vigilancia, enemigos internos y la construcción tecnológica del nuevo sentido común.
“1984 llegó tarde: el Gran Hermano ya tiene inteligencia artificial”.
06 de septiembre de 2026.
Por Hugo René Orejuela. KontraPortada.
George Orwell cometió un error. No porque se equivocara al imaginar una sociedad vigilada, manipulada y progresivamente acostumbrada a aceptar que la libertad podía sacrificarse en nombre de la seguridad. Se equivocó simplemente en la fecha. La llamó 1984. Quizás habría debido titularla 2026.
En la novela de Orwell, publicada en 1949, el Gran Hermano representaba un poder que aspiraba a algo mucho más profundo que gobernar. Quería vigilar al individuo, controlar la información, modificar el pasado, determinar quién era el enemigo y, finalmente, intervenir sobre la propia capacidad humana de distinguir entre lo verdadero y lo falso. El poder absoluto no se alcanzaba cuando el ciudadano obedecía, sino cuando terminaba pensando como el poder necesitaba que pensara.
La paradoja es que el siglo XXI ha conseguido construir instrumentos que Orwell difícilmente habría podido imaginar. En la novela 1984 había que instalar telepantallas en las casas para vigilar a los ciudadanos. Hoy no es necesario. Nosotros mismos compramos la telepantalla, la llevamos voluntariamente en el bolsillo, dormimos junto a ella y hasta nos angustiamos cuando se queda sin batería. La llamamos teléfono inteligente.
Mientras buscamos información, compramos, viajamos, reaccionamos a una publicación, escribimos un mensaje o simplemente nos desplazamos por una ciudad, vamos dejando una gigantesca huella digital. Nuestra ubicación, nuestras relaciones, nuestros intereses, nuestros hábitos de consumo, nuestras preocupaciones y comportamientos pueden convertirse en datos. El sueño del Gran Hermano transformado en modelo de negocio. Y esos datos también tienen un extraordinario valor político.
El escándalo de Cambridge Analytica permitió comprender una parte del fenómeno. Millones de perfiles de Facebook fueron obtenidos indebidamente y utilizados en el desarrollo de herramientas de segmentación política. El ciudadano podía dejar de ser simplemente un elector para convertirse también en un conjunto de variables: qué le preocupa, qué teme, qué lo indigna, qué mensaje puede movilizarlo y qué candidato puede resultarle atractivo.
Desde entonces la tecnología no ha retrocedido. Todo lo contrario. Inteligencia artificial, análisis masivo de datos, reconocimiento facial, geolocalización, microsegmentación, algoritmos predictivos, publicidad personalizada, granjas de bots y redes de cuentas coordinadas han multiplicado la capacidad de intervenir sobre el ecosistema informativo.
Sería exagerado afirmar que estas tecnologías simplemente “ponen presidentes”. Una elección depende de múltiples factores y, en una democracia, millones de ciudadanos conservan capacidad de decisión. El fenómeno es más complejo y, precisamente por ello, más inquietante, no es necesario obligar al ciudadano a votar por determinado candidato si se consigue influir sistemáticamente sobre el entorno informativo y emocional dentro del cual toma su decisión.
Primero se identifica el miedo. Después se señala al culpable. Finalmente aparece quien promete protección.
Orwell lo había comprendido. En la novela 1984 existían los célebres Dos Minutos de Odio, durante los cuales la sociedad debía concentrar su rabia contra un enemigo. Nosotros hemos perfeccionado el sistema, ya no necesitamos dos minutos. Tenemos redes sociales funcionando veinticuatro horas al día.
El inmigrante puede convertirse en responsable de la inseguridad. El extranjero, en amenaza para el empleo. El progresista, en destructor de los valores tradicionales. El sindicalista, en enemigo del crecimiento. El periodista crítico, en propagador de mentiras. El activista, en obstáculo para el orden. Y la izquierda puede volver a ser presentada como una amenaza existencial que debe ser derrotada, neutralizada o eliminada.
No importa que los problemas reales, desigualdad, precarización laboral, vivienda, deterioro de los servicios públicos, concentración de riqueza, corrupción o inseguridad, tengan causas extraordinariamente complejas. La propaganda necesita respuestas sencillas. “Usted tiene miedo.” “Nosotros sabemos quién es el culpable.” “Y solamente nosotros podemos protegerlo.”
Cuando esa lógica consigue instalarse, el adversario político deja progresivamente de ser un ciudadano con una concepción diferente de la sociedad y comienza a transformarse en enemigo. Y contra un enemigo, nos dicen, las reglas normales ya no pueden aplicarse. Aquí comienza uno de los mecanismos más peligrosos de nuestro tiempo, la normalización de la excepcionalidad.
