17 de agosto de 2025.
Por: Yuri Andrea Leal Cabra, Fundadora de la sección Kontrapatriarcado de la Revista KontraPortada. Magister en Estudios de Género de la Universidad Nacional de Colombia.
Con la condena emitida por la objetiva jueza penal 44 del circuito de Bogotá, Sandra Heredia, el pasado 28 de julio se declaró culpable, en calidad de determinador, a Álvaro Uribe Vélez de los delitos de fraude procesal y soborno a testigos, dos de los tres cargos que se le imputaban. Con este acto histórico queda demostrado que “nadie está por encima de la ley”. A partir de este hecho, es posible ver el declive de una era en la que “la seguridad” a costa de la muerte y “el buen nombre” a costa de la desaparición quedarán en el olvido.
El caso permite múltiples abordajes; sin embargo, me gustaría referirme a cómo la condena a Uribe Vélez marca un hito en el hundimiento del uribismo y del patronalismo paisa y machista que se ha instaurado en la construcción de nación y sociedad colombiana.
El machismo paisa en la política uribista
A lo largo de su consolidación, Uribe fue imprimiendo en la sociedad colombiana la legitimación del machismo paisa, caracterizado en los siguientes componentes:
“La mano dura”:
En su filosofía política, Uribe capitalizó la tradición según la cual, a través de la fuerza y el castigo, se alecciona al otro. Esta fue la consigna de toda una generación, a la que por medio de la violencia se le castigó e impidió la expresión de sus emociones, opiniones y libre albedrío, a “través de la mano dura”.
Desde esta bandera, que Uribe supo usar con la gente, diseñó la política de seguridad democrática y el Plan Patriota, dos instrumentos que intensificaron el uso de las fuerzas armadas y la criminalización de cualquier acto de protesta. La construcción identitaria en torno a la fuerza es una de las principales características de ese machismo que Uribe corporizó en su política y que sirvió de modelo para la sociedad colombiana. En el fondo, dejó un territorio con heridas abiertas que solo en apariencia mantenía su funcionamiento, pero cuyos daños y perjuicios se han podido entrever con los años.
Su objetivo se centró en la construcción de la capacidad del Estado para penalizar y disuadir a quienes se oponían a la normatividad vigente o cuestionaban la legitimidad y soberanía del Estado (Narváez, 2016, p. 129). Esto se conjugó con la lucha contra el terrorismo como centro de gravedad de su proyección estratégica (Menjura, 2015, p. 54).
En últimas, la “mano dura” no solo instauró un modelo de gobierno basado en la coerción, sino que también configuró un imaginario social en el que la violencia se legitimó como lenguaje político y como recurso válido para tramitar los conflictos, dejando a la democracia subordinada al miedo y al silenciamiento del disenso.
El patrón y la élite ganadera
De acuerdo con los estatutos del Centro Democrático, se “reconoce al señor expresidente de la República doctor Álvaro Uribe Vélez como su Presidente Fundador y máximo líder y orientador” (Centro Democrático, 2017). Esto lo configuró como la mayor representación en la conducción y propuestas de país, no solo desde su individualidad, sino también desde quienes se han sentido afines a su actuar político.
Es decir, se trata de un pensamiento que se convierte en directriz, sin dar cabida a interpelaciones o diferencias. Uribe, convertido ahora en uribismo —es decir, en un colectivo que sigue sus orientaciones sin derecho a la duda—, se configuró en una élite jerárquica, unida además por los intereses económicos de los miembros de su partido.
Estos liderazgos, provenientes de organizaciones ganaderas terratenientes, dieron prioridad a la protección de su sistema de acumulación de capital por medio de la ganadería y la concentración de tierras. Uribe representa así al patrón de finca que busca “arrear” a un cúmulo de personas que creen fielmente en sus ideas, utilizando la fuerza, la demagogia y la jerarquización autoritaria de su organización.
Con un discurso oracular, paternalista, vertical y unilateral, condicionó relaciones de tipo servicial (López F., 2015, p. 5), promoviendo, de manera consciente o por sesgo, una pacificación vertical y extrema: la anulación total de cualquier “otro” (Barragán, 2023,p.62).
En consecuencia, la figura de Uribe y su élite ganadera no solo reprodujeron un modelo económico excluyente, sino que también consolidaron un orden político cimentado en la subordinación y en la defensa de privilegios, dificultando la apertura hacia un proyecto de país más plural, democrático y equitativo.
