La voz que me enseñó a escuchar el mundo
“He sido testigo de cómo la radio ayuda a las personas a orientarse en medio de la incertidumbre. He visto cómo alguien, después de escuchar un programa, entiende por primera vez sus derechos. Cómo alguien deja de sentirse solo. Cómo una comunidad comienza a reconocerse a sí misma”.
15 de febrero de 2026
Hugo René Orejuela, periodista de la Radio Air Libre de Bruxelles y del Consejo de Edición de KontraPortada.
Cada 13 de febrero no es un día cualquiera para mí. Es el Día Mundial de la Radio. Y lo siento como algo profundamente personal. No es una fecha abstracta ni una conmemoración distante. Es parte de mi propia historia. Es, en muchos sentidos, la historia de mi vida.
Han pasado más de treinta años desde la primera vez que me senté frente a un micrófono en Radio Air Libre de Bruxelles. Treinta años escuchando voces, silencios, acentos, historias. Treinta años aprendiendo que la radio no es solo un medio de comunicación. Es un acto de confianza.
Recuerdo que cuando llegué a Bruselas, como tantos otros migrantes, lo primero que uno pierde no es solo el país. Es la familiaridad. El sonido de las calles, el ritmo de la lengua, esa sensación invisible de pertenecer. La radio fue uno de los primeros lugares donde volví a encontrarme. No porque me devolviera el pasado, sino porque me permitió construir un presente.
El Día Mundial de la Radio se celebra el 13 de febrero porque ese día, en 1946, comenzó a transmitir la Radio de las Naciones Unidas. Décadas después, la UNESCO decidió reconocer su papel como herramienta de diálogo entre los pueblos. Pero quienes hacemos radio sabemos que su verdadero valor no está en los decretos, sino en lo que ocurre cada vez que una voz cruza el aire y llega a alguien que la necesita.
La radio nació como un experimento. donde a finales del siglo XIX, Guglielmo Marconi logró enviar señales inalámbricas a distancia, probablemente no imaginaba que estaba abriendo una puerta que cambiaría la forma en que el mundo se escucharía a sí mismo.
Décadas después, la radio se convirtió en la voz de los grandes acontecimientos. Narró guerras, anunció el fin de conflictos, transmitió discursos que marcaron generaciones. Pero también está presente en los momentos pequeños: en las madrugadas solitarias, en las cocinas humildes, en los campos donde la señal es la única conexión con el exterior. Sin embargo, su verdadera revolución no fue tecnológica. Fue social.
He visto cambiar el mundo desde este lado del micrófono. He visto aparecer la televisión digital, internet, las redes sociales, las plataformas que prometían reemplazarlo todo. Y sin embargo, la radio sigue aquí. No compite. Resiste. Se adapta. Se transforma. Pero no pierde su esencia. Porque la radio tiene algo que ninguna otra tecnología ha logrado sustituir: cercanía.
En Europa, donde millones de personas vivimos lejos de nuestro país de origen, las radios comunitarias con espacios para migrantes cumplen una función que va mucho más allá del entretenimiento. Son espacios donde se explica cómo regularizar la situación migratoria, donde se traducen leyes que son escritas en otro idioma, donde se comparten derechos laborales que muchos desconocen. Son también espacios donde podemos volver a escuchar nuestro acento, nuestra música, nuestra cultura. Donde podemos sentirnos menos extranjeros.
En Radio Air Libre de Bruxelles entendí que la radio comunitaria no nace del mercado. Nace de la necesidad. Aquí, en estos estudios muchas veces modestos, sostenidos por el compromiso voluntario, he visto pasar generaciones enteras. Migrantes que llegaron con miedo y encontraron una voz. Jóvenes que buscaban un espacio para decir lo que no cabía en otros lugares. Mujeres, trabajadores, estudiantes, exiliados. Cada uno con una historia que merecía ser escuchada. La radio libre tiene esa magia. No pregunta de dónde vienes. Pregunta qué tienes que decir.
He sido testigo de cómo la radio ayuda a las personas a orientarse en medio de la incertidumbre. He visto cómo alguien, después de escuchar un programa, entiende por primera vez sus derechos. Cómo alguien deja de sentirse solo. Cómo una comunidad comienza a reconocerse a sí misma.
En una ciudad como Bruselas, donde conviven tantas culturas, múltiples identidades, la radio ha sido un puente, ha sido históricamente refugios de esa diversidad. En Radio Air Libre, así como Radio Panik o Radio Campus y en otras radios libres de Bélgica, se cruzan idiomas, memorias y luchas. Han abierto sus micrófonos a quienes no siempre tienen espacio en los grandes medios. Aquí no importa el origen, importa la voz. Importa la historia que cada quien trae consigo. Aquí la radio no es un producto. Es un espacio de encuentro.
En muchos lugares del mundo, la radio sigue siendo el único medio posible. En zonas rurales, en territorios en conflicto, en comunidades olvidadas por la infraestructura digital, la radio continúa siendo la forma más directa de acceder a la información. No necesita algoritmos. No necesita conexión permanente. Solo necesita una señal… y alguien dispuesto a escuchar.
A lo largo de estos treinta años también he aprendido algo fundamental: la radio no es solo hablar. Es saber escuchar. Escuchar al otro sin interrumpir. Escuchar las historias que no aparecen en los titulares. Escuchar lo que el poder muchas veces quiere que permanezca en silencio.
Hoy, en la era de los algoritmos y la velocidad, donde todo parece medirse en clics y estadísticas, la radio sigue ofreciendo algo distinto: tiempo. Tiempo para pensar. Tiempo para comprender. Tiempo para conectar.
No necesita pantallas. No necesita grandes infraestructuras. Solo necesita una frecuencia abierta y la voluntad de comunicar con honestidad.
Para quienes hemos dedicado la vida a la radio, este día no es una celebración nostálgica. Es una reafirmación. La radio sigue siendo necesaria. Sigue siendo un espacio de libertad.
Porque mientras exista una persona dispuesta a tomar el micrófono con responsabilidad y otra persona al otro lado dispuesta a escuchar, la radio seguirá viva.
Yo lo sé. Lo he vivido durante treinta años. Y cada vez que se enciende la luz roja del estudio, confirmo que la radio no es solo un medio. Ha sido una forma de existir.