La vigilancia deja de llamarse vigilancia y pasa a denominarse prevención. La deportación masiva se convierte en seguridad nacional. La recopilación de información personal se presenta como optimización. La reducción de garantías jurídicas se llama eficiencia. La persecución política puede disfrazarse de defensa institucional. Y la vulneración del Estado de derecho termina presentada eufemísticamente como un “mal necesario”. Todo, naturalmente, por nuestro propio bien.
Es la vieja oferta autoritaria, entréguenos una parte de su libertad y nosotros le entregaremos seguridad. El problema histórico es que el Estado suele recordar perfectamente qué libertades recortó, pero olvidarse con extraordinaria facilidad de devolverlas. Porque lo que se impone se normaliza, supuestamente por el bien común.
Precisamente en este punto es donde aparece Palantir. El nombre resulta casi demasiado perfecto. Palantir procede del universo de Tolkien: las palantíri eran piedras videntes que permitían observar acontecimientos y lugares remotos. En nuestro mundo, Palantir Technologies se ha convertido en una de las compañías más poderosas en integración y análisis de grandes volúmenes de datos.
Fundada en 2003, la compañía desarrolló inicialmente tecnología vinculada a las necesidades de inteligencia y lucha antiterrorista de Estados Unidos. Hoy sus plataformas son utilizadas por organismos gubernamentales, fuerzas armadas, agencias de seguridad y grandes corporaciones. Su capacidad fundamental no consiste simplemente en almacenar información.
Consiste en algo mucho más poderoso, integrar bases de datos diferentes, encontrar relaciones entre ellas y convertir información dispersa en inteligencia utilizable para tomar decisiones.
Eso puede tener aplicaciones extraordinariamente valiosas. Puede ayudar a investigar redes criminales, coordinar operaciones militares, gestionar cadenas de suministro, detectar fraude o administrar infraestructuras complejas. Pero precisamente porque la herramienta es poderosa, debemos formular la pregunta democrática esencial: ¿quién decide contra quién se utiliza?
La relación de Palantir con el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas de Estados Unidos, ICE, ofrece una respuesta inquietante. Las tecnologías de Palantir, han sido utilizadas para integrar información procedente de diferentes sistemas y facilitar investigaciones migratorias. Más recientemente, Palantir recibió un contrato de aproximadamente 30 millones de dólares para desarrollar ImmigrationOS, un sistema destinado, entre otras funciones, a facilitar la identificación y priorización de personas susceptibles de deportación y mejorar el seguimiento del proceso migratorio.
La tecnología permite pasar del antiguo expediente administrativo a una arquitectura donde enormes cantidades de información pueden ser relacionadas, visualizadas y utilizadas operacionalmente. Herramientas vinculadas a este ecosistema permiten representar geográficamente posibles objetivos y ayudar a los agentes a localizar personas.
Pero este programa de perfilamiento no es nuevo, según investigaciones de medios como +972 Magazine y Local Call, han revelado que el ejército israelí en su unidad 8200 utiliza los sistemas de Inteligencia Artificial “Lavender”(Lavanda) y “The Gospel”(El Evangelio) para procesar enormes volúmenes de datos de vigilancia y generar listas de presuntos objetivos palestinos, conocidos como “Kill Chain”(Cadena de Muerte)
Dado que Palantir es una empresa especializada en análisis de datos a gran escala e inteligencia artificial, se ha especulado que su tecnología podría estar integranda o potenciando estos flujos de trabajo de selección de objetivos. Estos sistemas han sido ampliamente criticados por organizaciones internacionales debido a su alto margen de error y el consecuente impacto en la población civil palestina.
No existe evidencia pública confirmada ni admisión por parte de Palantir de que la empresa haya desarrollado u operado directamente los programas de perfilamiento "Lavender" o "Gospel". Sin embargo, la empresa mantiene una relación comercial y de apoyo declarado con las fuerzas de seguridad israelíes en otros contextos, lo que ha llevado a organizaciones de derechos humanos a mantenerla bajo escrutinio por su potencial complicidad en el uso de IA para el perfilamiento y neutralización o asesinato de objetivos palestinos en Gaza.
Y aquí Orwell vuelve a llamar a nuestra puerta. Porque la pregunta ya no es solamente qué sabe el Estado sobre nosotros. Los Estados siempre han recopilado información. La verdadera transformación consiste en qué puede hacer ahora el Estado cuando dispone de tecnologías capaces de conectar, analizar y operar cantidades gigantescas de información sobre millones de personas.
