rápida radiografía de un orden que se derrumba
Que 2025 no sea recordado como la prolongación de la barbarie, sino como el inicio de un equilibrio más justo, donde la vida, la soberanía y la dignidad de los pueblos dejen de ser promesas y comiencen, por fin, a ser victorias concretas. Estos son los desafíos que nos esperan para este 2026.
28 de diciembre de 2025
Hugo René Orejuela, periodista de la Radio Air Libre de Bruxelles y miembro del Consejo de Edición de KontraPortada.
Escribo este artículo de fin de año, desde un tiempo histórico atravesado por la guerra, la impunidad y la fractura acelerada del orden internacional a lo largo de este 2025 que culmina. La guerra entre Rusia y Ucrania, el genocidio del pueblo palestino en Gaza, la escalada militar de Israel contra Irán, el asedio de Estados Unidos en el mar Caribe y las amenazas recurrentes de invasión contra Venezuela no son hechos inconexos. Son expresiones de una misma crisis: la de un poder hegemónico que, al perder capacidad de liderazgo, recurre cada vez más a la coerción y a la fuerza.
La guerra en Ucrania se ha consolidado como un conflicto de alcance global. Más allá del relato simplificado que domina en los grandes medios occidentales, se trata de una guerra por delegación en la que la OTAN y Estados Unidos buscan contener a Rusia, utilizando a Ucrania como escenario y a su población como rehén geopolítico. El resultado ha sido una guerra prolongada, sin salida política visible, que ha dejado al descubierto el fracaso de una arquitectura de seguridad excluyente y militarizada.
En Gaza, el horror ya no admite ambigüedades. Lo que vimos es un genocidio sostenido contra el pueblo palestino: bombardeos indiscriminados, destrucción sistemática de hospitales y escuelas, miles de civiles asesinados y el hambre convertida en arma de guerra.
A pesar que se ha establecido un acuerdo de paz ventajoso para Israel, este sigue su escalada militar con menos intensidad, pero con la misma deshumanización frente al pueblo palestino que sigue muriendo de hambre y frio en esta época invernal.
La complicidad activa o pasiva de las potencias occidentales ha erosionado de manera irreversible la credibilidad del discurso de los derechos humanos cuando estos se subordinan a alianzas estratégicas.
La escalada militar de Israel contra Irán confirma que el conflicto en Medio Oriente no se contiene, sino que se expande. Las provocaciones y ataques selectivos forman parte de una estrategia que normaliza la violación del derecho internacional y acerca peligrosamente al mundo a una confrontación de mayor escala.
En América Latina y el Caribe, la violencia adopta formas menos visibles, pero igual de letales. En el mar Caribe, operaciones militares del ejército de Estados Unidos contra embarcaciones civiles han provocado más de 80 muertes. Estos hechos han sido catalogados por relatores especiales de Naciones Unidas como ejecuciones extrajudiciales.
El escándalo es aún mayor cuando se ha documentado que, en algunos casos, sobrevivientes de las lanchas atacadas fueron rematados sin ninguna compasión. Crímenes graves que, de haberse cometido por cualquier otro actor internacional, habrían desatado sanciones inmediatas y condenas unánimes.
Sin embargo, no todo el mundo ha guardado silencio. El presidente de Colombia, Gustavo Petro, ha denunciado públicamente estas violaciones al derecho internacional y, precisamente por hacerlo, ha sido objeto de presiones, amenazas políticas y sanciones directas por parte de Estados Unidos.
Su postura ha evidenciado el alto costo que implica, para un jefe de Estado latinoamericano, romper con la narrativa dominante y señalar la responsabilidad de Washington en crímenes cometidos en la región.
En la misma línea, la presidenta de México, Claudia Sheinbaum, ha expresado su rechazo a la militarización del Caribe y a las políticas de fuerza que agravan la inestabilidad regional. A nivel global, China y Rusia han emitido pronunciamientos claros contra el despliegue militar estadounidense en el Caribe, advirtiendo sobre sus efectos desestabilizadores y el riesgo de una escalada innecesaria en una región históricamente tratada como zona de influencia exclusiva de Washington.
Este contexto explica también el asedio permanente contra Venezuela. Las amenazas de invasión, los ejercicios militares, el cerco naval y la guerra psicológica y económica no responden a preocupaciones democráticas ni a la lucha contra el tráfico de drogas. Responden al control de recursos estratégicos como el petróleo, a la necesidad de disciplinar a un país que ha decidido no alinearse y a enviar un mensaje ejemplarizante a toda América Latina. La historia regional demuestra que estas estrategias no buscan estabilidad, sino subordinación.
A esto se suma la piratería de Washington, tomando por asalto militar a varios buques petroleros provenientes de puertos de Venezuela, con millones de barriles de petróleo a bordo y secuestrando su tripulación bajo argumentos insólitos que provocan vergüenza ajena
Estos hechos reflejan que Estados Unidos atraviesa una pérdida progresiva de hegemonía económica, política y moral. El ascenso de potencias emergentes, la consolidación de bloques alternativos y el cuestionamiento abierto al dólar como eje del sistema financiero internacional han llevado a Washington a reforzar una política exterior basada en el cerco, la intimidación y la militarización.
Frente a este panorama, no es posible ejercer el periodismo ni la opinión pública desde la neutralidad cómoda. Callar es tomar partido. Nombrar las cosas por su nombre, guerra, genocidio, agresión, hegemonía en declive, es un deber ético. Hoy más que nunca, el mundo necesita una lectura crítica que no repita consignas oficiales ni justifique la barbarie con discursos tecnocráticos.
Vivimos una transición histórica peligrosa, pero también cargada de posibilidades. El viejo orden cruje, y su violencia es la prueba de su fragilidad. La pregunta de fondo no es si el mundo cambiará, sino quién pagará el costo de ese cambio y si los pueblos lograrán imponer la vida, la dignidad y la soberanía frente a la lógica de la guerra permanente que hoy pretenden normalizar.
De cara a 2026, el desafío es enorme, pero también lo es la posibilidad histórica. Este año 2025 ha confirmado algo, es que el mundo ya no acepta sin resistencia la imposición de la fuerza como norma ni la mentira como política exterior.
Que el próximo año sea el tiempo en que la palabra vuelva a imponerse sobre las armas, en que la justicia internacional deje de ser selectiva y en que los pueblos, desde Gaza hasta el Caribe, desde América Latina hasta Europa y Asia, logren convertir la indignación en conciencia y la conciencia en transformación.
Que 2025 no sea recordado como la prolongación de la barbarie, sino como el inicio de un equilibrio más justo, donde la vida, la soberanía y la dignidad de los pueblos dejen de ser promesas y comiencen, por fin, a ser victorias concretas. Estos son los desafíos que nos esperan para este 2026.