el desgaste de Lula, la fuerza del voto conservador y el poder político de las iglesias

KontraPortada | Análisis político internacional | 8 de octubre de 2026

Las elecciones presidenciales de Brasil del pasado 4 de octubre dejaron un resultado que merece un análisis más allá de las cifras electorales. Flávio Bolsonaro, candidato del Partido Liberal e hijo del expresidente Jair Bolsonaro, obtuvo el 47,03 % de los votos válidos, equivalentes a 56,1 millones de sufragios, mientras el presidente Luiz Inácio Lula da Silva alcanzó el 45,16 %, con 53,8 millones.

La diferencia de 2,2 millones de votos plantea una pregunta fundamental: ¿Brasil está experimentando un desplazamiento ideológico hacia la derecha o el resultado refleja principalmente el desgaste del Gobierno, la abstención popular y la concentración del voto contrario al Partido de los Trabajadores?

La comparación con las elecciones de 2022 resulta reveladora. En aquella primera vuelta, Lula obtuvo el 48,43 % de los votos y Jair Bolsonaro el 43,2 %. Cuatro años después, el candidato bolsonarista consiguió superar al presidente. Esto demuestra la continuidad electoral de un movimiento político que ha logrado mantenerse competitivo incluso sin la participación directa de su fundador, declarado inelegible por la justicia electoral brasileña.

Una primera explicación del retroceso de Lula se encuentra en la distancia entre los resultados económicos de su Gobierno y las condiciones de vida que perciben numerosos ciudadanos. Las políticas sociales, las transferencias de ingresos y las medidas de protección de los sectores populares han formado parte de su proyecto político. Sin embargo, el aumento del costo de vida, las dificultades para acceder a una vivienda y la inseguridad económica pueden reducir la valoración positiva de esas políticas. Un Gobierno puede presentar avances en empleo y crecimiento mientras una parte de la población considera que sus ingresos siguen siendo insuficientes.

A esta situación se suma la abstención. Aproximadamente 33,5 millones de brasileños, el 21,08 % del padrón electoral, no acudieron a votar. En un país donde el sufragio es obligatorio para la mayoría de los adultos, esta cifra plantea interrogantes sobre la capacidad de movilización de los partidos. La abstención puede haber afectado a sectores populares tradicionalmente próximos al PT, aunque todavía se necesitan estudios más detallados para determinar su verdadero impacto. Existe una diferencia política considerable entre perder electores que pasan a respaldar a la derecha y perder simpatizantes que simplemente dejan de participar.

Pero hay otra explicación que merece especial atención: la paradoja del ascenso social promovido por los gobiernos progresistas. Durante las administraciones de Lula y Dilma Rousseff, millones de brasileños mejoraron sus ingresos, ampliaron su capacidad de consumo y accedieron a oportunidades que anteriormente les estaban negadas. Sin embargo, cuando una familia consigue superar la pobreza, sus expectativas comienzan a transformarse. La preocupación por garantizar la alimentación y el empleo puede dar paso a nuevas exigencias relacionadas con la seguridad, la vivienda, la calidad de los servicios públicos y la protección del patrimonio adquirido.

Esta transformación puede modificar sus preferencias políticas. Los ciudadanos que mejoraron sus condiciones de vida gracias a políticas redistributivas no necesariamente mantienen una identificación permanente con los gobiernos que las impulsaron. Algunos pueden acercarse a posiciones de derecha; otros pueden abstenerse porque consideran que sus antiguos representantes ya no responden a sus nuevas aspiraciones.

El problema se agrava cuando el ascenso económico resulta frágil. Familias que lograron incorporarse a los sectores medios continúan dependiendo del crédito, de empleos vulnerables y de ingresos que apenas cubren sus necesidades. Cuando la economía se deteriora, aparece el temor de perder lo conseguido. La frustración puede dirigirse contra el Gobierno, incluso cuando parte de ese progreso fue resultado de sus políticas.

