la maquinaria digital que disputael voto y fragiliza la democracia

“La batalla democrática ya no se libra solamente por quién gobierna el Estado, sino por quién dispone del poder para construir la realidad que una sociedad termina aceptando como propia”.

30 de agosto de 2026. 

Por Hugo René Orejuela, KontraPortada.

La democracia parte de una idea aparentemente sencilla: que el ciudadano pueda decidir quién debe gobernarlo. Pero esa libertad política contiene una vulnerabilidad que ya preocupaba a los filósofos de la Antigüedad. Platón, en La República, advertía sobre la capacidad de la demagogia para conquistar el favor de la multitud mediante la persuasión.

Más de dos mil años después, aquella preocupación adquiere otra dimensión. La decisión ciudadana nunca ha estado libre de propaganda, intereses económicos, concentración mediática o manipulación. Lo que ha cambiado es la capacidad tecnológica para intervenir sobre el proceso mediante el cual una persona construye su percepción de la realidad antes de llegar a las urnas.

La plaza pública se convirtió en plataforma digital y la multitud en millones de perfiles susceptibles de ser clasificados, segmentados y alcanzados individualmente. El demagogo que preocupaba a Platón disponía de la palabra; el operador político contemporáneo dispone además de datos personales, algoritmos, inteligencia artificial, microsegmentación y redes capaces de multiplicar un mensaje millones de veces.

Ahí está el problema político que dejó al descubierto Cambridge Analytica. El escándalo reveló que millones de perfiles de Facebook habían sido obtenidos y utilizados para desarrollar herramientas de análisis político durante el proceso del Brexit. Las investigaciones británicas mostraron hasta qué punto los rastros de nuestra vida digital podían utilizarse para perfilar ciudadanos y dirigir publicidad política hacia grupos específicos de electores.

El Brexit de 2016 encendió otra señal de alarma. Cambridge Analytica mantuvo reuniones y presentó propuestas a Leave.EU para analizar y segmentar electores, aunque las investigaciones posteriores no demostraron que finalmente hubiera sido contratada. Por eso sería incorrecto atribuirle el resultado del referéndum. Lo que aquella campaña sí mostró fue la creciente utilización de datos, publicidad digital, segmentación de audiencias y mensajes diferenciados para intervenir sobre sectores específicos del electorado.

Ese mismo año, al otro lado del Atlántico, esta nueva concepción de la campaña política alcanzó una escala extraordinaria con Donald Trump. Allí aparece Brad Parscale, estratega digital estadounidense que dirigió la operación digital de la campaña republicana de 2016 y posteriormente fue designado jefe de campaña de Trump para su reelección en 2020. Personal de Cambridge Analytica se integró a la estructura que trabajaba con Parscale en análisis de datos, identificación de públicos y orientación de mensajes y recursos electorales. Cambridge Analytica cerró sus puertas en 2018. Pero la lógica política que había dejado expuesta sobrevivió.

Parscale continuó desarrollando tecnologías aplicadas a la comunicación política e impulsó plataformas como Campaign Nucleus y EyesOver. Y es precisamente siguiendo esa trayectoria donde aparece años después un puente hacia América Latina, Fernando Cerimedo fue anunciado en 2025 como representante y licenciatario regional de esas tecnologías vinculadas a Parscale.

Cambridge Analytica tampoco fue un fenómeno aislado. Una investigación periodística internacional reveló posteriormente la existencia de Team Jorge, una organización privada israelí encabezada por Tal Hanan, antiguo miembro de las fuerzas especiales israelíes que utilizaba el seudónimo de “Jorge”.

En reuniones grabadas de manera encubierta, Hanan ofreció servicios para intervenir en procesos políticos mediante inteligencia, sabotaje, desinformación y manipulación de redes sociales. También aseguró haber participado en decenas de campañas presidenciales. No todas sus afirmaciones pudieron verificarse, pero los periodistas sí documentaron una infraestructura denominada AIMS, capaz de administrar masivamente perfiles digitales falsos para introducir y amplificar narrativas en las redes.

La conexión resulta todavía más inquietante: Team Jorge y Cambridge Analytica coincidieron en operaciones relacionadas con las elecciones presidenciales de Nigeria de 2015. Correos filtrados revelaron contactos entre ambas estructuras y propuestas posteriores de Hanan a Cambridge Analytica.

La pregunta resulta entonces inevitable: ¿seguimos hablando simplemente de campañas electorales o estamos ante una industria privada internacional de intervención política?La historia de Brad Parscale tampoco terminó con las campañas de Donald Trump.

En septiembre de 2025, Clock Tower X, empresa controlada por Parscale, se registró en Estados Unidos como agente extranjero en relación con trabajos realizados para el Estado de Israel a través de Havas Media Germany. Los documentos presentados bajo la ley FARA y examinados posteriormente por The Guardian muestran que Clock Tower X recibió 15 millones de dólares en seis pagos entre octubre de 2025 y marzo de 2026. La operación incluía producción y distribución masiva de contenidos digitales, posicionamiento en buscadores y estrategias destinadas incluso a influir sobre la información que recuperan y reproducen los sistemas de inteligencia artificial.

