Caribe y las Antillas para crear lo que han denominado el «Escudo de las Américas»; estos países dada la condición de ser afines a las políticas de derecha que pregona Trump y los EE.UU., se han adherido voluntariamente. En su momento, el gobierno de Petro en Colombia, se negó a pertenecer, o por lo menos planteó un margen de negociación; con el triunfo cuestionado de Abelardo de la Espriella en Colombia, solo quedaron Cuba, México y Brasil por fuera de la adhesión a este nuevo acuerdo del área de influencia de los EE.UU.. En este escenario el triunfo de Lula debilita la hegemonía política de derecha del Escudo de las Américas.
Latinoamérica, las Antillas y el Caribe es el área de interés de la seguridad nacional de los EE.UU., el mal llamado “patio trasero”. EEUU amenaza militarmente a Cuba poniéndole la flota norteamericana al frente, coaccionando la redefinición del régimen político y económico. Ese cambio de régimen político no se ha descartado por la vía militar, porque desde la instancia política Cuba goza todavía de algunos favores de Rusia y de China. Es decir, aquí todavía sigue jugando el factor de la Guerra Fría y de las áreas de influencia.
En el resto de América, la tendencia es a que los gobiernos, vía transiciones democráticas y elecciones sobre las que no se ejerce dominio se definan los nuevos poderes nacionales; las elecciones se hacen con software modernos que son fácilmente controlables, donde los Estados nación están perdiendo autonomía y capacidad de manejo frente a los poderes de EE.UU. y la coalición tecnopolítica. Los gobiernos que han triunfado -con elecciones cuestionadas- tienen una vocación de derecha y extrema derecha.
Brasil junto con México y Cuba, mantienen autonomía en cuanto a algunas decisiones. El posible apoyo desde los nodos de Rusia o China difícilmente llega con la claridad que se espera, salvo en un escenario como los BRICS, donde prima lo económico. Desde el punto de vista político y/o militar, el caso venezolano demostró que no hay colaboración de Eurasia; EE.UU. adelantó la operación especial, con la detención de Maduro y el posterior control de los recursos estratégicos venezolanos. América Latina en materia militar representa un no poder. Aquí no hay bombas atómicas ni recursos militares estratégicos.
Sin embargo, Brasil es uno de los países del Sur Global más significativos; a través de los BRICS está vinculado a los nuevos poderes de Rusia, China e India. Los BRICS tienen el sentido de organizar las cadenas de suministro y los mercados del Sur Global, de crear nuevos vínculos económicos a través de cooperación, y repetimos: no es una alianza política ni militar, por lo menos hasta ahora. Pero que esté bajo la tutela de China y Rusia implica que hay una tendencia hacia la pertenencia a estos nuevos poderes que están en disputa a través de la guerra.
El triunfo de Lula en Brasil, permite el fortalecimiento de su economía a través de los BRICS y un margen de autonomía del poder hegemónico norteamericano y de su influencia en la región. Brasil, México y Cuba por ahora se mantienen fuera de los acuerdos del Escudo de las Américas. Con relación a Cuba se está acercando el escenario a una solución militar, dado que los procesos electorales como tal no van a cambiar el control que ejerce el Estado heredero del régimen de los Castro; pasará por estrechar mucho más el aislamiento a que está sometida y, finalmente, a una situación de desgaste, presión y coacción de parte de los EE.UU..
El Péndulo Político y las Nuevas Incógnitas en el Cono Sur y Centroamérica
Brasil no perdió el lugar que ocupa en el progresismo latinoamericano y en los BRICS. Además, en el tránsito del mundo unipolar al multipolar, donde el Escudo de las Américas es el lugar de construcción de una nueva alianza para Occidente teniendo como nodo a EEUU, también deja saldos no favorables, como el caso de Canadá su antiguo aliado, que hoy es una rueda suelta. Si funciona este proceso histórico en América Latina como un péndulo que va y viene —donde hay momentos en que los gobiernos de izquierda o populares ascienden y luego la derecha empieza a coparlo todo—, parece ser que el tope máximo de estos ejes en los que se mueve la geopolítica de las Américas está de vuelta. Esperemos que así sea.
