la lucha por el trabajo digno frente al avance de la derecha y ultraderecha”.
“El 1 de mayo no es pasado. Es presente y futuro”.
03 de mayo de 2026
Hugo René Orejuela. KontraPortada.
La historia de los derechos laborales, sociales, económicos, culturales y políticos de las y los trabajadores es, en esencia, una historia de conquistas frente al poder. Nada de lo que hoy se considera básico, la jornada de ocho horas, el salario mínimo, la seguridad social, el derecho a sindicalizarse o la negociación colectiva, fue otorgado de manera voluntaria. Todo fue resultado de luchas, huelgas, organización y en muchos casos, de sangre derramada.
Ese recorrido histórico encuentra uno de sus hitos más simbólicos en el 1 de mayo, Día Internacional de las y los Trabajadores, cuya raíz se remonta a las luchas obreras, particularmente en Chicago hace más de un siglo, cuando miles de trabajadores exigían mejores condiciones laborales.
La consigna histórica de las y los trabajadores, “ocho horas de trabajo, ocho horas de descanso y ocho horas de vida familiar”, sigue siendo uno de los pilares fundamentales de la lucha laboral en el mundo. Nacida en el corazón de las movilizaciones obreras del siglo XIX, esta reivindicación no solo buscaba limitar la explotación, sino dignificar la vida del trabajador como sujeto integral.
Hoy, más de un siglo después, la lógica de los “tres ochos” continúa en disputa. La flexibilización laboral, las jornadas extendidas, el trabajo precario y la hiper conectividad digital han vuelto a desdibujar esa frontera entre el tiempo de trabajo, el tiempo de descanso y el tiempo de vida familiar.
En muchos casos, se trabaja más, se descansa menos y se vive con mayor incertidumbre. Más que una conmemoración, el 1 de mayo es un recordatorio permanente de que los derechos no son estáticos, se conquistan, pero también pueden perderse.
Por eso, recordar los tres ochos no es un ejercicio nostálgico, sino profundamente político. Es reafirmar que el trabajo no puede absorber la vida familiar, que el descanso es un derecho y que el tiempo libre también es parte de la dignidad humana.
Tras las guerras mundiales, sobre todo en Europa, el mundo avanzó hacia la construcción de Estados de bienestar social que reconocieron el trabajo como base de la dignidad humana. Se consolidaron sistemas de seguridad social, derechos colectivos y marcos institucionales como la OIT. El trabajador dejó de ser visto como simple engranaje productivo y pasó a ser sujeto de derechos.
Pero desde los años 70 del siglo pasado en América Latina y finales y principios del milenio en Europa, con la expansión del modelo económico neoliberal, comenzó una ofensiva silenciosa pero constante, flexibilización laboral, debilitamiento sindical, tercerización, precarización e informalidad. Bajo el discurso de la “modernización” y la “competitividad”, se reconfiguró la relación entre capital y trabajo en detrimento de de las y los trabajadores.
Hoy, el 1 de mayo adquiere un nuevo significado. Ya no es solo memoria histórica, es una alerta política. En Europa, el ascenso de la derecha y la ultraderecha ha venido acompañado de agendas que, aunque se presentan como defensoras del “trabajador nacional”, terminan promoviendo recortes sociales, debilitamiento de la negociación colectiva y restricciones a derechos laborales, especialmente en contextos de austeridad. A esto se suma la instrumentalización de la migración como chivo expiatorio, fragmentando la unidad de la clase trabajadora.
En América Latina, la disputa es igualmente intensa. Mientras algunos gobiernos impulsan reformas para recuperar derechos, como la reducción de la precariedad o el fortalecimiento de garantías laborales, otros avanzan en sentido contrario. El caso argentino bajo Javier Milei muestra una ofensiva frontal contra derechos históricos: reformas que flexibilizan contratación y despido, amplían jornadas y reducen pagos de horas extra han provocado protestas sindicales masivas y fuerte represión policial.
En contraste, en Colombia con el actual gobierno progresista, se ha avanzado con una reforma laboral, aunque no perfecta, que amplía protección, mejora recargos y reconoce derechos para sectores precarizados como trabajadores de plataformas y contratos de aprendizaje, aunque enfrentó fuerte resistencia en el congreso, a nivel empresarial y política.
El punto central es que los derechos laborales ya no pueden analizarse solo desde la fábrica o la oficina. Hoy están conectados con la vida plena, vivienda, salud, educación, cultura, participación política, migración, igualdad de género y transición tecnológica. Cuando el trabajo se precariza, se precariza la vida. Un trabajador sin estabilidad difícilmente puede ejercer plenamente su ciudadanía. Una trabajadora sin protección social enfrenta desigualdades estructurales que se reproducen generación tras generación.
Un migrante trabajador en Europa o América Latina revela que la economía global necesita mano de obra, pero muchas veces son explotados, se les niega la ciudadanía y sus derechos. Un migrante sin derechos laborales es, en la práctica, un ciudadano de segunda categoría. Por eso, el retroceso en derechos laborales no es solo un problema económico, es un problema estructural y democrático.
En el contexto actual, las estrategias políticas han evolucionado. Ya no se trata únicamente de reformas sociales y laborales, sino de disputas que van más allá del plano laboral y pasan al terreno político. La derecha y la ultraderecha han logrado instalar narrativas que enfrentan a los propios trabajadores entre sí, nacionales contra los migrantes, formales contra los informales, jóvenes contra adultos, mujeres feministas contra los hombres y viceversa. El objetivo es claro, fragmentar la fuerza social que históricamente ha sido capaz de conquistar los derechos.
A esto se suma el uso del miedo y la criminalización de la protesta y el derecho a la huelga, como herramienta de control. En sociedades atravesadas por crisis económicas, inseguridad o incertidumbre, el discurso de orden y seguridad suele desplazar el debate sobre derechos. Así, se justifica la restricción de libertades en nombre de una estabilidad que rara vez llega.
En este escenario, el 1 de mayo vuelve a su esencia original, no es una fecha de celebración institucional, sino un día de reivindicación y de lucha. Es el momento en que la historia recuerda que los derechos laborales son una conquista colectiva y que su defensa exige organización, conciencia y acción.
Es también una oportunidad para repensar el futuro del trabajo en un mundo atravesado por la automatización, la inteligencia artificial y nuevas formas de explotación. Pero, sobre todo, es un llamado a reconstruir la solidaridad entre trabajadores en un contexto donde las divisiones son funcionales al poder..
La gran tarea histórica del movimiento obrero y popular consiste en recuperar una visión amplia de los derechos, no solo defender lo conquistado, sino disputar el futuro del trabajo y los derechos sociales frente a las políticas salvajes de precarización del neoliberalismo, a la automatización, la inteligencia artificial, la informalidad y la redefinición de la financiación de la economía.
La pregunta ya no es únicamente cuánto se trabaja, sino para quién y para qué se trabaja, bajo qué condiciones y con qué horizonte de dignidad. En ese sentido, los derechos laborales y sociales siguen siendo una de las columnas vertebrales de la democracia.
Cuando se debilitan, no solo pierde la clase trabajadora y popular, pierde la sociedad entera. Y cuando los trabajadores y los sectores populares se organizan y recuperan su voz, se abre nuevamente la posibilidad de construir sociedades más justas, más equitativas y más humanas.
El mundo laboral y social está nuevamente en disputa. Entre quienes buscan consolidar modelos que priorizan la rentabilidad corporativa y personal sobre la dignidad, y quienes defienden una sociedad donde el trabajo y la vida misma sea base de derechos laborales y sociales y no de explotación.
El 1 de mayo no es pasado. Es presente y futuro.