Editorial 89: ¿Cuánta democracia hay en mundo Multipolar?
11 de octubre de 2026
Resumen: En el actual cambio de época, marcado por el tránsito del orden unipolar a un escenario multipolar, la pregunta sobre cuánto margen le queda a la democracia en la reconfiguración del poder resulta indispensable. El tránsito contemporáneo de la hegemonía unipolar a una reconfiguración geopolítica multipolar determinada por una «trilogía» ampliada de poder (Estados Unidos, China, Rusia e India), desplaza gradualmente los canales diplomáticos en favor de la coacción estratégica. En esta reconfiguración, mientras las potencias globales disputan y aseguran sus esferas de influencia, la democracia ocupa un lugar secundario; ante esto, para un país como Colombia, la alineación diplomática incondicional con Washington —como la impulsada en el marco del «Escudo de las Américas»— representa una estrategia de alto riesgo e ineficacia, por lo que la oportunidad geopolítica radica en mantener una postura de autonomía estratégica que preserve la estabilidad institucional a largo plazo e interlocución con los bloques emergentes.
Introducción
En el actual cambio de época, marcado por el tránsito del orden unipolar a un escenario multipolar, la pregunta sobre cuánto margen le queda a la democracia en la reconfiguración del poder resulta indispensable. Los grandes virajes mundiales no ocurren de la noche a la mañana, sino mediante prolongados y complejos procesos de reacomodo geopolítico donde los viejos actores buscan preservar o recuperar sus áreas de influencia, mientras las potencias emergentes pugnan por consolidar su predominio.
Tal como lo analizó Nicolás Maquiavelo en El Príncipe y en sus Discursos sobre la primera década de Tito Livio, la dinámica del poder se mueve en la tensión entre la conservación de la hegemonía y la dinámica de las potencias ascendentes. Aunque las proyecciones teóricas planteaban un tránsito conducido por vías pacíficas, diplomáticas y políticas, la realidad muestra que el equilibrio de poder se está definiendo, de manera predominante, mediante el recurso a la fuerza y la guerra.
Este incipiente orden multipolar —que por lo pronto se asemeja más a un desorden universal— se estructura en torno a una «trilogía» de poder. Remitiéndonos a la clásica analogía de Los tres mosqueteros de Alejandro Dumas (quienes en realidad eran cuatro), la trilogía tradicional conformada por Estados Unidos, Rusia y China suma a la India como el cuarto eje decisivo. En este tablero, cabe preguntarse qué rol desempeña cada uno, quién es D’Artagnan, qué tipo de democracia o régimen político representan, cuáles son los retos que enfrentan y cuáles son las oportunidades para el concierto de naciones.
La India: Posición bisagra y la “democracia” más poblada del mundo
Con una población que supera los 1.460 millones de habitantes y un Producto Interno Bruto (PIB) nominal cercano a los 3,9 billones de dólares, la India se consolida como la nación más poblada del planeta y una de las economías de mayor crecimiento. Tras su independencia del Imperio británico en 1947 —proceso liderado por los movimientos de no violencia y desobediencia civil de Mahatma Gandhi—, el subcontinente enfrentó la partición que dio origen a la India y Pakistán (de donde surgiría posteriormente Bangladesh en 1971). Constituida como una república federal parlamentaria desde la entrada en vigor de su Constitución en 1950, la India es considerada la democracia representativa más grande del mundo.
El marco constitucional indio establece que el primer ministro encabeza el poder ejecutivo y la conducción política, requiriendo el respaldo de la mayoría en la cámara baja del parlamento (Lok Sabha) sin un límite formal de mandatos, mientras que la jefatura del Estado y el mando supremo de las Fuerzas Armadas recaen en la Presidencia de la República. Bajo esta estructura, Narendra Modi ejerce su tercer mandato consecutivo tras las elecciones de 2024. Su gestión combina una acelerada modernización técnica con un intenso debate sobre la centralización del poder ejecutivo, los contrapesos institucionales y las libertades civiles.
En materia exterior, la India mantiene una postura pragmática de autonomía estratégica. Aunque tras la Guerra Fría profundizó sus lazos con Estados Unidos, conserva una relación histórica y militar fundamental con Rusia, al tiempo que gestiona una compleja coexistencia vecinal con China. Su participación en foros como el BRICS, la Organización de Cooperación de Shanghái (OCS) y la presidencia del G20 ejercida en 2023, sumada a su estatus de socio de la Asociación de Naciones del Sudeste Asiático (ASEAN), reafirma su condición de actor bisagra entre los bloques de poder. En el plano interno, el país contrasta un notable avance tecnológico e industrial con serios retos de inclusión social, desigualdad y la persistencia del sistema de castas.
