cuando la historia vuelve a golpear la puerta
“De La Moneda a la nueva Doctrina Monroe: democracia, poder económico y recolonización de América Latina”.
12 de septiembre de 2026.
Por Hugo René Orejuela, KontraPortada.
El 11 de septiembre de 1973, mientras los aviones Hawker Hunter bombardeaban el Palacio de La Moneda, no solamente se intentaba terminar con el gobierno de Salvador Allende. Se pretendía demostrar hasta dónde podían llegar las fuerzas políticas, económicas y militares que se sentían amenazadas cuando un pueblo latinoamericano decidía modificar democráticamente las estructuras tradicionales del poder.
Han pasado 53 años. Quizás el mejor homenaje que podemos hacerle hoy a Salvador Allende no sea convertirlo en una fotografía en blanco y negro, en una estatua o en una frase repetida ceremonialmente cada septiembre. Recordarlo significa preguntarnos qué queda de aquella batalla por la soberanía, la democracia y el derecho de los pueblos latinoamericanos a decidir sobre su propio destino. Porque la historia no se repite exactamente, pero algunas de sus preguntas regresan.
Allende había llegado a La Moneda por las urnas. Su proyecto de Unidad Popular intentaba recorrer un camino extraordinariamente difícil en plena Guerra Fría, avanzar hacia profundas transformaciones sociales conservando el pluralismo político, el Parlamento, las elecciones y las libertades públicas. Aquello podía resultar incluso más inquietante para sus adversarios que una revolución armada, significaba demostrar que el socialismo podía alcanzar legitimidad electoral y transformar las estructuras económicas utilizando los mecanismos de la propia democracia.
Su gobierno nacionalizó el cobre, profundizó la reforma agraria e intentó modificar unas relaciones económicas caracterizadas por una enorme concentración de la propiedad y de la riqueza. Y lo hizo en un continente que Washington consideraba parte de su esfera estratégica.
La intervención estadounidense contra el gobierno de Allende ya no pertenece únicamente al terreno de las interpretaciones ideológicas. Los documentos estadounidenses desclasificados permiten reconstruir los esfuerzos de Washington por impedir primero su llegada al poder y posteriormente desestabilizar su gobierno.
Esto no significa reducir el golpe exclusivamente a Estados Unidos. Existieron poderosos actores internos chilenos, una sociedad profundamente polarizada, conflictos institucionales, dificultades económicas, intereses empresariales y unas Fuerzas Armadas que finalmente quebraron el orden constitucional. Pero tampoco podemos borrar el escenario internacional dentro del cual ocurrió aquella tragedia.
Y allí aparece inevitablemente una pregunta: ¿qué tan diferente es el mundo que estamos construyendo 53 años después? Sería históricamente equivocado afirmar que estamos regresando exactamente al Chile de Pinochet. Los mecanismos contemporáneos son diferentes y, en algunos aspectos, mucho más sofisticados. Para destruir una experiencia política ya no siempre hacen falta tanques frente al palacio presidencial ni aviones bombardeando la sede del gobierno.
En nuestro tiempo, el poder puede operar también erosionando progresivamente las instituciones, concentrando extraordinariamente la riqueza, convirtiendo al adversario político en enemigo, utilizando excepcionalidades jurídicas, criminalizando determinadas formas de protesta, debilitando garantías constitucionales, controlando enormes cantidades de información y utilizando algoritmos y plataformas digitales para intervenir sobre nuestros miedos, emociones y percepciones.
Sigo insistiendo que estamos muy cerca, si ya no lo estamos, a una forma diferente de autoritarismo: seudo totalitarismos que conservan las apariencias de la democracia. Hay elecciones. Hay parlamentos. Hay tribunales. Hay medios de comunicación. Hay oposición. Formalmente, todo parece continuar funcionando. Pero al mismo tiempo determinados sectores de la sociedad comienzan a ser presentados como amenazas que deben ser neutralizadas: el migrante, el extranjero, el sindicalista, el activista, el periodista incómodo, el movimiento social, el intelectual crítico o la izquierda.