Esto puede ir acompañado de la situación norteamericana que tiene elecciones próximamente, las midterms, donde la hegemonía, hasta ahora total del gobierno de Donald Trump podría debilitarse si los demócratas logran copar el Senado y la Cámara; las aguas que han fluido fácil se podrían enrarecer. Aunque los demócratas ganen, tanto el Escudo de las Américas, como las políticas antimigratorias no tendrán reversa inmediata, pero mínimamente se impulsarán cambios en la economía y en la reorientación de los ejes de la diplomacia.
Canadá, ha optado por una alianza con Europa y de alguna manera con China; no obstante, en un escenario alterno al Escudo de las Américas podría fortalecer vínculos con México -que han estado siempre ahí-, y con Brasil como uno de los ejes de los BRICS; esta podría ser la alianza contrahegemónica de importantes economías de América sin tener como nodo a los EEUU: Canadá, México y Brasil en articulación con los BRICS; sin embargo Canadá, hasta el momento, no mira al sur como interlocutor válido.
Los EE.UU. van a tener que recurrir a nuevas políticas, porque las de la Guerra Fría no funcionan para el control estratégico de sus áreas de influencia; tendrían que permitir una serie de desarrollos y cambios, favoreciendo una política de pluralidades. Vamos a ver si el efecto dominó de la caída de los gobiernos alternativos e izquierda en América Latina se reversa y empieza, desde esta victoria de Brasil, a gestar nuevos procesos.
De todas maneras, para los países latinoamericanos hay una nueva referencia: la posibilidad de que este péndulo que iba indefinidamente hacia la derecha haya parado en Brasil. Vamos a ver qué tanta reversa tiene para que nuevamente gobiernos alternativos lleguen al poder. Por ahora, para el resto de Latinoamérica, las Antillas y el Caribe se entroniza la hegemonía norteamericana producto de la dominación tradicional, como el sino de haber nacido «América para los americanos». Vamos a ver cuánto dura.
El Escudo de las Américas además de generar un escenario geopolítico en el tránsito del mundo unipolar al multipolar, cimenta una ideología antidemocrática y de guerra fría, donde el adversario político es el principal enemigo al que se le persigue, se judicializa, se elimina. En Ecuador, Noboa es contundente en el uso de las hegemonías y arbitrariedad desde su posición de extrema derecha: detiene a Luisa González, excandidata presidencial del Movimiento Revolución Ciudadana, quien en su momento denunció fraude electoral.
En Colombia se plantea en palabras de De la Espriella «destripar» o desaparecer a la izquierda, pretende que se le otorguen poderes especiales para hacer la lista OFAC criolla para abrogarse el derecho a judicializar, se firman memorandos de entendimiento con Marco Rubio empeñando los minerales estratégicos a espaldas del Congreso y el país. El estado social de derecho se encuentra en ciernes de ser resquebrajado, sin que los pesos y contrapesos del sistema democrático se pronuncien. Por su parte, los medios de comunicación del establecimiento reproducen narrativas que lapidan la oposición y guardan silencio frente a las decisiones de los mandatarios de derecha y extrema derecha.
Y como agenda militar, vemos a un Bukele y al ejército salvadoreño en Haití, haciendo de policía del mundo, reproduciendo la versión norteamericana de invasiones militares. Ojalá esta no sea la nueva modalidad con la que se va a enfrentar a los gobiernos alternativos, en que los estados afines al gobierno de Trump empiecen a ejercer la función de ser proxys, desatando conflictos militares, porque implicaría un desequilibrio muy grande para los juegos de la democracia. En este nuevo ejercicio de las derechas, la democracia al final es la gran perdedora.