China: Centralismo democrático y capitalismo de Estado
En Eurasia oriental, la República Popular China articula su narrativa geopolítica sobre la memoria del «siglo de la humillación» (1839-1949), periodo de subordinación colonial marcado por las Guerras del Opio impuestas por el Imperio británico y la posterior invasión y ocupación del Imperio del Japón. Luego de la victoria del Partido Comunista de China (PCCh) bajo el liderazgo de Mao Zedong en la Guerra Civil y la fundación de la República Popular en 1949, las fuerzas del Kuomintang encabezadas por Chiang Kai-shek se replegaron a la isla de Taiwán, consolidando una división territorial que sigue siendo motivo de alta tensión internacional.
Bajo la conducción exclusiva del PCCh y organizado mediante el principio del centralismo democrático, el Estado chino opera mediante una estructura jerarquizada y centralizada. Xi Jinping ostenta de forma simultánea la Secretaría General del Partido, la Presidencia del Estado y la Comandancia de las Fuerzas Armadas, gobernando en coordinación con el Buró Político y su Comité Permanente. No obstante, el monopolio de un partido único, el modelo económico no responde a una planificación socialista clásica, sino a lo que la doctrina oficial denomina «socialismo con características chinas». Este esquema combina la planificación estatal y el control de sectores estratégicos con dinámicas de mercado y un fuerte sector privado donde participan prominentes empresarios integrados al propio partido.
Actualmente, China representa la segunda economía mundial por PIB nominal (entre 18,5 y 19,5 billones de dólares) y la primera al medirse por Paridad de Poder Adquisitivo (PPA), superando los 30 billones de dólares internacionales. Asimismo, ejerce un dominio determinante en la cadena global de tecnología al concentrar cerca del 60 % de la extracción y el 90 % del refinado de tierras raras a nivel mundial, lo que le otorga una capacidad de respuesta frente a las sanciones y aranceles de Occidente.
Este desarrollo económico se cimentó a partir de 1978 con la «reforma y apertura» impulsadas por Deng Xiaoping, las cuales permitieron tasas de crecimiento sostenidas cercanas al 9 % anual y lograron sacar de la extrema pobreza a más de 800 millones de personas. Sin embargo, su principal foco de conflicto geopolítico continúa siendo el estrecho de Taiwán. Mientras Beijing ratifica el principio de «Una Sola China» e insiste en la reunificación —ya sea por la vía diplomática o mediante el uso de la fuerza—, Washington preserva su alianza de seguridad y aprovisionamiento militar con Taipéi, convirtiendo a la isla en un escenario crítico para la estabilidad global.
Rusia: Concentración de poder y control estratégico de recursos
Tras la disolución de la Unión Soviética en diciembre de 1991 —antecedida por hitos como la caída del Muro de Berlín en noviembre de 1989—, la Federación Rusa atravesó una severa crisis institucional y socioeconómica durante la década de 1990. No obstante, a lo largo del siglo XXI logró reconstruir su proyección internacional gracias a la gestión de sus vastas reservas energéticas.
Rusia alberga entre el 17 % y el 20 % de las reservas mundiales probadas de gas natural y cerca del 6 % de las de petróleo, recursos que la convirtieron en el principal surtidor energético de Europa. Un ejemplo claro de esta dependencia fue la industria alemana, cuyos sectores manufacturero y farmacéutico requerían del hidrocarburo ruso no solo como fuente de energía, sino como insumo fundamental para sus procesos de transformación industrial.
Durante los últimos veinticinco años, bajo la hegemonía política de Vladimir Putin —quien asumió su quinto mandato presidencial en marzo de 2024—, el Estado ruso ejecutó un ambicioso programa de modernización militar y nuclear. Las crecientes fricciones con la OTAN por la arquitectura de seguridad europea y el rechazo de Moscú al acercamiento geopolítico de Ucrania a la Alianza Atlántica desembocaron, en febrero de 2022, en la invasión a escala completa de dicho país.
Lo que inicialmente se planteó como una operación militar rápida derivó en un prolongado conflicto de desgaste. A pesar de las sanciones impuestas por las potencias occidentales, la economía rusa ha mantenido su operatividad, situándose en torno a los 7,2 billones de dólares internacionales en mediciones de PIB por Paridad de Poder Adquisitivo.
Esta confrontación aceleró la consolidación de una alianza euroasiática entre Moscú y Beijing. Dicho acercamiento contrasta con el cisma chino-soviético de la década de 1960 entre Nikita Jrushchov y Mao Zedong, ruptura que en los años setenta fue aprovechada por la diplomacia estadounidense de Richard Nixon y Henry Kissinger para atraer a China hacia la órbita de Occidente. Hoy, la convergencia entre Rusia y China busca articular un polo de desarrollo e influencia alternativa en Eurasia frente a los países occidentales.