Entonces ocurre algo particularmente peligroso, que también lo estamos viviendo, una parte de la ciudadanía comienza a aceptar que restringir derechos, perseguir personas o debilitar garantías jurídicas puede constituir un precio razonable a cambio de obtener seguridad.
Y las democracias pueden empezar a vaciarse desde dentro. No necesitamos necesariamente un general entrando con tanques al palacio presidencial. Podemos terminar eligiendo democráticamente a quienes posteriormente comienzan a desmontar los límites democráticos del poder, tal como esta pasando en Argentina, Chile, Bolivia, Honduras, El Salvador y sumando a esta lista a Colombia. Ahí radica quizás una de las grandes diferencias entre 1973 y nuestro tiempo.
Pero existe otra continuidad que resulta imposible ignorar, la disputa por la soberanía de América Latina. Durante décadas nos dijeron que la Doctrina Monroe pertenecía al siglo XIX, que América Latina había dejado definitivamente de ser el llamado “patio trasero” de Estados Unidos y que las relaciones internacionales modernas se construían entre Estados soberanos. Sin embargo, Washington vuelve hoy a reivindicar abiertamente la Doctrina Monroe como principio de su política hemisférica. Ya no necesitamos siquiera utilizarla como una acusación de la izquierda latinoamericana, la propia administración estadounidense ha recuperado expresamente ese lenguaje.
La cuestión adquiere una dimensión todavía mayor en un mundo donde Estados Unidos continúa siendo una formidable potencia económica, tecnológica y militar, pero enfrenta una pérdida relativa de la hegemonía incontestada que alcanzó después de la desaparición de la Unión Soviética. China se ha convertido en una potencia económica y tecnológica mundial; Rusia conserva una considerable capacidad militar; nuevas potencias reclaman espacios de autonomía y el llamado Sur Global intenta construir relaciones internacionales menos dependientes de un único centro de poder.
Hablar de decadencia estadounidense, por tanto, no significa imaginar que Estados Unidos está a punto de desaparecer como potencia. Sería una simplificación. Significa observar el deterioro relativo de una hegemonía que durante décadas prácticamente no tuvo competidor global equivalente. Y paradójicamente, cuanto más disputada se vuelve esa hegemonía, mayor puede ser la tentación de Washington de reafirmar su control sobre el espacio geopolítico que históricamente ha considerado propio.
Ahí vuelve América Latina. Nuestro continente posee algunas de las mayores reservas de agua dulce y biodiversidad del planeta, enormes recursos petroleros y gasíferos, cobre, litio, tierras cultivables, minerales estratégicos y recursos indispensables para la transición energética y tecnológica del siglo XXI. En medio de una disputa mundial por recursos, energía, mercados y cadenas de suministro, América Latina adquiere nuevamente un valor estratégico extraordinario.
Por eso la recolonización del siglo XXI probablemente no se parecerá a la colonización del siglo XIX. No necesita gobernadores enviados desde Washington ni banderas estadounidenses ondeando sobre nuestros palacios presidenciales. Puede funcionar mediante mecanismos mucho más sofisticados, control de recursos estratégicos, dependencia financiera, sanciones económicas, presión diplomática, condicionamientos comerciales, plataformas tecnológicas, control de datos, cadenas de suministro, bases militares y capacidad para establecer quién puede ser considerado aliado, adversario o amenaza.
No necesariamente hay que conquistar físicamente un territorio. Basta con reducir progresivamente su capacidad soberana de decisión. Y es precisamente aquí donde Salvador Allende vuelve a interpelarnos desde la historia. Porque detrás de todas las discusiones sobre su gobierno existía una pregunta fundamental que continúa sin resolverse: ¿puede un pequeño país latinoamericano ejercer plenamente su soberanía cuando sus decisiones democráticas chocan con intereses económicos y geopolíticos extraordinariamente más poderosos?