Frente a estos hechos, resulta tentador construir una narrativa en que Palantir y por su extensión sus fundadores, Peter Thiel y Alex Karp, encarnen el mal tecnológico absoluto, porque simplifica una verdad compleja en la que intervienen Estados que solicitan y financian estas tecnologías, marcos regulatorios que las permiten y estructuras de poder más amplias que las legitiman. Palantir es un actor poderoso, pero también un síntoma del sistema, no su causa única.
El verdadero desafío no es identificar a un culpable absoluto, sino comprender cómo se construyen, financian y legitiman las arquitecturas tecnológicas que hoy permiten el perfilamiento masivo, la automatización de la guerra y la erosión de nuestras libertades.
El problema es más estructural. Una tecnología no necesita tener ideología para convertirse en instrumento de un proyecto ideológico. Necesita un cliente, una base de datos y una orden. Por eso el verdadero debate no es solamente Palantir. Es la convergencia entre poder político, poder tecnológico y acumulación masiva de información.
¿Qué sucede cuando gobiernos que han construido su discurso alrededor de la existencia permanente de enemigos internos disponen simultáneamente de herramientas cada vez más sofisticadas para identificar, localizar, clasificar y relacionar personas? ¿Qué ocurre cuando la categoría de amenaza comienza a expandirse? Primero fueron los terroristas. Después pueden ser los inmigrantes irregulares.
¿Mañana quién? Manifestantes, organizaciones sociales, sindicalistas, periodistas, activistas, opositores políticos. La pregunta no significa que esa evolución sea inevitable. Significa exactamente lo contrario: que una democracia debe establecer límites antes de que sea posible.
Porque las instituciones democráticas no fueron diseñadas solamente para protegernos de los delincuentes. Fueron construidas también para proteger al ciudadano frente al poder del propio Estado.
Mientras tanto, otra transformación ocurre en el terreno de la percepción. El Ministerio de la Verdad de Orwell tampoco necesita existir como un gigantesco edificio gubernamental. Puede ser sustituido por un ecosistema mucho más sofisticado donde gobiernos, plataformas, medios ideológicamente alineados, consultores políticos, algoritmos, influenciadores y ejércitos de cuentas falsas disputan permanentemente qué interpretación de la realidad conseguirá convertirse en dominante.
El poder tecnológico del siglo XXI ya no necesita fabricar inmediatamente una mayoría electoral. Puede comenzar fabricando la percepción de que esa mayoría ya existe. Es ahí donde la cuestión deja de ser solamente tecnológica y se convierte en una disputa por la hegemonía cultural.
Por eso los nuevos seudo autoritarismos no necesitan parecerse exactamente a las dictaduras del siglo XX. Pueden conservar elecciones. Pueden mantener parlamentos. Pueden permitir periódicos. Pueden incluso tolerar una oposición.
Pero simultáneamente pueden degradar las garantías jurídicas, normalizar estados permanentes de excepción, transformar minorías en enemigos internos, desacreditar sistemáticamente cualquier disidencia y construir infraestructuras tecnológicas de vigilancia cuya capacidad supera ampliamente todo aquello que imaginaron los antiguos regímenes autoritarios.
No vivimos literalmente dentro de la novela de Orwell 1984. Afirmarlo sería trivializar tanto la novela como las diferencias entre una democracia erosionada y un régimen totalitario. Pero quizá estamos presenciando algo diferente y más propio de nuestro tiempo: la construcción gradual de sociedades pseudo totalitarias dentro de estructuras que todavía conservan formalmente instituciones democráticas.
Ese puede ser precisamente el peligro. Que no exista un día determinado en el cual alguien anuncie que la democracia terminó. Que simplemente nos acostumbremos a no tenerla. Un poco más de vigilancia para que haya seguridad. Un poco menos de privacidad porque existen terroristas. Un poco menos de debido proceso porque hay demasiados inmigrantes. Un poco menos de libertad de expresión porque circula desinformación. Un poco menos de protesta porque necesitamos orden.
Siempre será solamente un poco. Siempre será temporal. Siempre será por nuestra seguridad. Hasta que un día descubramos que aquello que considerábamos excepcional se ha convertido en normalidad.
En la novela 1984 de Orwell, el triunfo definitivo del Partido no consistía simplemente en encarcelar a Winston Smith. Consistía en conquistar su conciencia, conseguir que aceptara como verdadero aquello que el poder necesitaba que fuera verdad.
La gran batalla política del siglo XXI quizá se encuentre precisamente ahí. No solamente en quién gobierna nuestros Estados, sino en quién posee nuestros datos, quién controla las tecnologías capaces de interpretarlos, quién determina qué debemos temer, quién define al enemigo y quién consigue transformar su particular visión del mundo en nuestro sentido común.