¿la arquitectura comunicacional que permitió la victoria del "No" en el plebiscito por la paz de 2016 evolucionó durante la última década hasta convertirse en un modelo electoral permanente de la derecha colombiana?
28 de junio de 2026.
Por Hugo René Orejuela. KontraPortada
Las elecciones presidenciales de 2026 marcarán un antes y un después en la historia política de Colombia. No solo porque pusieron fin al primer gobierno progresista encabezado por Gustavo Petro, sino porque abrieron un debate mucho más profundo sobre la manera en que hoy se construyen las victorias electorales en las democracias contemporáneas.
A simple vista, el triunfo de Abelardo de la Espriella podría explicarse por factores conocidos: el desgaste natural del gobierno, la polarización política, las dificultades económicas, el deterioro de la seguridad, los errores de comunicación del progresismo o la capacidad de la oposición para capitalizar el descontento ciudadano. Todos estos elementos forman parte de cualquier análisis serio.
Pero existe otra lectura que merece ser explorada. Este artículo no pretende demostrar la existencia de una conspiración ni sustituir el trabajo que corresponde a las autoridades electorales o a los investigadores académicos.
Su propósito es formular una hipótesis política que considero legítima y necesaria, ¿la arquitectura comunicacional que permitió la victoria del "No" en el plebiscito por la paz de 2016 evolucionó durante la última década hasta convertirse en un modelo electoral permanente de la derecha colombiana? La pregunta no surge del azar.
Nace de la comparación entre dos procesos que, aunque diferentes en su naturaleza, presentan coincidencias políticas, territoriales y comunicacionales que llaman poderosamente la atención.
El 2 de octubre de 2016 Colombia acudió a las urnas para decidir si respaldaba o rechazaba el Acuerdo Final de Paz firmado entre el Gobierno de Juan Manuel Santos y las FARC-EP. Contra la mayoría de los pronósticos, la opción del No se impuso con el 50,21 % de los votos frente al 49,78 % del Sí, una diferencia de apenas 53.894 sufragios.
La sorpresa no terminó con el resultado. Días después, Juan Carlos Vélez Uribe, gerente de la campaña del No, explicó públicamente algunos aspectos de la estrategia utilizada. Sus declaraciones marcaron un punto de inflexión en la comunicación política colombiana.
Según sus propias palabras, la campaña dejó de concentrarse en explicar el contenido del Acuerdo de Paz para privilegiar mensajes orientados a despertar indignación.
También reconoció que el electorado fue segmentado por regiones y que se diseñaron narrativas distintas según las preocupaciones de cada territorio, buscando que la ciudadanía acudiera a las urnas impulsada más por la emoción que por el análisis racional.
Aquellas declaraciones fueron recibidas con sorpresa por buena parte del país. Más allá de las controversias posteriores, dejaron una enseñanza que hoy resulta imposible ignorar: en la política contemporánea las emociones pueden movilizar más votos que los programas de gobierno.
Diez años después, las elecciones presidenciales de 2026 parecen mostrar la evolución de esa lógica. La campaña de Abelardo de la Espriella se estructuró alrededor de un conjunto de mensajes simples, directos, altamente emocionales y violentos.
La seguridad, el orden, la autoridad y la promesa de "recuperar el país" ocuparon el centro del debate. Paralelamente, el progresismo fue presentado por distintos actores políticos y comunicadores afines como responsable del deterioro de la seguridad, de una infundada crisis económica y de una supuesta pérdida de autoridad del Estado.
El fenómeno alcanzó su máxima expresión cuando la confrontación política dejó de girar exclusivamente alrededor de propuestas de gobierno para trasladarse a la construcción del adversario.
Durante la campaña, Iván Cepeda denunció la difusión de vallas publicitarias, imágenes y contenidos digitales en los que aparecía caracterizado como integrante de las antiguas FARC-EP, mientras otras piezas representaban al entonces candidato Abelardo de la Espriella aplastando con su pie la cabeza de un supuesto guerrillero identificado con el líder progresista.
Más allá de la discusión sobre la autoría de esas piezas, su circulación abrió un debate sobre los límites éticos de la propaganda electoral y sobre la utilización de símbolos asociados al conflicto armado para representar al contradictor político.
En una sociedad que durante más de medio siglo vivió una guerra interna, la construcción del adversario como enemigo absoluto no constituye un asunto menor. Cuando la competencia democrática se reemplaza por la lógica del enemigo a derrotar, el riesgo de profundizar la polarización y debilitar el pluralismo aumenta considerablemente.
Precisamente aquí comienza a aparecer el paralelo con el plebiscito de 2016.No porque ambas campañas sean idénticas, sino porque comparten un elemento común: la utilización de narrativas capaces de movilizar emociones intensas, miedo, indignación, rabia, inseguridad o rechazo, como eje central de la comunicación política.
A ello se suma una coincidencia que merece ser examinada con detenimiento. Tanto el plebiscito de 2016 como la segunda vuelta presidencial de 2026 fueron decididos por márgenes extraordinariamente estrechos. En ambos casos, un reducido porcentaje del electorado inclinó la balanza en favor de la derecha, en medio de una sociedad profundamente dividida.
Existe además un segundo elemento que llama la atención. En ambos procesos, buena parte de las encuestas proyectaban un escenario distinto al que finalmente arrojaron las urnas.
En 2016 numerosos sondeos anticipaban una victoria del Sí; en 2026 varias mediciones situaban a Iván Cepeda en una posición altamente competitiva e incluso algunas contemplaban una ventaja para el progresismo.
Sin embargo, el resultado terminó favoreciendo nuevamente a la derecha por un margen mínimo. Por sí solas, estas coincidencias no demuestran la existencia de una estrategia común. Las campañas electorales responden a múltiples factores y las encuestas no constituyen herramientas infalibles.
Pero cuando los patrones comienzan a repetirse, el deber del periodismo consiste precisamente en formular las preguntas que otros prefieren evitar.
Y quizás la pregunta más importante aún está por responder, ¿qué ocurre cuando se comparan los mapas electorales del plebiscito de 2016 con los de la segunda vuelta presidencial de 2026?Escribe aquí tu párrafo