Chile intentó responder aquella pregunta. Y la respuesta llegó desde el cielo sobre La Moneda. Después vinieron diecisiete años de dictadura, persecuciones, torturas, asesinatos, desapariciones y exilio. Paralelamente, Chile se convirtió en un laboratorio de profundas transformaciones económicas que posteriormente serían identificadas con el proyecto neoliberal.
Pero quienes bombardearon La Moneda consiguieron destruir un gobierno. No consiguieron destruir la pregunta que aquel gobierno había planteado. ¿A quién pertenecen nuestras riquezas? ¿Quién decide qué hacemos con nuestros recursos naturales? ¿Hasta dónde llega la soberanía de nuestros pueblos? ¿Puede existir democracia política cuando enormes concentraciones de poder económico poseen capacidad para condicionar las decisiones de los Estados?
¿Y qué ocurre cuando ese poder económico se combina ahora con poder tecnológico, control de datos, inteligencia artificial, plataformas digitales y una capacidad de vigilancia que ningún gobierno de 1973 habría podido imaginar? Quizás por eso Allende sigue siendo incómodo 53 años después.
No necesitamos convertir su gobierno en una experiencia perfecta ni negar sus errores y contradicciones para reconocer la dimensión histórica de lo que representó. Allende defendió la posibilidad de construir profundas transformaciones sociales dentro de la democracia y sostuvo que los recursos fundamentales de una nación debían estar al servicio de su pueblo.
Ese debate continúa vivo. Y hay algo profundamente simbólico en recordar que, mientras La Moneda era bombardeada y las emisoras eran silenciadas, Salvador Allende utilizó sus últimos minutos públicos no para hablar únicamente de su propia muerte, sino para hablar del futuro. “Mucho más temprano que tarde”, dijo, “de nuevo se abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre, para construir una sociedad mejor”.
Cincuenta y tres años después, aquellas palabras siguen teniendo una extraordinaria vigencia. Pero las grandes alamedas también pueden cerrarse. Pueden cerrarlas los golpes militares, como ocurrió en 1973. Pero también pueden cerrarlas el miedo, la desigualdad extrema, la concentración del poder, la destrucción de las instituciones democráticas, la criminalización de la diferencia, la manipulación de la información y nuestra propia indiferencia cuando los derechos que se vulneran son inicialmente los derechos de otros.
Quizás ahí se encuentre una de las principales enseñanzas de Allende para nuestro tiempo. La democracia no desaparece siempre de un día para otro. A veces se deteriora lentamente mientras continuamos llamándola democracia.
Y la soberanía tampoco se pierde necesariamente mediante una invasión militar. Puede perderse poco a poco, contrato tras contrato, sanción tras sanción, condicionamiento tras condicionamiento, hasta que un país pueda conservar su bandera y su himno, pero cada vez posee menos capacidad para decidir autónomamente sobre su economía, sus recursos y su futuro.
Por eso recordar a Salvador Allende en 2026 no es un ejercicio de nostalgia. Debe ser una advertencia. América Latina necesita integración para poder negociar en un mundo de gigantes. Necesita democracia para que esa integración pertenezca a sus pueblos y no a nuevas élites. Necesita soberanía para decidir sobre sus recursos. Y necesita justicia social porque ninguna democracia puede permanecer indefinidamente estable cuando millones de seres humanos contemplan desde abajo una concentración obscena de riqueza y poder.
Democracia sin soberanía puede terminar convirtiéndose en administración de decisiones tomadas fuera de nuestras fronteras. Pero soberanía sin democracia puede convertirse también en autoritarismo.
La lección histórica consiste precisamente en defender ambas.Democracia y soberanía. Libertad y justicia social. Integración latinoamericana y autodeterminación de nuestros pueblos. Ese puede ser nuestro homenaje a Salvador Allende 53 años después. No preguntarnos solamente por qué murió aquel 11 de septiembre de 1973, sino preguntarnos por qué aquello por lo que luchó continúa siendo una de las grandes disputas políticas del siglo XXI.
Porque Allende pertenece a la historia. Pero las preguntas que dejó abiertas pertenecen al presente. Y porque las grandes alamedas de las que habló en sus últimas horas no se abren solas. Las abren los pueblos.