La evolución resulta reveladora: el estratega que en 2016 trabajaba en una campaña donde Facebook, los datos y la microsegmentación ocupaban un lugar central aparece una década después vinculado a operaciones donde la disputa por la percepción pública alcanza también a los motores de búsqueda y a la inteligencia artificial. El objetivo tecnológico ha dejado de ser únicamente saber qué mensaje mostrarle a un elector; ahora existe también la posibilidad de intervenir sobre el universo informativo al que ese ciudadano o incluso una inteligencia artificial acudirá para intentar comprender la realidad.

Cuando operadores pueden ofrecer análisis masivo de datos, segmentación psicológica, identidades digitales falsas, inteligencia sobre adversarios y capacidad de amplificar artificialmente determinadas narrativas, la desigualdad electoral ya no puede medirse únicamente por cuánto dinero gasta cada candidato en publicidad.

En un terreno diferente aparece Palantir, expresión de otra dimensión de este fenómeno: la enorme concentración de capacidades de integración y análisis de datos en compañías privadas que trabajan estrechamente con Estados, organismos de seguridad y estructuras militares. No corresponde atribuirle las operaciones electorales documentadas alrededor de Cambridge Analytica o Team Jorge. Su presencia en esta reflexión responde a otra preocupación, hasta dónde ha llegado la capacidad tecnológica para relacionar y analizar cantidades gigantescas de información sobre personas, organizaciones y comportamientos.

Esta transformación merece ser entendida en toda su dimensión. Cuando entramos en una red social tenemos la percepción equivoca que es algo público, las redes sociales son privadas y sus dueños manejan los algoritmos. Cada vez que las utilizamos dejamos información sobre nuestros gustos, temores, relaciones, ubicación aproximada, consumo, opiniones y comportamiento. Cada clic, búsqueda, comentario o reacción puede contribuir a construir un perfil.

Para el marketing comercial, eso permite calcular qué producto pueden vendernos. Para la comunicación política abre una posibilidad mucho más delicada, conocer qué nos moviliza, qué nos indigna, a qué tememos y qué mensajes tienen mayores probabilidades de influir sobre nuestra conducta política.

La propaganda tradicional hablaba simultáneamente a millones de personas. La política digital puede hablar de manera diferente a públicos distintos.  Al ciudadano preocupado por la inseguridad se le habla de delincuencia; al desempleado, de economía; a otros, de migración o impuestos. Los mensajes pueden ser diferentes e incluso contradictorios y, sin embargo, conducir hacia una misma conclusión electoral.

Ahí comienza lo que podríamos llamar ingeniería de la percepción. No es necesario inventar los problemas. Una sociedad puede padecer realmente inseguridad, inflación, corrupción o desempleo. La operación consiste en seleccionar uno de esos problemas, simplificar sus causas y señalar un responsable. Entonces aparece el enemigo: el migrante, el comunista, el globalista, la izquierda, la casta, el Estado o cualquier categoría capaz de condensar el malestar existente.

Frente a ese enemigo se construye simultáneamente al candidato. Ya no se vende únicamente un programa político: se fabrica una marca. El dirigente se convierte en el hombre fuerte, el rebelde, el antisistema o el salvador. Cuanto más amenazante parece el enemigo, más indispensable puede parecer quien promete derrotarlo.

Las granjas digitales agregan otro componente. Miles de cuentas automatizadas o coordinadas pueden repetir un mensaje, impulsar una etiqueta, atacar a un adversario o incrementar artificialmente la interacción alrededor de un contenido. Su objetivo más peligroso quizás no sea conseguir que alguien crea una mentira. Puede ser conseguir que crea que los demás ya la creen. “Todo el mundo está hablando de esto”. “La gente está cansada”. “El país quiere un cambio”. “Este candidato arrasa en las redes”.

Se fabrica así una apariencia de consenso. Y una amplificación inicialmente artificial puede terminar generando una discusión auténtica. Ciudadanos reaccionan, influenciadores reproducen el contenido y periodistas comienzan a cubrir aquello que aparentemente se ha convertido en tendencia.Los medios complementan el circuito. Una narrativa puede comenzar en las redes, convertirse en tendencia y posteriormente aparecer como noticia. Esa publicación regresa a las mismas redes con una nueva legitimidad: “lo publicó un periódico”. Lo que comenzó como amplificación termina adquiriendo apariencia de información periodística.

Es desde esta perspectiva que el caso de Fernando Cerimedo adquiere una dimensión política que supera ampliamente su actual situación judicial en Bolivia. Cerimedo no aparece simplemente como un consultor argentino atrapado en un escándalo. Su trayectoria atraviesa diferentes experiencias de las nuevas derechas latinoamericanas. Este artículo recoge sus vínculos con Milei y Bolsonaro, pero además con la ultraderecha en Chile, Bolivia, Honduras, Ecuador, Colombia, Perú y México, su utilización de trolls y su relación societaria con Javier Negre alrededor de La Derecha Diario.