Esta hipótesis no significa que el ascenso social conduzca inevitablemente a la preferencia por la derecha. Significa que los proyectos progresistas deben comprender que las transformaciones económicas también modifican las expectativas y las identidades políticas de sus propios electores.

En esta disputa aparece otro actor de creciente influencia: las iglesias evangélicas. Según el Censo brasileño de 2022, publicado por el Instituto Brasileño de Geografía y Estadística, los católicos representaban el 56,7 % de la población de diez años o más, mientras los evangélicos alcanzaban el 26,9 %. En 2010, estos últimos constituían el 21,6 %, lo que confirma su expansión demográfica.La relación entre sectores evangélicos conservadores y el bolsonarismo se consolidó durante la campaña presidencial de 2018. La defensa de la familia tradicional, la oposición al aborto y los discursos sobre seguridad y valores cristianos contribuyeron a construir una identificación política que continúa presente.

Una encuesta Datafolha realizada antes de la primera vuelta de 2026 encontró que Flávio Bolsonaro alcanzaba el 52 % de intención de voto entre los evangélicos, frente al 26 % de Lula. Entre los católicos, la relación era diferente: Lula obtenía el 50 % y Flávio Bolsonaro el 32 %.

Estos resultados muestran diferencias electorales asociadas a la identificación religiosa, pero sería equivocado afirmar que las iglesias controlan el voto de sus fieles. Una investigación del Instituto de Estudios de la Religión y Quaest encontró que el 83 % de los entrevistados rechazaba que pastores y sacerdotes indicaran por quién votar. La influencia religiosa opera también mediante valores compartidos, vínculos comunitarios e identidades culturales que pueden adquirir mayor importancia que la relación histórica con un partido.

La cuestión adquiere una dimensión política cuando determinadas organizaciones religiosas buscan trasladar sus posiciones doctrinales a las instituciones del Estado. La participación democrática de los creyentes es legítima, pero el principio constitucional de separación entre el Estado y las confesiones religiosas exige garantizar que ninguna creencia se imponga sobre los derechos del conjunto de la ciudadanía.

El fortalecimiento electoral del bolsonarismo también está relacionado con el antipetismo, un sentimiento de rechazo al Partido de los Trabajadores que se desarrolló durante años de controversias políticas, investigaciones por corrupción y confrontaciones ideológicas. Flávio Bolsonaro consiguió concentrar buena parte de ese voto opositor, mientras Lula enfrentó dificultades para conservar la ventaja electoral obtenida cuatro años antes.

Por tanto, la primera vuelta no demuestra necesariamente que Brasil se haya desplazado de manera generalizada hacia la derecha. El resultado puede responder a una combinación de cambios ideológicos, descontento económico, abstención y reorganización del voto de derecha. Para distinguir estas causas será necesario estudiar cómo votaron los distintos sectores sociales y qué motivaciones determinaron sus decisiones.

La segunda vuelta del 25 de octubre se celebrará con una diferencia inicial de apenas 1,87 puntos porcentuales entre ambos candidatos y con un 7,81 % de votos válidos que correspondieron a otras candidaturas. La redistribución de esos apoyos y la participación de quienes se abstuvieron serán variables importantes para comprender el resultado final, sin que sea posible anticiparlo con certeza a partir de la primera votación.

Más allá de quién alcance la presidencia, las elecciones brasileñas dejan planteada una discusión que concierne al conjunto de América Latina. Los gobiernos progresistas pueden conseguir avances sociales y, al mismo tiempo, perder capacidad de representación entre sectores que se beneficiaron de sus políticas. Las organizaciones conservadoras, por su parte, pueden interpretar las nuevas aspiraciones de esos ciudadanos y construir alrededor de ellas identidades políticas duraderas.

La cuestión que enfrenta el progresismo latinoamericano es si ha logrado adaptar su proyecto político a las transformaciones sociales que contribuyó a producir. Porque reducir la pobreza puede modificar las condiciones materiales de millones de personas, pero conservar su respaldo electoral exige comprender cómo cambian sus expectativas, sus preocupaciones y su manera de interpretar la sociedad.