La tradición familista, el conservadurismo y la jerarquización del otro
A través de lo que se ha configurado como el ideal de familia paisa, se reafirmó el modelo heteronormativo y tradicional del padre, la madre y los hijos. En esta filosofía política no hay espacio para las nuevas configuraciones familiares que en la práctica existen en la sociedad colombiana.
Esa diferencia fue vista como una amenaza para el mantenimiento del orden y la reproducción de los “valores” conservadores, en torno a los roles de “padre proveedor”, “madre sumisa y obediente” e “hijos receptores de los valores familiares”. Todo ello implica un rol activo por parte del hombre blanco heterosexual y un rol pasivo para los demás miembros de la familia. Quien se atreva a salirse de la norma será juzgado, sancionado e incluso expulsado de la configuración familiar.
La diversidad sexual se invisibilizó y se entendió como sinónimo de blasfemia o pecado original. Se trató de una política sectaria, que no permitió la expresión de identidades de género ni de orientaciones sexuales no hegemónicas y que, por lo tanto, castigó severamente cualquier diferencia.
Esta misma concepción se trasladó a la sociedad en general. Uribe, al referirse a los demás como “hijitos”, reprodujo un esquema jerárquico en el que el otro solo tenía valor en función de su subordinación al líder. El modelo tradicional de familia se expandió así al orden social y político, reforzando prácticas de obediencia y sumisión bajo una figura paternal y autoritaria.
De esta manera, la tradición familista y el conservadurismo no solo reforzaron un modelo social excluyente, sino que también garantizaron la reproducción del capital a través de los herederos, concebidos como depositarios de la riqueza y continuadores del linaje, asegurando la permanencia de un orden económico y moral que se resiste a la transformación.
Conclusión
El ocaso del uribismo, más allá de la condena a su máximo líder, representa la fractura de un proyecto político que cimentó su legitimidad en la mano dura como pedagogía del miedo, en la élite ganadera como garante de la exclusión y en la tradición familista y conservadora como dispositivo de control social. Estos tres pilares configuraron un orden autoritario, patriarcal y jerárquico que limitó la pluralidad, sofocó la diferencia y redujo la democracia a un simulacro sostenido en la obediencia y el silenciamiento.
Sin embargo, en la misma medida en que este modelo se resquebraja, se abre paso la posibilidad de imaginar un país distinto. La emergencia de prácticas de Kontrapatriarcado y de apuestas feministas ofrece un horizonte que rompe con la masculinidad de la violencia, cuestiona la concentración del poder y reivindica la diversidad de las identidades, los cuerpos y las formas de organización comunitaria. Frente al legado de subordinación y exclusión que deja el uribismo, el feminismo y el Kontrapatriarcado se erigen como caminos para reconstruir el tejido social, democratizar las relaciones y abrir paso a mundos más justos, plurales y equitativos en la nueva Colombia.
Bibliografía
Barragán, J. C. (2023). Procesamiento tecnopolítico y juego macroorganizativo del fin del conflicto armado en Colombia (2010-2020). Análisis de la producción social en el Acuerdo Final de Paz.. Recuperado de: https://repositorio.unal.edu.co/handle/unal/84059
Centro Democrático. (6 de Mayo de 2017). Estatuto del partido Centro Democrático. Obtenido de chrome-extension://efaidnbmnnnibpcajpcglclefindmkaj/https://www.centrodemocratico.com/wp-content/uploads/2019/05/estatuto_del_partido_centro_democratico_vigente_2017_0.pdf
López, F. (2015). El gobierno de Juan Manuel Santos 2010-2015: cambios en el régimen comunicativo, protesta social y proceso de paz con las FARC. Análisis político nº 85, Bogotá, septiembre-diciembre, 2015:, 3-37.
Menjura, F. (2015). Apuntes para una interpretación clausewitziana de la propuesta político – militar de derrota estratégica de las FARC en el gobierno de Álvaro Uribe Vélez (2002-2010). Bogotá D.C.: Universidad Nacional de Colombia.
Narváez, P. (2016). Análisis de las políticas de seguridad y desmantelamiento implementadas por el gobierno de Álvaro Uribe (2002 – 2010) como mecanismo para reprimir el poder político, militar y económico de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC). Quito, Ecuador: Pontificia Universidad Católica del Ecuador.