Estados Unidos y la reconfiguración de las esferas de influencia
Frente al afianzamiento del bloque euroasiático, el orden unipolar encabezado por Estados Unidos experimenta un replanteamiento de su hegemonía global. Si bien mantiene la primera posición económica mundial con un PIB nominal superior a los 28 billones de dólares, la dinámica tripartita descrita por Kissinger —según la cual una potencia debe procurar formar parte de la alianza de dos frente a uno— se muestra desfavorable para Washington ante la estrecha cooperación chino-rusa y la posición no alineada de la India.
En el terreno de la estrategia militar y de seguridad exterior, la persistencia de los conflictos asimétricos evidencia las limitaciones de la coacción y la ocupación permanente. Como reveló en su momento el general retirado Wesley Clark al referirse a las planificaciones sobre diversos países de Medio Oriente y el Norte de África (Irak, Libia, Siria, Líbano, Somalia, Sudán e Irán), la imposición militar sobre las instituciones de un Estado no garantiza la estabilidad ni la hegemonía duradera frente a esquemas de defensa prolongados. Muestra de ello es la persistencia de la confrontación con Irán, en el tablero de Oriente Medio.
Ante este escenario global, Washington tiende a reforzar su control e influencia sobre su entorno geográfico inmediato en el hemisferio occidental. América Latina y el Caribe —región que alberga a más de 660 millones de personas y representa cerca del 7,3 % del PIB global— enfrentan renovadas presiones diplomáticas y económicas orientadas a asegurar el alineamiento regional. En este contexto, actores económicos clave como Brasil (con un PIB nominal cercano a los 2,19 billones de dólares) y México (1,83 billones de dólares) resultan determinantes para la propuesta hemisférica de EE. UU.
Por su parte, Colombia no permanece ajena a las presiones de esta reestructuración multipolar. Con el cuestionado triunfo electoral de Abelardo de la Espriella, el país se alineó incondicionalmente con las demandas de seguridad y diplomacia provenientes de Washington en el llamado Escudo de las Américas; queda aplazada la evaluación de oportunidades de interlocución con los bloques emergentes del sistema internacional.
La propuesta del «Escudo de las Américas» responde a un esfuerzo estratégico de Estados Unidos por redefinir su área de influencia hemisférica y asegurar la hegemonía de su proyecto geopolítico e ideológico frente al avance de la multipolaridad global. No obstante, la viabilidad y densidad de esta proyección están supeditadas a la dinámica política interna norteamericana: la alternancia de poder entre demócratas y republicanos modifica las prioridades y la naturaleza misma del liderazgo estadounidense, oscilando entre un enfoque unilateralista y posturas más inclinadas al multilateralismo o la diplomacia preventiva.
A pesar de que el resultado electoral puede erosionar la cohesión doctrinaria impulsada por actores como Marco Rubio, la iniciativa refleja el intento de Washington por resituar al continente americano como un vector defensivo y estratégico prioritario, en un contexto marcado por la competencia con otras potencias globales y el reacondicionamiento del orden internacional tras los recientes giros en su política exterior, especialmente en su apuesta de derrotar a Irán.
En el marco de la política exterior colombiana, la alineación irrestricta con el gobierno estadounidense de turno resulta una estrategia de alto riesgo e ineficacia diplomática, dada la consolidación institucional de la alternancia partidista en Estados Unidos. Ante la posibilidad de recomposiciones en el poder legislativo —como un eventual triunfo demócrata en las elecciones de medio término—, una postura de incondicionalidad carece de sostenibilidad táctica.
Si bien existe una continuidad histórica en los intereses estratégicos de Estado en Washington más allá de los cambios de administración, el capital político y el respaldo hacia interlocutores específicos varían significativamente según la orientación del partido dominante: figuras con alta sintonía con el ala republicana pierden capacidad de influencia en un entorno de hegemonía demócrata, mientras que actores actualmente cuestionados, como el expresidente Petro, podrían articular alianzas de igual o mayor relevancia estratégica. Por ello, supeditar las relaciones bilaterales a coyunturas electorales volátiles sacrifica la estabilidad diplomática de largo plazo en función de réditos políticos inmediatos e ilusorios.
Conclusión
La reconfiguración del sistema internacional hacia un orden multipolar no está conduciendo, como se preveía en el plano teórico, a una ampliación del espacio democrático global. Por el contrario, la gobernanza mundial se encuentra crecientemente determinada por regímenes de centralización ejecutiva, modelos de partido único o democracias parlamentarias tensionadas por tendencias autoritarias, donde la efectividad del control estatal y la acumulación de poder militar y económico se imponen sobre los contrapesos institucionales.
En este contexto, la competencia geopolítica entre la hegemonía unipolar y los bloques euroasiáticos emergentes desplaza gradualmente los canales diplomáticos en favor de la coacción estratégica y el conflicto. La viabilidad de las libertades democráticas y el Estado social de derecho dependerá de la capacidad de las naciones para preservar su autonomía institucional y evitar que la redefinición del mapa global se resuelva mediante la sola imposición de la fuerza.
Por: Comité Editorial KontraPortada (AHM, FEM).