Su detención en Bolivia, donde ha trabajado cerca del gobierno de Rodrigo Paz, abrió nuevas investigaciones. Cerimedo niega las acusaciones relacionadas con el atentado contra Nadia Beller y será la justicia la que determine su responsabilidad penal. Pero las informaciones surgidas paralelamente sobre infraestructuras de cuentas automatizadas y mecanismos de amplificación digital vuelven a colocar en primer plano la dimensión política de sus actividades.

Un ejemplo ayuda a entender cómo funciona esta arquitectura. Una investigación de Folha de S. Paulo reconstruyó la difusión de una supuesta “invasión” de migrantes marroquíes en Brasil. La narrativa partió de La Derecha Diario, utilizó imágenes fuera de contexto y exageró cifras reales antes de ser amplificada por redes vinculadas al ecosistema político de derecha.No hace falta inventarlo todo. Se puede tomar un hecho verdadero, exagerarlo, acompañarlo de imágenes capaces de producir miedo, eliminar su contexto, identificar un responsable político y multiplicar su presencia hasta convertir un fenómeno limitado en una aparente emergencia nacional. Eso también es manipulación.

Sería un error convertir estas conexiones en la teoría de una organización secreta que decide desde algún lugar quién gobernará Argentina, Bolivia, Colombia o Brasil. El fenómeno que tenemos delante es más concreto y, precisamente por ello, más preocupante: una industria transnacional de comunicación política por la que circulan consultores, tecnologías, plataformas, medios, influenciadores, datos y estrategias electorales.

La red de relaciones existe. La circulación internacional de métodos existe. La utilización profesional de datos y segmentación existe. Las redes de amplificación existen. Los medios ideológicamente articulados existen. La cuestión democrática consiste en determinar qué poder adquiere ese entramado sobre la formación de la voluntad ciudadana.

Porque ninguna granja de bots explica por sí sola una elección. Las personas votan también por la economía, la inseguridad, su experiencia con los gobiernos, sus convicciones políticas y las propuestas de los candidatos. Pero una maquinaria de percepción tampoco necesita ordenar explícitamente, “Vote por este candidato”. Puede conseguir algo anterior, “Piense permanentemente en este problema”. Después, “Este es el responsable”. Y finalmente, “Este es el único candidato capaz de resolverlo”.

La decisión formal continúa perteneciendo al elector. Lo que puede haber sido intervenido es el entorno informativo y emocional dentro del cual tomó esa decisión.Aquí encuentro el aspecto más inquietante. Cerimedo no necesita ser presidente. Parscale no necesita ser senador. Negre no necesita presentarse a unas elecciones. Los propietarios de las plataformas tampoco aparecen en las papeletas.

Sin embargo, quienes controlan datos, algoritmos, infraestructura tecnológica, medios, publicidad política y redes de amplificación adquieren capacidad para intervenir sobre aquello que millones de personas ven, discuten, temen y finalmente consideran políticamente posible.

Ese es poder político sin representación democrática. Nuestras instituciones electorales fueron diseñadas para otro mundo. Podemos controlar los gastos declarados por un candidato, establecer tiempos de propaganda y contar cada voto. Mucho más difícil resulta determinar quién financia una operación digital desde otro país, quién paga a un influenciador extranjero o detectar miles de cuentas coordinadas antes de que una narrativa manipulada consiga instalarse en la conversación pública.

Durante el siglo XX asociamos el deterioro democrático con golpes militares, censura, fraude electoral o eliminación del adversario. El siglo XXI incorpora mecanismos menos visibles. Las urnas pueden permanecer. Los candidatos pueden competir. Los ciudadanos pueden votar y los resultados ser correctamente contados. Pero el espacio donde se forma la voluntad ciudadana puede ser intervenido por actores cuya identidad, financiación, métodos y objetivos el elector desconoce.

Por eso debemos ampliar nuestra definición de integridad electoral. Ya no basta con proteger la urna. Hay que proteger también las condiciones democráticas en las que se forma la decisión que llega hasta ella.

Cambridge Analytica abrió una ventana sobre ese poder. Team Jorge mostró que las operaciones de influencia podían convertirse en un servicio privado. Parscale representa la evolución de la tecnología electoral estadounidense. Cerimedo y Negre nos obligan ahora a mirar cómo estas prácticas, herramientas y redes circulan por América Latina.

La pregunta resulta inevitable: si una democracia regula rigurosamente quién puede contar nuestros votos, ¿por qué continúa teniendo tantas dificultades para saber quién intenta manipular, desde dónde y con qué dinero, la percepción con la que decidimos esos votos?

Antonio Gramsci comprendió que el poder más estable no es aquel que necesita imponer permanentemente sus ideas por la fuerza, sino aquel capaz de convertirlas en sentido común. Las tecnologías de manipulación política agregan hoy una capacidad que Gramsci no pudo conocer, estudiar individualmente a millones de ciudadanos para descubrir qué emociones pueden conducirlos hacia ese sentido común.
La batalla democrática ya no se libra solamente por quién gobierna el Estado, sino por quién dispone del poder para construir la realidad que una sociedad termina aceptando como propia.